Cada vez que viajo, viajo inmensamente. El cansancio que arrastro conmigo de un viaje en tren hasta Cascáis es como si fuera el de haber recorrido, en ese poco tiempo, los paisajes del campo y la ciudad de cuatro o cinco países.
Cada casa por la que paso, cada chalet, cada casita aislada, enjalbegada de blanco y de silencio —en cada una de ellas me imagino enseguida viviendo, primero feliz, después lleno de tedio, más tarde cansado; y siento que, tras abandonarla, arrastro conmigo una saudade enorme del tiempo que en ella viví. De manera que todos los viajes acaban en cosecha dolorosa y feliz de grandes alegrías, de tedios infinitos, de falsas saudades sin cuento.
Después, al pasar por delante de casas, de residencias, de chalets, voy viviendo en mí todas las vidas de las criaturas que viven en ellas. Vivo todas aquellas vidas domésticas al mismo tiempo. Soy el padre, la madre, los hijos, los primos, la criada y el primo de la criada, al mismo tiempo y todo junto, gracias al arte especial que tengo de sentir al mismo tiempo varias sensaciones diferentes, de vivir al mismo tiempo —y al mismo tiempo desde fuera, viéndolas, y por dentro, sintiéndolas— las vidas de varias criaturas.
Creé en mí varias personalidades. Creo personalidades constantemente. Cada sueño mío pasa a encarnarse de inmediato, nada más aparecer soñado, en otra persona que pasa a soñarlo y que ya no soy yo.
Para crear me destruí; tanto me exterioricé dentro de mí que en mi interior no existo sino exteriormente. Soy la escena desnuda por donde pasan varios actores representando diferentes obras.
Fernando Pessoa
Libro del desasosiego
Traducción: Ángel Crespo
Foto: Fernando Pessoa