Balzac descubre la vitalidad natural de la gran ciudad, Italo Calvino

Frans Masereel

Una instintiva inclinación me ha empujado siempre hacia los escritores de ayer y de hoy en los que los términos naturaleza e historia (o sociedad si se prefiere) aparecen simultáneamente presentes. Pero no es sólo una preferencia de gusto: yo creo que el término naturaleza está siempre presente en todo gran narrador. Incluso en Balzac, pese a estar plenamente sumergido en el descubrimiento del nuevo gran continente que se ofrecía a sus ojos, la ciudad, el infinito París, los continuos cambios de suerte de una sociedad en movimiento. Balzac es, efectivamente, el que descubre la vitalidad natural, casi biológica, de la gran ciudad. Calles sospechosas, salones luminosos, sórdidos entresols, prisiones, casas de alquiler, están descritos con el vigor admirado (que a menudo deriva en retórica) con que Bernardin de Saint-Pierre o Chateaubriand saludaban los bosques de las Américas. El París de Balzac es la verdadera ciudad-jungla; en ninguno de sus tardíos imitadores que han abusado de este tipo de semejanzas hay esa sensación de jugos terrestres, de linfa vegetal, de cavernas o de profundidades submarinas que emerge de los itinerarios de Vautrin o de Rubempré: auténticos hombres de la naturaleza, estos personajes de Balzac, hombres y mujeres dotados de un vigor atlético tanto en las virtudes como en los vicios, y para los que cada acción o cada explosión de sentimientos parecen traducirse en una prueba de salud o de vigor. En Balzac la fuerza humana parece seguir resistiéndose a admitir que la lucha con la sociedad presenta dificultades muy distintas de la lucha con la naturaleza. Y, sin embargo, está ya en el aire la conciencia de que las epopeyas de victoria pueden ser engañosas, que hay que preparar al hombre en el conocimiento de que no es menos hombre cuando sus luchas son sin esperanzas y de que la dignidad humana se realiza según la forma en que se afronta la vida, aunque acabe en una derrota.

Italo Calvino
Naturaleza e historia en la novela
Conferencia pronunciada por primera vez en San Remo el 24 de marzo de 1958

Grabado: Frans Masereel
La ciudad, 1925

 

Rastignac, resté seul, fit quelques pas vers le haut du cimetière et vit Paris tortueusement couché le long des deux rives de la Seine où commençaient à briller les lumières. Ses yeux s’attachèrent presque avidement entre la colonne de la place Vendôme et le dôme des Invalides, là où vivait ce beau monde dans lequel il avait voulu pénétrer. Il lança sur cette ruche bourdonnante un regard qui semblait par avance en pomper le miel, et dit ces mots grandioses : « A nous deux maintenant ! »

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