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Tuve un profesor que me gustaba que solía decir que la tarea de la mejor narrativa era relajar al inquieto e inquietar al relajado. Supongo que buena parte del propósito de la narrativa seria es proporcionar al lector, quien como todos nosotros es una especie de náufrago en su propio cráneo, proporcionarle acceso imaginativo a otros yos. Dado que sufrir forma parte ineludible de tener un yo humano, los humanos se acercan al arte en alguna medida para experimentar sufrimiento, necesariamente como experiencia vicaria, más bien como una especie de generalización del sufrimiento. ¿Me explico? En el mundo real, todos sufrimos en soledad; la empatía verdadera es imposible. Pero si una obra de ficción nos permite de forma imaginaria identificarnos con el dolor de los personajes, entonces también podríamos concebir que otros se identificaran con el nuestro. Esto es reconfortante, liberador; hace que nos sintamos menos solos. Podría ser así de simple. Sin embargo observamos que la televisión y el cine popular y la mayoría de los tipos de “baja” cultura -lo cual simplemente quiere decir arte cuyo objetivo fundamental es ganar dinero- son lucrativos precisamente porque asumen que el público prefiere placer al 100 por 100 a una realidad que suele componerse de un 49 por ciento de placer y un 51 por ciento de dolor. En tanto que el arte “serio”, que no se dirige principalmente a sacarte el dinero, tiende a hacer que te sientas incómodo, o te empuja a esforzarte para acceder al disfrute, del mismo modo que en la vida real el placer es consecuencia del esfuerzo y de la incomodidad. Por tanto es difícil que el público, especialmente el joven que ha sido educado para esperar que el arte sea 100 por cien placentero y para recibir ese placer sin esfuerzo, lea y aprecie la narrativa seria. Eso no es bueno. El problema no es que el lector de hoy sea tonto, no lo creo. Simplemente se trata de que la televisión y la cultura comercial le han enseñado a ser una especie de vago infantil en lo que respecta a sus expectativas. Esto hace que intentar llamar la atención de los lectores de hoy implique una dificultad imaginativa e intelectual sin precedentes.

David Foster Wallace
Entrevista con Larry McCaffery
Review of Contemporary Fiction, 1993

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MILLER: ¿Qué crees que es mágico solamente en la ficción?

WALLACE: ¡Oh, Dios, eso podría llevarnos todo un día! Bueno, la primera línea de ataque para esa cuestión es que hay una soledad existencial en el mundo real. No sé lo que estás pensando ni qué hay en tu interior y tú no sabes lo que hay dentro de mí. Creo que en la ficción en cierto modo podemos saltar ese muro. Pero ese es solamente el primer nivel, porque la idea de intimar mental o emocionalmente con un personaje es una ilusión o una artimaña que el escritor establece por medio del arte. La conversación es otro de los niveles en una obra de ficción. Entre el lector y el escritor se establece una relación bastante extraña de la que es muy complicado y difícil hablar. En lo que a mí respecta, una obra de ficción realmente buena puede o no puede llevarme lejos y hacer que me olvide de que estoy sentado en una silla. Hay cosas muy comerciales capaces de hacer eso, y una trama fascinante también puede hacerlo, pero no hacen que me sienta menos solo.
Hay una especie de ¡Ajá! Al menos durante un instante alguien siente por algo o ve algo lo mismo o igual que yo. Eso no sucede todo el tiempo. Son destellos o llamaradas breves. Y no me siento solo, intelectual, emocional y espiritualmente. En la ficción y la poesía me siento humano y acompañado y como en medio de una conversación profunda y significativa con otra consciencia de un modo que no experimento con otro tipo de arte.

MILLER: ¿Quiénes son, para ti, los escritores que lo logran?

WALLACE: Históricamente, los que para mi consiguen el premio son: la oración fúnebre de Sócrates, la poesía de John Donne, la poesía de Richard Crashaw, de cuando en cuando Shakespeare, aunque no muy a menudo, las cosas breves de Keats, Schopenhauer, las Meditaciones metafísicas y el Discurso del método de Descartes, los Prolegómenos a toda metafísica futura de Kant, aunque las traducciones son todas espantosas, Las variedades de la experiencia religiosa de William James, el Tractatus de Wittgenstein, el Retrato de un artista adolescente de Joyce, Hemingway -en particular la cuestión italiana de En nuestro tiempo, donde sencillamente dice ¡uf!-, Flannery O’Connor, Cormac McCarthy, Don DeLillo, A.S. Byatt, Cynthia Ozick -sus relatos, especialmente uno titulado “Levitación”-, alrededor del 25 por ciento de Pynchon, Donald Barthelme, en especial un relato titulado “El globo”, que es el relato que provocó que quisiera ser escritor, Tobias Wolff, lo mejor de Raymond Carver -sus cosas más famosas-, Steinbeck cuando no está dándole al tambor, el 35 por ciento de Stephen Crane, Moby Dick, El gran Gatsby.
Y, Dios mío, poesía también. Probablemente Phillip Larkin más que cualquier otro, Louise Glück, Auden.

David Foster Wallace
Entrevista con Laura Miller
Salon, 8 de marzo de 1996

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J’ai deux, trois, quatre amis. Eh bien, je suis contraint d’être un homme différent avec chacun d’eux, ou plutôt de montrer à chacun la face qu’il comprend. C’est une des plus grandes misères de ne pouvoir jamais être connu et senti tout entier para un même homme, et quand j’y pense, je crois que c’est là la souveraine plaie de la vie: c’est cette solitude inévitable à laquelle le coeur est condamné.

Eugène Delacroix
Journal, 9 juin 1823

Foto: Janette Beckman/Redferns
David Foster Wallace

 

Isaiah Berlin

Entre los fragmentos del poeta Arquíloco, hay un verso que reza: “Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande”. Los estudiosos han discrepado acerca de la correcta interpretación de estas oscuras palabras, que quizás sólo quieran decir que la zorra, pese a toda su astucia, se da por vencida ante la única defensa del erizo. Figuradamente, sin embargo, es posible extraer de ellas un significado que señala una de las diferencias más hondas entre los escritores y pensadores y, quizás, entre los seres humanos en general. Porque media un gran abismo entre quienes, por un lado, relacionan todo con una única visión central, un sistema más o menos congruente o consistente, en función del cual comprenden, piensan y sienten -un único principio universal, organizador, que por sí solo da significado a todo lo que son y dicen-, y por otro, quienes persiguen muchos fines, a menudo inconexos y hasta contradictorios, ligados, si lo están, por alguna razón de facto, alguna causa psicológica o fisiológica, sin que intervenga ningún principio moral o estético; estos últimos viven vidas, realizan acciones y sostienen ideas centrífugas antes que centrípetas, su pensamiento s desparramado y difuso, ocupa muchos planos a la vez, aprehende la esencia misma de una vasta variedad de experiencias y objetos por lo que estos tienen de propio, sin pretender, consciente ni inconscientemente, integrarlos -o no integrarlos- en una única visión interna, inmutable, globalizadora, a veces contradictoria, incompleta y hasta fanática. El primer tipo de personalidad intelectual y artística es el de los erizos; el segundo, el de las zorras; y podemos decir, evitando una clasificación excesivamente rígida pero sin temor a contradecirnos, que, vistos así, Dante pertenece a la primera categoría, Shakespeare a la segunda; Platón, Lucrecio, Pascal, Hegel, Dostoievski, Nietzsche, Ibsen y Proust son, en distinta medida, erizos; Herodoto, Aristóteles, Montaigne, Erasmo, Molière, Goethe, Pushkin, Balzac y Joyce son unas zorras.

Isaiah Berlin
El erizo y la zorra

Foto: Isaiah Berlin

La froide lumiere des Syrtes, Le Magazine Littéraire

“La escritura como un reloj que avanza”
Enrique Vila-Matas, Perder teorías

¿Y qué decir de la tenebrosa intuición de futuro, extrañamente agazapada a lo largo de la luz fría de Sirtes? A Gracq siempre le fascinó una escena muy secundaria de Macbeth, cuando Duncan avista el castillo donde va a ser asesinado. ¿Por qué este pasaje? Dice Gracq: “Porque presiente”.
¿Y qué decir de la morosa espera que cruza la trama de El mar de las Sirtes y nos acerca al presentimiento terrorífico del estéril porvenir que a Occidente le espera? La novela es, de hecho, una sorprendente aproximación a lo que nos está sucediendo ahora. Es la narración de una decadencia brutal y de una angustia. Es literatura de percepción, no profética. A lo largo de El mar de las Sirtes el lector se cruzará con una sucesión de iluminaciones de estirpe rimbaudiana. Gracq muestra una especial sabiduría de percepción del futuro, como si supiera que un aspecto muy seductor de la literatura estriba en ser como un espejo que se adelanta: un espejo que, como algunos relojes, tiene la capacidad de avanzarse. Kafka fue un buen ejemplo de esto porque presintió, percibió hacia dónde evolucionaría la distancia entre Estado e individuo, máquina de poder e individuo, singularidad y colectividad, masa y ser ciudadano.* El libro de Gracq no sólo se sitúa en esta corriente de escritores con espejos que se adelantan, sino que parece conocer el centro de nuestro problema actual: la situación de absoluta imposibilidad, de impotencia del individuo frente a la máquina devastadora del poder, del sistema político. Ése precisamente es el paisaje moral y literario que hace más de medio siglo prefigurara El mar de las Sirtes, donde el género novelístico es abordado como género supremo de la utopía y como instrumento idóneo para enseñorearse nuevamente de la irrealidad en una época en la que la realidad debería perder sentido.
Toda esa atmósfera gracquiana alcanza su cumbre máxima cuando, en el famoso séptimo capítulo, vemos aparecer, fantasmagórico, al volcán Tängri, una montaña emergida del mar, un cono blanco y nevado flotando como una madrugada lunar sobre un tenue velo morado que parece despegarlo del horizonte. Ahí está plenamente el gran Gracq, ahí le tenemos señalando pautas y alineado con la mejor narrativa actual. A veces, sus palabras sobre el volcán, esa iluminación tan rimbaudiana, me evocan la calma y dignidad del propio Gracq y su papel de faro y de imaginario jefe de la renovación de las tendencias narrativas: “Ahí estaba, allí le teníamos. Su fría luz irradiaba como un manantial de silencio, maestro en la noche desierta”.

Enrique Vila-Matas
Julien Gracq y la percepción de futuro
El País, 5 de enero de 2008

*Ce qui explique qu’il ait tant aimé un autre livre au fort accent perceptif, Bouvard et Pécuchet, où il y a déjà un splendide diagnostic sur la façon dont la bêtise avancerait inexorablement dans le monde occidental. (La froide lumière des Syrtes. Le magazine littéraire. Juin 2007)

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Una noche, en un sueño, Kafka tuvo la visión de la “compañía del baño de sol” que “se destruía en una riña”. Se habían formado dos grupos que gritaban “¡Lustron y Kastron!”, como en las visiones del presidente Schreber. De la afabilidad ecológica a la masacre la distancia era mínima. A pesar de que insistía, escribiendo a Brod, que en el Jungborn se encontraba “realmente muy bien”, Kafka lo sabía. El escritor se deja reconocer porque lo que escribe va siempre un poco más allá de lo que piensa. Sus descripciones de la vida en el Jungborn emanan un sutil horror mezclado con una desesperante comicidad. Eran los años fatales del descubrimiento del cuerpo, también en el sentido de exposición de la epidermis a los elementos atmosféricos. Supervisaban las operaciones, así como todo lo demás, Bouvard y Pécuchet. “Como una bestia salvaje, un viejo repentinamente se precipita al prado y toma un baño de lluvia”.

Roberto Calasso
Kafka entre los naturistas
La locura que viene de las ninfas

Foto: Julien Gracq, le dernier des classiques
Le magazine littéraire, junio de 2007

Don Quijote de Orson Welles

De acuerdo con Borges, las situaciones en las que Hamlet ve una obra teatral y don Quijote lee el Quijote revelan que “si los caracteres de ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios”. La fuerza de esta postulación fantástica deriva de la inquietud que suele acompañar el acto de leer: de pronto, el universo convocado por las letras adquiere mayor dosis de realidad que la circunstancia en que ejercemos la lectura. Esta repentina suplantación en la conciencia es similar a la del sueño o los falsos recuerdos que damos por reales. El lector del Quijote sabe que no puede creer en las páginas como lo haría Alonso Quijano; al mismo tiempo, la continua puesta en duda de lo que atestigua lo lleva a dudar de sí mismo. La construcción del sujeto escindido que determina la novela del siglo XX proviene de Cervantes no tanto por los personajes que pueblan su obra sino por el personaje que pide que la lea. Al iniciar sus cursos de literatura, Nabokov comenta que el máximo personaje que puede concebir un autor es otro tipo de lector. Don Quijote sale a La Mancha para inventar a sus lectores.
En su novela El árbol de Sausurre, Héctor Libertella llama la atención sobre un accidente semiótico: la palabra “yo”, decisiva para todo relato, reúne en español dos conjunciones opuestas (y/o), la unión y la disyuntiva, lo que articula y lo que disgrega. El fragmentado “yo” contemporáneo es fiel a ese oráculo gramatical, el tejido de adhesiones y disonancias con que leemos el Quijote.

Juan Villoro
El Quijote, una lectura fronteriza

Película: Don Quijote
Orson Welles

David Grossman, A. B. Yehoshua y Amos Oz

Ahora quisiera contar hasta qué punto la literatura es siempre la respuesta, porque la literatura contiene un antídoto contra el fanatismo mediante la inyección de imaginación. Quisiera poder recetar sencillamente: leed literatura y os curaréis de vuestro fanatismo. Desgraciadamente, no es tan sencillo. Desgraciadamente, muchos poemas, muchas historias y dramas a lo largo de la historia se han utilizado para inflar el odio y la superioridad nacionalista. A pesar de todo, hay ciertas obras literarias que creo pueden ayudar hasta cierto punto. No obran milagros pero pueden ayudar. Shakespeare puede ayudar mucho: todo extremismo, toda cruzada que no se compromete a llegar a un acuerdo, toda forma de fanatismo termina, tarde o temprano, en tragedia o comedia. Al final, el fanático nunca es más feliz ni está más satisfecho, así muera o se convierta en bufón. Es una buena inyección. Y Gogol también puede ayudar: hace tomar conciencia grotescamente a sus lectores de lo poco que sabemos, incluso cuando tenemos el ciento por ciento de razón. Gogol nos enseña que nuestra propia nariz puede convertirse en un enemigo terrible, incluso en un enemigo fanático. Y puede que uno acabe persiguiendo fanáticamente a su nariz. No es una mala lección. Kafka es un buen educador a este respecto, aunque estoy seguro de que nunca pretendió aleccionar con su obra contra el fanatismo. Pero Kafka nos muestra que también hay oscuridad y enigma cuando pensamos que no hemos hecho nada malo en absoluto. Eso ayuda. Hablaría mucho más de Kafka y Gogol y de la sutil conexión que veo entre ambos. Pero lo dejaremos para otros seminario. Pienso que William Faulkner puede ayudar. El poeta israelí Yehudi Amijai expresa todo esto mejor de lo que yo pudiera hacerlo cuando dice: “Donde tenemos razón no pueden crecer flores”.

Amos Oz
Sobre la naturaleza del fanatismo
23 de enero de 2011

Foto: Alon Ron
David Grossman, A. B. Yehoshua y Amos Oz

Previamente en Calle del Orco:
Si el mundo hiciera un poco más caso a la literatura, Antonio Tabucchi
El novelista enseña a aprehender el mundo como pregunta, Milan Kundera
El mundo cada vez es más estrecho, David Grossman

Sylvia Plath

He sufrido varias frustraciones en mi trabajo, que, pese a tenerlas previstas en abstracto, igual siguen preocupándome, aunque procuro tomármelas con calma. Para empezar, las otras chicas que participan en la hora de prácticas de crítica literaria conocen mucho mejor que yo los distintos períodos de la historia de la literatura y me quedo completamente descolgada cuando tienen que “situar” fragmentos de prosa y poesía de los siglos XVI, XVII y XVIII. Evidentemente, ninguno de los textos seleccionados son de Chaucer, Shakespeare, Milton o los autores rusos, y muy raras veces corresponden a los siglos XIX o XX, de modo que me siento muy ignorante. La única preparación posible para esta clase es ir leyendo muy despacio, como lo estoy haciendo, la poesía de esos siglos. También en las sesiones de “supervisión” sobre el tema de la tragedia, con la misma señorita Burton, me siento terriblemente en desventaja al tener que realizar mis lecturas en un vacío, en cierto modo, sin ningún conocimiento previo… sobre la tragedia del período de la Restauración. Hasta ahora sólo he conseguido redactar un trabajo sobre Corneille que, a pesar de haber leído las obras con mi francés todavía algo oxidado, al parecer juzgó aceptable, aunque no nos ponen notas y sólo comentamos los trabajos con la tutora. Ésas son las dos horas más penosas de la semana para mí… Un estilo de lectura muy lento, para así paliar esta sobrespecialización en exceso prematura, es exactamente lo que confiaba poder hacer aquí, pero a menudo sigue resultándome duro competir con algunas de estas chicas con tanta facilidad de palabra en un terreno en el que mi falta de referencias me pone en desventaja. ¡A veces me entran ganas de cogerlas en falta con alguna referencia a nuestros primeros autores americanos!
Aunque continuase leyendo a diario durante el resto de mi vida, seguiría estando rezagada, de modo que procuro compaginar las clases matinales (que me encantan) y mis lecturas con una cierta vida cultural y social. Sigo considerando infinitamente más importantes las personas que los libros, con lo cual nunca llegaré a ser una erudita. Soy perfectamente consciente de ello y también sé que mi curiosidad intelectual vitalicia jamás podría encontrar satisfacción en la minuciosa acumulación de detalles para una tesis doctoral. Creo que ese tipo de especialización sencillamente no es lo mío. Me gusta leer sobre muchos temas: arte, psicología, filosofía, francés y literatura, y vivir y ver mundo, y conocer a fondo a las personas que lo pueblan y escribir poesías y prosa, en vez de convertirme en una engreída experta sobre algún autor secundario de hace doscientos años, por la mera razón de que todavía nadie haya escrito nada sobre él.

Sylvia Plath
Carta a su madre, 14 de noviembre de 1955

Imagen: Sylvia en un pasillo del Smith College, 1952-1953

Previamente en Calle del Orco:
Callarán los bobos tambores eruditos, Juan Marsé

Samuel Beckett - Lufti Özkök

Año 1961. Más bien otoño, o principios de invierno. Samuel Beckett está sentado. Hace diez años que es rey, algo menos o algo más de diez años: ocho años, porque entonces se estrenó Godot; once años porque Jérôme Lindon publicó en bloque sus grandes novelas. Nada hay en Francia que pueda ponerlo en jaque o disputarle el trono en que se asienta. Sabido es que el rey tiene dos cuerpos: un cuerpo eterno, dinástico, que el texto entroniza y consagra, y al que arbitrariamente llamamos Shakespeare, Joyce, Beckett, o Bruno, Dante, Vico, Joyce, Beckett, pero se trata del mismo cuerpo inmortal ataviado con pasajeros andrajosos; y hay otro cuerpo mortal, funcional relativo, el andrajo, que se encamina a la carroña; que se llama, y nada más se llama, Dante y lleva un gorrito que le baja hacia la nariz chata; o nada más se llama Joyce, y entonces tiene anillos y mirada miope y pasmada; o nada más se llama Shakespeare, y es rentista bonachón y robusto con gorguera isabelina. O se llama nada más, y carcelariamente, Samuel Beckett; y en la cárcel de ese nombre se halla sentado, en el otoño de 1961, ante el objetivo de Lufti Özkök, turco y fotógrafo, fotógrafo esteticista que a su modelo vestido de oscuro le colocó detrás un paño oscuro, para dar al retrato que le va a hacer un toque del Ticiano o de Philippe de Champaigne, un marcado toque clásico. Tiene ese turco por manía, o por oficio, ser fotógrafo de escritores, es decir, retratar, recurriendo a cumplido artificio, maña y técnica, ambos cuerpos del rey, la simultánea aparición del cuerpo del Autor y el de su encarnación del momento, el Verbo divino y el saccus merdae. En la misma imagen.
Todo esto lo sabe Beckett, porque se trata de la infancia del arte, y porque es rey. Sabe también que con él, en cuanto con él tiene que ver, resulta más fácil esta operación mágica que si tuviera que ver con Dante o con Joyce, pues, a diferencia de Dante o de Joyce, es guapo, hermoso como un rey; con pupilas hielo, la ilusión del fuego bajo el hielo; con boca rigurosa y perfecta; y ese noli me tangere que le viene de nacimiento; para colmo de lujos, es hermoso con estigmas, la celestial flacura, las arrugas labradas con la tejoleta de Job, las orejas grandes y de carne, el look rey Lear. Sabe que, en cuanto con él tiene que ver, resulta esa operación demasiado fácil, como sucedería si el robusto rentista isabelino hubiera tenido el aspecto del rey Lear; y que casi no es posible hacerle una foto al sacas merodea llamado Samuel Beckett sin que surja en ese mismo instante el retrato del rey, la literatura en persona, mostrando, bien visibles en torno a las pupilas de hielo y las orejas grandes, el gorro de Dante, la gorguera isabelina  y, en un rincón, se la divise o no se la divise, la tejoleta de Job.
¿De todo lo dicho, de tal azar biológico o de tal justicia inmanente, se alegra Samuel Beckett en ese día de otoño de 1961? ¿Saca de ello ufanía, asco, o unas tremendas ganas de reírse? No lo sé, pero estoy seguro de que lo acepta. Dice: Soy el texto, ¿por qué no iba a ser iba a ser el icono? Soy Beckett, ¿por qué no voy a mostrar la apariencia de Beckett? Maté mi lengua, maté a mi madre; nací el día de la crucifixión; se entremezclan en mí los rasgos de San Francisco y los de Gary Cooper; el mundo es un teatro; las cosas ríen; Dios o la nada están eufóricos; interpretemos todos esos papeles como es debido. Adelante. Alarga la mano, toma y enciende un cigarrillo Boyard liado en papel blanco, tamaño grande, y se lo mete en la comisura de los labios, igual que Bogart, igual que Guevara, igual que un obrero de metal. Las pupilas de hielo toman al fotógrafo, y lo rechazan. Noli me tangere. Los signos rebosan. El fotógrafo dispara. Aparecen los dos cuerpos del rey.

Pierre Michon
Cuerpos del rey

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Volviendo a la pequeña ceremonia del Médicis del 28 de noviembre de 1983, coincidí con Samuel Beckett. ¡Ah!, un imposible Samuel Beckett: nos damos la mano, nos saludamos y soy incapaz de pronunciar una sola palabra, pero lo cierto es que lo conozco. Como me muestro muy emocionado, horrible malentendido: Lindon me explica algunos días después que Beckett creyó que era el premio lo que me tenía conmocionado. Parecía sonado, juzgó el mismo Beckett. Sólo me lo cruzaré una vez más, algunos años después, en la calle Bernard-Palissy y no osé siquiera acercarme a saludarle.

Jean Echenoz
Jérôme Lindon, mi editor

Foto: Lufti Özkök
Samuel Beckett, 1961

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