Libros en los que vivir, G. K. Chesterton

G. K. Chesterton

Sin embargo, cuando leía novelas era tan frugal, y tan codicioso, como un campesino francés. Me gustaba tanto contemplar el grueso volumen de una novela de detectives como un grueso pedazo de queso; abrirlo por la primera página, entretenerme con el primer párrafo y luego volver a cerrarlo y sentir el poco placer que había desperdiciado. Y mis novelistas preferidos siguen siendo los grandes novelistas del siglo XIX que dan impresión de volumen y variedad, como Scott, Dickens o Thackeray. Obtengo el mismo o mayor placer artístico y siento la misma o mayor simpatía moral hacia muchos escritores posteriores, con el contundente mot juste de los relatos de Stevenson o con la ironía insurgente de los del señor Belloc. Pero Stevenson tiene un defecto como novelista, y es que hay que leerlo muy deprisa. Novelas como Mr. Burden no sólo exigen que se las lea deprisa sino también con ansia: describen una lucha breve y encarnizada, y el ánimo del lector y del escritor es heroico y extraordinario, como si fuesen dos hombres librando un duelo. En cambio, Scott, Thackeray y Dickens poseían el misterioso talento de la novela inagotable. Incluso al llegar al final, sentimos a veces que no tiene fin. Hay gente que afirma haber leído Pickwick cinco, cincuenta o quinientas veces; por mi parte, sólo la he leído una vez. Desde entonces, he habitado en Pickwick y he entrado en ella siempre que me apetecía, igual que otros entran en su club. Y siempre que lo he hecho he tenido la sensación de descubrir algo nuevo. No estoy seguro de que autores tan estrictos y modernos como Stevenson o el señor Belloc no padezcan a causa del rigor y la agilidad de su arte. Si un libro ha de ser habitable, debería ser también (igual que ocurre con una casa) un poco desordenado.

G. K. Chesterton
Cómo escribir relatos policíacos

Foto: G. K. Chesterton, 1930
Photo by Keystone/Getty Images

Previamente en Calle del Orco:
Ese secreto que daba hondura a las personas, Patrick Modiano

2 comentarios
  1. mems83 dijo:

    Para poseer la inteligencia e inventiva de Chesterton hay que nacer en su época. Epoca con tiempo para
    pensar, pasear, divagar , zampar y trasegar sin prisas. Lo que está vedado a la mayoría de autores actuales.
    Porque Chersterton, ante todo era un sensual adictivo. Una de sus frases. “Tampoco ningún animal ha
    inventado nada tan malo como la embriaguez ni tan bueno como el beber” es hipócrita porque el
    obeso literato lograba la mayoría de sus ideas mojado. Pero lo define..
    En esos estados etílicos logró las imaginativas novelas sobre su padre Brown o ese prodigio de sorpresas
    de su Hombre que fue Jueves. Solo un glotón bebedor pudo ensamblar esos contrastes resolviendo crímenes
    aparentemente absurdos o convirtiendo conspiradores en policías.
    Lo asombroso es que un ser tan lúcido se convirtiera al catolicismo, doctrina férrea y obligada a cánones,
    enciclicas y dictámenes papales, que nadie dentro de la iglesia osa discutir. Una de las cualidades del
    pensador inteligente es ser versátil ,cambiar de opinión fácilmente, o, como dice otro gran cerebro,
    Wagensberg, “lo único importante en la ciencia es la duda”. La doctrina romana costriñe, destruye al
    dubitativo, fulmina al hereje. Lo único que para mi explica esta postura de Chesterton es que
    fue su último bromazo, tomándose el pelo a si mismo.
    Con todo sigue siendo una gozada leerle. Lástima que a la mayoría de los jóvenes actuales
    su nombre les suene a marca comercial de tabaco.

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