La personalidad y los gustos del compilador, Simon Leys

Simon Leys

No hablaría tanto sobre mí mismo
si hubiera otra persona a quien conociera tan bien.
Thoreau

“La mayoría de la gente es otra gente —decía Oscar Wilde—. Sus pensamientos son la opinión de otra persona; su vida es una imitación; sus pasiones, una reproducción… Solo existe un modo de desarrollar la propia alma y consiste en despojarse de la cultura”.
En efecto, muchos florilegios me recuerdan a un conocido mío bastante taciturno que tenía anotado un repertorio de chistes en una libretita y cada vez que le invitaban a algún sitio, antes de salir, se ponía a memorizar una docena de anécdotas y chascarrillos con la esperanza de poder deslumbrar a sus anfitriones con los fuegos artificiales de su ingenio.
Sin embargo, un florilegio no tiene por qué estar inspirado necesariamente en el deseo patético de impresionar a los demás por medio de esa pátina de apariencia de la que Wilde se burlaba con razón. También puede reflejar una realidad que Alexandre Vialatte captó con precisión: “El mayor servicio que nos brindan los grandes artistas no consiste en ofrecernos su verdad, sino la nuestra”.
Una antología que reuniera citas elegidas solo por su elocuencia, su profundidad, su chispa o su belleza correría el riesgo de ser aburrida, interminable e incoherente. Su unidad interna no debe provenir más que de la personalidad y los gustos del compilador, y ofrecer una especie de reflejo de ellos. Al adoptar criterios de selección de una idiosincracia tan deliberada, el compilador no cae en la tentación del narcisismo, sino que simplemente observa un principio de organización y de economía.

Simon Leys
Introducción a Ideas ajenas
Canberra, abril de 2005
Editorial: Confluencias
Traducción: Teresa Lanero

Foto: Simon Leys