Cómo aceptar hablar de este amigo, Maurice Blanchot

Blanchot-y-Levinas

¿Cómo aceptar hablar de este amigo? Ni para alabanza ni en interés de alguna verdad. Los rasgos de su carácter, las formas de su existencia, los episodios de su vida, incluso de acuerdo con la búsqueda de la que se sintió responsable hasta la irresponsabilidad, no pertenecen a nadie. No hay testigos. Los más cercanos no dicen más que lo que les fue cercano, no lo lejano que se afirmó en esa proximidad, y lo lejano cesa en el momento en que cesa la presencia. En vano pretendemos mantener, con nuestras palabras, con nuestros escritos, lo que se ausenta; en vano le ofrecemos el señuelo de nuestros recuerdos y una cierta figura nueva, la dicha de permanecer en la luz, la vida prolongada con una apariencia verídica. No pretendemos más que llenar un vacío, no soportamos el dolor: la afirmación de ese vacío. ¿Quién consentiría en aceptar su insignificancia, tan desmesurada que no tenemos memoria capaz de contenerla y necesitaríamos deslizarnos en el olvido para llevarla, el tiempo de ese deslizamiento, hasta el enigma que representa? Todo lo que decimos no tiende sino a ocultar la única afirmación: que todo debe desaparecer y que no podemos permanecer fieles más que velando por este movimiento que desaparece, al que algo en nosotros, algo que rechaza todo recuerdo, pertenece desde ahora.

Maurice Blanchot
La amistad

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Pienso en esa carta escrita a Tolstoi por Turgueniev agonizante: “Le escribo para decirle qué dichoso fui de ser su contemporáneo”. Me parece que, por la muerte que ha derribado a Camus y he de añadir ahora, tristemente: a Elio Vittorini, a George Bataille–, esta muerte que nos ha envuelto, en una parte profunda de nosotros mismos, ya moribundos, hemos sentido qué dichosos éramos de ser sus contemporáneos y de qué manera alevosa esa dicha se hallaba a la vez revelada y oscurecida, más aún: como si el poder de ser contemporáneos de nosotros mismos, en ese tiempo al que con ellos pertenecíamos, se viera de repente gravemente alterado.

Maurice Blanchot
El rodeo hacia la sencillez
La amistad

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Desde hace algunos días y algunas noches, me pregunto en vano de dónde sacaré fuerzas para hablar aquí, ahora.

Me gustaría pensar, y espero poder seguir pensándolo todavía, que esas fuerzas, que de otro modo no tendría, me vienen del propio Maurice Blanchot.

¿Y cómo no estremecerse en el momento de pronunciar aquí mismo, en este mismo instante, este nombre, Maurice Blanchot?

Sólo nos queda pensar interminablemente, prestar oídos para escuchar aquello que continúa resonando, y no dejará de hacerlo, a través de su nombre, en su nombre, no me atrevo a decir en tu nombre”, pues me acuerdo todavía de lo que Maurice Blanchot pensaba y había declarado públicamente sobre esa excepción absoluta, ese privilegio insigne que la amistad confiere, a saber, el de un tuteo del que él decía que era la suerte única de su amistad con Emmanuel Lévinas.

Emmanuel Lévinas era el gran amigo que Maurice Blanchot, como me confesó en una ocasión, lamentó tanto ver morir antes que él. Quiero honrar aquí su memoria y asociarla en este momento de dolor a las de Georges Bataille, René Char, Robert Antelme, Louis-René des Forêts, Roger Laporte.

Cómo no estremecerse al pronunciar aquí y ahora este nombre, este nombre más solo que nunca, Maurice Blanchot, cómo no estremecerse cuando, invitado a hacerlo, debo hacerlo en nombre de todos aquellos y de todas aquellas, que aquí mismo o en otros lugares, aman, admiran, leen, escuchan, se han acercado a aquel a quien tantos en el mundo entero, desde hace dos o tres generaciones, consideramos como uno de los mayores pensadores y escritores de este tiempo, y no solamente de este país?

Jacques Derrida
Ceremonia de incineración de Maurice Blanchot
2 de febrero de 2003

Foto: Simone Hansel
Maurice Blanchot junto a su gran amigo Emmanuel Lévinas