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Archivo de la etiqueta: Stevenson

Entre la elocuencia de los literatos (que hablan de lo que no conocen) y el silencio de los marinos (que saben pero no hablan) hay afortunadamente unos cuantos marinos que decidieron escribir, como por ejemplo Conrad.

Simon Leys

El mar no se puede amar. Se teme, simplemente. Lo que Conrad amó del mar fue la lucha de los hombres contra su desaforada y terrible dureza. Conrad amó a estos hombres brumosos y cínicos, criminales o ángeles, vagabundos o ambiciosos, que luchan en el mar. Este material lo manipuló con una sola preocupación de verdad y de vida. Le puso por encima un cierto halo fin du siècle, una especie de realismo místico. Esa suerte de aura de misterio que Mallarmé, el gran pontífice, irradió en el terreno de la poesía pura. No llegó Conrad a la profundidad de Dostoievski pero construyó con una técnica mejor dominada –a veces dominada excesivamente. Conrad fue un eslavo europeizado, una mezcla de instinto y de forma, una fusión extraña de Dostoievski y de Flaubert.
El género de novela que Conrad cultivó es enormemente peligroso. La novela de aventuras es, generalmente, una argucia pueril e insignificante, basada en el interés que producen los melodramas sobre un fondo de exotismo y de alejamiento. Los franceses han abordado sin éxito la novela de aventuras. Aquí ni tan sólo se ha tocado el género. El único novelista de aventuras, en Francia, es aún el bueno de Julio Verne. Los franceses no han escrito novelas de aventuras porque las aventuras no les interesan, no sienten por ellas ni ambición ni curiosidad. Tenían un inmenso imperio colonial y no han pasado del harén o de los hermafroditas de Balidah. No sienten ni amor ni curiosidad más que por la vida posada y sedentaria. Aprecian la aventura gramatical y más o menos la sentimental –con ironía– , pero la aventura vital no les dice nada. Aquí aún menos. Cuando el escritor no es un retórico de cartón, cae en el realismo feroz de la novela picaresca. El lirismo, la vaguedad y la flotación en la vida –un corcho sobre las olas–, es absolutamente desconocido. Los ingleses son otra clase de gente. En primer lugar, en Inglaterra existe una tradición de estas cosas, existe una mentalidad cosmopolita –el único país que la posee– y, sobre todo, todas las ventanas miran al mar, al horizonte y al Imperio. Inglaterra ha tenido al mayor escritor de aventuras conocido, que es Stevenson. Conrad es un Stevenson más literario, de cualidades más misteriosas, no tan “aventurista”, es más profundo. Conrad ha sabido, por ejemplo, extraer toda la sensación de un paisaje, toda su sugestión. Nadie como él ha transmitido la angustia que producen determinados parajes de la Tierra, incluso de ciertos parajes totalmente conocidos. Y lo de la putrefacción de la voluntad de los trópicos, el deshuesado por la fiebre tropical, ¿quién lo ha descrito con más perspicacia? La lejanía colonial, la tenacidad colonial, callada y muda, por otro lado, ha sido contada por Conrad con léxico de poeta. Es siempre lo mismo: la mezcla de lo angélico y lo diabólico. […] A veces descubre toda la trama de la vida en un breve e insignificante diálogo, en una frase suelta, en una exclamación irreprimible. Ni que decir tiene que todos los personajes de Conrad son antihéroes, en el sentido que no tienen nada que ver con los diplomas oficiales del heroísmo. Los más insignificantes tienen un hormigueo de vida.
Pero hay algo, a mi entender, que demuestra la inmensa superioridad de Conrad sobre casi todos los novelistas de aventuras de la época; me refiero a su manera de describir el mar. Para un escritor, el mar es algo inasible. Está el mar de Chateaubriand y el de Hugo, el mar en tono mayor, el mar elocuente que parece haber sido creado expresamente para las almas gigantescas, para la sublimidad meramente verbal de ciertos contertulios. También está el mar de los malos poetas, cuyo número es incontable porque es infinito. ¡Oh, el mar! Pero después está el mar auténtico, que se sitúa de forma equidistante entre el ridículo de la sublimidad y la sublimidad del ridículo, el mar sin lirismos de academia y sin balbuceos femeninos, el mar de los misterios desorbitados y eternos y de las durezas y dulzuras divinas. El mar corriente de los marineros que está aquí y que hay que vencer por fuerza. Es el mar de Conrad. El trasfondo de una lucha humana. Un mar que no se puede adonizar, ni convertir en soneto ni menos aún en una peroración adversa: un mar que se ha de navegar con astucia y prudencia. Conrad está tan compenetrado con el mar que en su obra produce a veces horror y otras veces nostalgia: nunca extrañeza.

Josep Pla
Diccionario Pla de literatura

***

De todos modos, siempre que Stevenson evoca el mar en sus escritos lo hace con un convincente vigor expresivo. ¿No será porque su experiencia personal le había liberado precisamente de las ilusiones y estereotipos que deterioran o adulteran con demasiada frecuencia las imágenes del mar que nos ofrecen incluso algunos de los escritores más grandes? Pensemos, por ejemplo, en Baudelaire. Su aventura marítima juvenil fue menos seria de lo que se supone a menudo; más tarde extrajo del mar algunas metáforas majestuosas, pero hizo también afirmaciones altisonantes, cuya vaciedad hace reír a los verdaderos hombres de mar. Sobre su famoso y grandilocuente “Homme libre, toujours tu chériras la mer!” se siente uno tentado a verter agua fría.

Simon Leys
Prólogo a “El mar en la literatura francesa”

Foto: Barco Otago, capitaneado por Joseph Conrad en 1888
y los primeros tres meses de 1889.

Previamente en Calle del Orco:
Se necesita mucho espacio marino para decir la verdad, Herman Melville
Melville el vikingo moderno, D.H. Lawrence
El primer lector de Joseph Conrad, Enrique Vila-Matas

G. K. Chesterton

Sin embargo, cuando leía novelas era tan frugal, y tan codicioso, como un campesino francés. Me gustaba tanto contemplar el grueso volumen de una novela de detectives como un grueso pedazo de queso; abrirlo por la primera página, entretenerme con el primer párrafo y luego volver a cerrarlo y sentir el poco placer que había desperdiciado. Y mis novelistas preferidos siguen siendo los grandes novelistas del siglo XIX que dan impresión de volumen y variedad, como Scott, Dickens o Thackeray. Obtengo el mismo o mayor placer artístico y siento la misma o mayor simpatía moral hacia muchos escritores posteriores, con el contundente mot juste de los relatos de Stevenson o con la ironía insurgente de los del señor Belloc. Pero Stevenson tiene un defecto como novelista, y es que hay que leerlo muy deprisa. Novelas como Mr. Burden no sólo exigen que se las lea deprisa sino también con ansia: describen una lucha breve y encarnizada, y el ánimo del lector y del escritor es heroico y extraordinario, como si fuesen dos hombres librando un duelo. En cambio, Scott, Thackeray y Dickens poseían el misterioso talento de la novela inagotable. Incluso al llegar al final, sentimos a veces que no tiene fin. Hay gente que afirma haber leído Pickwick cinco, cincuenta o quinientas veces; por mi parte, sólo la he leído una vez. Desde entonces, he habitado en Pickwick y he entrado en ella siempre que me apetecía, igual que otros entran en su club. Y siempre que lo he hecho he tenido la sensación de descubrir algo nuevo. No estoy seguro de que autores tan estrictos y modernos como Stevenson o el señor Belloc no padezcan a causa del rigor y la agilidad de su arte. Si un libro ha de ser habitable, debería ser también (igual que ocurre con una casa) un poco desordenado.

G. K. Chesterton
Cómo escribir relatos policíacos

Foto: G. K. Chesterton, 1930
Photo by Keystone/Getty Images

Previamente en Calle del Orco:
Ese secreto que daba hondura a las personas, Patrick Modiano

Faro Bell Rock, William Turner

Apenas hay una luz en alta mar desde la isla de May hacia Lerwick, al norte, que no haya diseñado un antepasado mío, y muchas veces he pensado que para hallar una familia comparable a la nuestra en su promesa de memoria inmortal habría que retrocederse a los faraones egipcios.

Robert Louis Stevenson

Sir Walter Scott había visitado Bell Rock ciento setenta años antes. También había ido en el vapor de los inspectores, justo tras la sonada y anónima publicación de Waverley. Su guía fue nada menos que Robert Stevenson*, quien describió su visita el sábado 12 de julio de 1814:

Propuse desembarcar pronto y desayunar en el faro […]. En consecuencia, enviaron al mayordomo con unas cestas para que las pusiera en la mesa de la biblioteca o “Sala de los Desconocidos”; un buen desayuno escocés. Terminado éste, el libro de firmas del faro fue pasando de mano en mano por la mesa, pero cuando llegó a Sir Walter, el señor Erskine puso la mano sobre la página y le dijo: “Ah, no, Scott, tienes que poner algo más que Walter Scott”. […] pareció que la propuesta casi lo incomodaba y, levantándose de la mesa, se quedó un rato mirando por una de las ventanas […]. Al final Sir Walter cogió la pluma y escribió estas bellas y expresivas líneas:

Pharos loquitur
muy adentrado en lo más hondo,
por estos indómitos promontorios guardia monto,
rojiza gema de tornadiza luz
fijada al tenebroso rostro de la noche,
el marinero saluda mi luz
y renuncia a desplegar su prudente vela.

[Far in the bosoms of the deep,/ O’er these wild shelves my watch I keep,/ A ruddy of changeful light/ Bound on the dusky brow of night./ The seaman bids my lustre hail/ And scorns to strike his timorous sail.]

Nicholas Rankin
Robert Louis Stevenson
De Escocia a los Mares del Sur

Cuadro: William Turner, 1824
Bell Rock light house during a storm from the North East

*Robert Stevenson (1772-1850) fue el abuelo de Robert Louis Stevenson

Nabokov Jekyll Hyde

Quisiera decir unas palabras sobre los últimos momentos de Stevenson. Como ya sabéis, no soy de los que andan buscando material de interés humano al hablar de libros. El interés humano no es mi especialidad, como solía decir Vronski. Pero los libros tienen su destino, según la cita latina, y a veces el destino de los autores sigue al de sus libros. Ahí tenemos el del viejo Tolstoi, que abandona en 1910 a su familia para vagar y morir en la habitación de un jefe de estación en medio del estrépito de los trenes que mataron a Ana Karenina. Y hay algo en la muerte de Stevenson en Samoa (1894) que imita de manera singular el tema del vino y el tema de la transformación, tan atractivos  para su fantasía. Bajó a la bodega a subir una botella de su borgoña favorito, la descorchó en la cocina, y de repente llamó a gritos a su mujer: ¿Qué me pasa, qué es esto tan extraño, me ha cambiado la cara?… y cayó al suelo. Se había reventado un vaso sanguíneo en el cerebro, y falleció un par de horas después.
¡Cómo me ha cambiado la cara! Hay una extraña relación temática entre este último episodio de la vida de Stevenson y las fatales transformaciones de su maravilloso libro.

Vladimir Nabokov
Curso de literatura europea

Cubierta, realizada por Nabokov, para el El doctor Jekyll y mister Hyde de Stevenson
 

Simon Leys

El mes pasado, hablando en estas mismas páginas de Da Vinci y de Daumier, evoqué el fenómeno de las “imágenes eidéticas”, esas visiones mentales, de una precisión casi alucinatoria, que consiguen cultivar determinados pintores. Hubiera tenido que subrayar que esta forma de imaginación no es en absoluto exclusiva de las artes visuales; la encontramos también, y sobre todo, en los escritores. Flaubert explicó al respecto:

Cuando escribía el envenenamiento de Madame Bovary, tenía de una forma tan realista el sabor del arsénico en la boca, estaba de forma tan realista envenenado yo mismo, que me provoqué dos indigestiones una tras otra: dos indigestiones reales, pues vomité todo lo que había cenado […]. Hay muchos detalles que no incluyo. Así, para mí, monsieur Homais está ligeramente picado de viruelas. En el pasaje que viene inmediatamente después, veo todo un mobiliario (incluidas las manchas de los muebles) del que no se dirá ni una palabra…

Al artista no le basta con tener la visión de su composición. Para dar a esta visión toda su intensidad, debe sugerirla por medio de la lítote (“Hay detalles que no escribo”). Balzac, por ejemplo, poseía la visión pero ignoraba la lítote hasta tal punto que ha exasperado a menudo a sus mejores lectores. Así, Robert Louis Stevenson le confiaba a un íntimo:

Balzac es una especie de Shakespeare balbuceante, aplastado bajo un exceso de detalles forzados pero débiles. Es asombroso comprobar lo malo que puede ser a veces, y lo falso, y lo tedioso; pero también, por supuesto, lo soberbio y poderoso que puede ser en cuanto se abandona a su temperamento. Pero incluso entonces, nunca es simple ni claro. No podía dejar nada sobreentendido, y por ello terminaba a menudo hundiéndose bajo una profusión de accesorios incongruentes. ¡Ah, Dios mío! ¡No hay más que un solo arte, el arte de omitir! ¡Oh, de poseer únicamente el arte de cortar, no ambicionaría ningún otro don! Un escritor que supiera cómo cortar podría transformar cualquier gaceta cotidiana en una epopeya homérica.

Esta potencia expresiva de los “blancos” del relato es, por otra parte, confirmada por las iniciativas de la censura: es en el momento en que madame Bovary desaparece durante algunas horas con su amante dentro de un coche de punto de los que no se ve más que las cortinillas herméticamente cerradas cuando los censores comenzaron verdaderamente a volverse locos. ¿Y qué libro (creo que era de Jean Genet) se reveló finalmente en su versión íntegra menos escandaloso que en la versión censurada que lo había precedido? Ningún escritor dispone de un poder verbal capaz de rivalizar con la imaginación de sus lectores; así, todo su arte consiste en tocar esta tecla.

Simon Leys
Esperando al Señor Wu
El arte de la lítote, de los blancos y de la ausencia
La felicidad de los pececillos

***

“- ¿Terminó su educación en el Continente y volvió hecho un caballero, o obtuvo un puesto de sizar en la universidad, o huyó a América y ganó honores chupando la sangre de su patria adoptiva, o hizo más rápida fortuna por los caminos reales de Inglaterra?
– Acaso haya hecho algo de todas estas profesiones, señor Lockwood, pero no puedo asegurarle nada. Ya le dije antes que no sabía cómo había ganado su dinero, ni sé de qué medios se valió para elevarse de la absoluta ignorancia en la que estaba hundido.”

Emily Brontë
Cumbres Borrascosas

Foto:  William West
Simon Leys en su casa de Canberra
1 de abril de 1998

Borges y su madre

Quisiera rememorar aquí la ocasión en que conocí a Borges. Me invitó a almorzar con él mi amiga Victoria Ocampo, y me indicó que pasara a recogerlo por la Biblioteca Nacional, debido a su ceguera, para acompañarlo al piso en que vivía ella. Casi en el momento mismo en que se cerraron tras nosotros las puertas de la Biblioteca Nacional comenzamos a hablar de literatura. Borges habló de la influencia que G.K.Chesterton había tenido en su obra, así como de la influencia que Robert Louis Stevenson tuvo en sus últimos cuentos. Dijo que la prosa de Stevenson había supuesto una enorme influencia. Entonces introduje un comentario mío. Robert Louis Stevenson había escrito como mínimo un buen poema, un poema acerca de sus antepasados. Sus antepasados habían construido los grandes faros de la costa de Escocia, y yo sabía que los antepasados era en general un tema de especial interés para Borges. El poema comenzaba así:

Say not of me that weakly I declined
The labour of my sires, and fled the sea,
The towers we founded and the lamps we lit,
To play at home with paper like a child.*

Estábamos en una calle bonaerense muy ruidosa, llena de gente. Borges se detuvo en el bordillo de la acera y me recitó el poema entero, palabra a palabra, a la perfección. Después de un grato almuerzo, se sentó en un sofá y citó al pie de la letra largos fragmentos de la literatura anglosajona antigua. Mucho me temo que no fui capaz de seguirle por esos derroteros, pero le miré a los ojos mientras recitaba, y me asombró la expresión de aquellos ojos ciegos. No parecían ciegos en absoluto. Daba la impresión de que estuvieran mirando a su interior de manera muy curiosa, y denotaban una gran nobleza.
Borges también tenía este sentimiento por los ancestros, por los gauchos del pasado. Sus últimos cuentos están repletos de historias relativas a los gauchos, y en uno de ellos escribió lo siguiente: “Así como los hombres de ciertos países sienten con verdadera adoración la vocación del mar, nosotros los argentinos anhelamos las ilimitadas planicies que resuenan bajo los cascos de un caballo”. Era un hombre de gran valentía. En cierta ocasión, durante la segunda época de Perón en el poder, cuando vivía con su anciana madre, recibió una misteriosa llamada telefónica. Una voz de varón dijo lo siguiente: “Vamos a matarte a tu madre y a ti”. La madre de Borges contestó: “Tengo noventa años, así que mejor será que vengan pronto. En cuanto a mi hijo, les será fácil porque es ciego.” Esta imagen da un acertado retrato, creo yo, de cómo era esa familia.
Para mí, Borges habla por todos los escritores. En sus libros, una y otra vez encuentro frases que resumen mi experiencia de escritor. Habla de la escritura como si fuera “un sueño guiado”, y en cierta ocasión escribió lo siguiente:

No escribo para una selecta minoría, término que para mí no significa nada, sino que escribo para esa adulada entidad platónica que llamamos “las masas”. No creo en ninguna de las dos abstracciones, tan caras para el demagogo. Escribo para mí y para mis amigos, y escribo para aplacar el paso del tiempo.

Creo que esa idea bastará para que todo escritor se sienta próximo a él.

Graham Greene
En recuerdo de Borges
De una breve charla en la Anglo-American Society, 1984 

Imagen: Leonor Acevedo y Jorge Luis Borges en su casa de la calle Maipú

*”No digáis de mí que, débil, decliné / los trabajos de mis mayores, y que huí del mar, / de las torres que erigimos, los faros que encendimos, / para jugar en casa, como un niño, con papel” R.L. Stevenson, De vuelta del mar. Poemas. Hiperión, 1980. Trad. Javier Marías.

Sir Arthur Conan Doyle

Nunca he tratado personalmente a Robert Louis Stevenson, a quien tanto debe mi escritura. Nunca olvidaré la delicia con que leía sus primeros relatos en el Cornhill sin conocer el nombre del autor. Aún pienso que El Pabellón de los Links es uno de los mayores relatos de la literatura universal, pese a los cambios desafortunados impuestos por editores gazmoños. El último año de Stevenson en la Universidad de Edimburgo debió de coincidir con el primer año mío. Es curioso pensar que probablemente nos cruzamos más de una vez en el concurrido porche.
Desde su remota residencia de Samoa se mantenía al corriente de los asuntos literarios de Inglaterra; yo mismo recibí unas cartas muy alentadoras en 1893 y 1894. “Alegre colega espiritista”, me llamaba en una de ellas, mostrando así que, aunque compartía mi interés por los estudios psíquicos, no se los tomaba muy en serio. No sé en qué época había empezado a interesarse por estas cuestiones, aunque creo que fue iniciado cuando era secretario de una sociedad de estudios psíquicos (o espiritistas) en Edimburgo, sociedad que estudió en especial el caso de un médium asombroso, Duguid. Sus cartas expresaban estima por mi obra. “Tengo un gran talento para los cumplidos”, decía, “acompañado por una odiosa, y hasta diabólica franqueza”. Había contado algunas de mis historietas de Sherlock Holmes a sus criados indígenas -no creía necesario inspirarse en nadie más- y, en una carta rebosante de humor, se me quejaba de la dificultad que entrañaba contar una historia cuando había que detenerse a cada momento para explicar lo que era un ferrocarril, un ingeniero, etcétera. A pesar de todas las dificultades, había conseguido hacerse comprender, y decía: “Si hubiera podido ver sus brillantes y enfurecidos ojos, habría saboreado la gloria”. Pero explicaba que los indígenas tomaban todo al pie de la letra y que para ellos no existía eso que nosotros llamamos un relato imaginario. “Yo, que le escribo esto, he tenido la indiscreción de componer una insignificante obra de ficción, La botella mágica. La gente de aquí que viene a visitar mi casa, tras admirar los techos de Vanderputty y los tapices de los Gobelinos, manifiestan hacia el final cierto desasosiego, dando muestras de una gran delicadeza y discreción. Se les ve encoger los hombros morenos y mover sus ojos interrogadores, para acabar haciendo la pregunta: “¿Dónde está la botella?”. En otra carta decía que, como yo había hablado de mi primer libro Idler, él haría también lo mismo. “No puedo quedarme atrás donde el penacho blanco de Conan Doyle ha pasado delante de mí”. Así, al menos, puedo preciarme de que es a mí a quien debe el mundo el pequeño ensayo sobre La isla del Tesoro que apareció aquel año. Nunca olvidaré la impresión que me produjo, cuando paseaba por el Stand en un bonito landó en 1896, el cartel vespertino de un periódico en que se anunciaba “Stevenson ha muerto”. Algo parecía haber desaparecido para siempre de mi mundo.

Arthur Conan Doyle
Memorias y aventuras

Imagen: Sir Arthur Conan Doyle en 1922

Previamente en Calle del Orco:
El mapa de la Isla del  tesoro, Robert Louis Stevenson

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