Una manera contemporánea de narrar, Augusto Monterroso

augusto monterroso

Existe una nueva narrativa?

Evidentemente sí, pero hay que saber por qué es nueva, cuáles son sus alcances, en qué se diferencia de la vieja. Algunos no saben en qué consiste que sea nueva porque no conocen la inmediatamente anterior ni la antigua. Hay una manera contemporánea de narrar, de decir las cosas, absolutamente diferente de la que usaron nuestros abuelos, ignorantes de Freud, de la televisión, de Joyce, de las dos guerras mundiales, de la barbarie norteamericana en Vietnam. También esto hay que recordarlo en los talleres. Algunos aspirantes a narradores no se han dado cuenta de que viven ya en otro mundo y siguen contando sus respuestas a la vida como se hacía en el siglo XIX. Aunque la buena literatura es siempre la misma y dice siempre lo mismo cuando refleja la situación íntima del individuo (para el cual fue igualmente horrible morir en Lepanto que en Verdún), tengo la impresión de que hay algo que sí cambia, y de que una vez en el papel, de un siglo a otro, las lágrimas de Vallejo no pueden ser las mismas que las de Espronceda.

Augusto Monterroso
Viaje al centro de la fábula
Editorial: RBA

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Entonces incurrí en un error muy común: hice cuanto pude por ser —entre todas las cosas— moderno. Hay un personaje en los Wilhelm Meisters Lehrjahre de Goethe que dice: «Sí, puedes decir de mí lo que te parezca, pero nadie negará que soy un contemporáneo». No veo diferencia entre ese personaje absurdo de la novela de Goethe y el deseo de ser moderno. Porque somos modernos; no tenemos que afanarnos en ser modernos. No es un caso de contenidos ni de estilo. Si consideramos Ivanhoe de Sir Walter Scott, o (por poner otro ejemplo muy distinto) Salammbô de Flaubert, podríamos decir la fecha en que esos libros fueron escritos. Aunque Flaubert llamó a Salammbô un «roman cartaginois» («novela cartaginesa»), cualquier lector que se precie sabrá después de leer la primera página que el libro no fue escrito en Cartago, sino que lo escribió un francés muy inteligente del siglo XIX. En cuanto a Ivanhoe, no nos engañan los castillos ni los caballeros ni los porqueros sajones, ni nada por el estilo. En todo momento, sabemos que estamos leyendo a un escritor de los siglos XVIII o XIX. Además, somos modernos por el simple hecho de que vivimos en el presente. Nadie ha descubierto todavía el arte de vivir en el pasado, y ni siquiera los futuristas han descubierto el secreto de vivir en el futuro. Somos modernos, lo queramos o no.

Jorge Luis Borges
Arte poética
Editorial: Crítica

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Cuanto más sujetos estamos a los hechos, cuanto más intentamos causar la impresión correcta, tanto más nos alejamos de lo fundamental. Al escribir, uno debe crear una superficie que cambie continuamente al dictado de la sensibilidad contemporánea, frente a la estabilidad del estilo clásico. En eso consiste la “obra en marcha”. Lo que importa, sin embargo, no es lo que uno escribe, sino cómo lo escribe; a mi entender, el escritor moderno de ser ante todo un aventurero y estar dispuesto a correr cualquier riesgo y a fracasar en su empeño si hace falta. Dicho de otro modo: debemos escribir peligrosamente; todo tiende a transformarse hoy en día, y la literatura actual solo será valiosa si acierta a reflejar esa inestabilidad.

James Joyce
Conversación con Arthur Power
Traducción: Pablo Sauras
Editorial: Alba

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He aquí también la prueba de que a un escritor lo marca de forma indeleble su fecha de nacimiento y su época, incluso aunque no participase de forma directa en la acción política, incluso aunque parezca un solitario, replegado en eso que suele llamarse “su torre de marfil”. Y, si escribe poemas, son a imagen y semejanza del tiempo en que vive y no habrían podido escribirse en ninguna otra época.
Es lo que sucede con el poema de Yeats, ese gran escritor irlandés cuya lectura me ha conmovido siempre de manera tan honda: “Los cisnes salvajes de Coole”. En un parque, Yeats está observando a unos cisnes que se deslizan por el agua:

Me ha llegado otro otoño, diecinueve
desde que conté el primero;
vi, antes de haber terminado,
de pronto a todos remontar el vuelo
y que en grandiosos anillos al dispersarse giraban
con estruendo de sus alas.
[…]
Sin rumbo ahora el agua inmóvil surcan
misteriosos y bellos;
¿entre qué juncos construirán sus nidos?,
¿en qué orillas de estanques o de esteros
deleitarán otros ojos cuando un día abra los míos
y descubra que se han ido?

Los cisnes aparecen con frecuencia en la poesía del siglo XIX, en Baudelaire o en Mallarmé. Pero este poema de Yeats no habría podido escribirse en el siglo XIX. Por su peculiar ritmo y por su melancolía pertenece al siglo XX e incluso al año en que se escribió.
Sucede también que un escritor del siglo XX se siente a veces apresado en su tiempo y que la lectura de los grandes novelistas del XIX -Balzac, Dickens, Tolstoi, Dostoievski- le infunde cierta nostalgia. En aquella época el tiempo fluía de forma más lenta que hoy, y esa lentitud estaba más a tono con el trabajo del novelista porque podía concentrar mejor la energía y la atención. Luego, el tiempo se aceleró y avanza a trompicones, lo que explica la diferencia entre los recios macizos novelísticos del pasado, con arquitectura de catedral, y las obras discontinuas y fragmentadas de hoy en día. Desde esa perspectiva, pertenezco a una generación intermedia y siento curiosidad por saber cómo las generaciones siguientes, que nacieron con Internet, móvil, correos electrónicos y tuits, expresarán mediante la literatura el mundo al que todos están permanentemente “conectados” y en el que las “redes sociales” menoscaban esa porción de intimidad y secreto que era aún, hasta hace poco, un bien que nos pertenecía, ese secreto que daba hondura a las personas y podía ser un gran tema novelesco. Pero no quiero dejar de ser optimista en lo referido al porvenir de la literatura y estoy convencido de que los escritores del futuro garantizarán el porvenir tal y como lo han venido haciendo todas las generaciones desde Homero…

Patrick Modiano
Discurso en la Academia Sueca
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia
Editorial: Anagrama

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La literatura, sin duda, tiene ese precio: también nosotros tenemos nuestros zancos y muletas, que nos parecen botas de siete leguas y que los lectores de pasado mañana, si quedan, sabrán poner en su sitio como nosotros hemos hecho con nuestros antepasados, y sin reprochárnoslo mucho más, en la tienda ortopédica de la literatura. La literatura está en otra parte. Si es válida, si significa algo, no puede ser más que lo que nos recuerda la hermosa expresión de Rimbaud: “el alma aplicada al alma -y tirando”. Hacia qué lado tira es, si ustedes quieren, su verdadero contenido.

Julien Gracq
“Por qué respira mal la literatura”
Conferencia dictada en el École normale supérieure de París en 1960

Foto: Augusto Monterroso