Siento un intenso amor por los libros, Jaume Vallcorba

Si he aceptado el peligroso honor de darles esta conferencia (porque, en el fondo, es esto, y no una clase), se debe a que, (además de pasar un rato agradable con ustedes), después de más de treinta años de experiencia y con algún centenar de títulos en mi haber como editor, no sólo siento un intenso amor por los libros, sino que aún hoy me siguen estimulando. Este amor a los libros me ha acompañado a lo largo de toda mi vida, desde que leía en la cama, a escondidas de mi madre y en época muy temprana, La Isla del TesoroEl Mercader de Venecia, o Cuore, de Edmundo de Amicis. Y, aunque nunca creí estrictamente en la verdad literal de las historias que allí se contaban, azucé momentos de angustia escuchando sin aliento cómo la pata de palo del Capitán John Silver golpeaba el parquet de mi casa en el silencio de la noche. Y me emocionaba con la valentía y el coraje de Marco en su viaje en solitario a Sudamérica. Y descubría que los puros de alga del Capitán Nemo tenían tanta nicotina como los de la Habana. De hecho, me acuerdo aún de ellos cuando enciendo uno de mis puros a día de hoy, preguntándome cómo serían aquéllos. He aprendido mucho de los libros, ciertamente, pero, no los estimo por lo que he aprendido, que es muchísimo, sino por encima de todo por cómo me han acompañado a lo largo de los años, configurándome y, quisiera pensar, que afinándome. La biblioteca en la que ahora mismo escribo el texto que les estoy leyendo contiene algunos libros que ya estaban allí cuando tenía once años, en ediciones algo manoseadas, y otros que llenaron tardes de verano de hace treinta años. Se ven enriquecidos por algunas manchas de café, de vino, o de ceniza de tabaco. Me gustan estas manchas, como me gusta encontrar una carta de un amigo de hace tiempo o un recuerdo feliz. También contienen algunas notas a lápiz, siempre a lápiz, en las que manifiesto estupor, o entusiasmo, rechazo o aplauso o fervor por lo que acabo de leer. Me reencuentro y dialogo conmigo cuando tenía muchos menos años, con resultado irregular. A fuerza de recorrerlos, algunos de los poemas que contienen han quedado grabados en mi memoria sin haberlo pretendido, y aparecen de manera gozosa cuando menos se les espera. Se han adherido a mí como se adhiere el sol a la piel, cambiando su tonalidad. La diferencia con el tinte de la piel es que esta tonalidad no desaparece con los fríos del invierno. Al contrario: los atempera y los conjura. Como la música, son capaces de envolver un estado de confort que sería difícil conseguir sin su concurso.

Editar (y empecé muy joven, en el colegio, con una revista en ciclostil, y años después continué en una colección con vagos tintes de vanguardia que organicé a los veinte años y de la que es mejor no acordarse), ha sido para mí, desde el principio, proponer a unos amigos que no conocía una lectura que pensaba que les podía gustar, estimular y enriquecer. Estoy convencido de que un libro es capaz de modificar a su lector por el simple hecho de haberlo leído; que puede cambiar, en el lector, algo importante, de manera que se podría decir que no es la misma persona antes que después de haberlo leído. Porque leer es dialogar, es “escuchar con los ojos a los muertos y tener conversación con los difuntos”, como decía Quevedo siguiendo un viejo y noble lugar común. Con pocos libros se puede tener al alcance el pensamiento humano, y del diálogo con él deriva, es sabido, cualquier conocimiento y cualquier construcción de una personalidad, ya sea individual o social. Por esto creo que editar es un trabajo que conlleva una cierta responsabilidad.

Jaume Vallcorba
La pasión del editor
El País, 29 de agosto de 2014

Foto: Jaume Vallcorba e Imre Kerstész