Todo es una trampa en este mundo cubierto de palabras, Marthe Robert

Marthe Robert

Todas las palabras clave de El castillo poseen este mismo dinamismo que arrastra constantemente la intriga a nuevas complicaciones y que embrolla como por placer los asuntos del principal interesado. Una de las más poderosas es la palabra “ayudante”, que K. es el primero en utilizar para designar a los empleados que, según él, ha traído y que, después de haber negado su existencia, el Castillo reconoce como sus propios enviados. Envalentonado por la confirmación oficial de su hallazgo verbal, K. cree poder fundarse en el sentido inmediato de la palabra para esperar de sus Ayudantes una ayuda eficaz en su dura tarea. Éste es su más grave error, porque estos Ayudantes no sirven para nada, son una especie de demonios infantiles, viciosos, liosos, que le quitan a su mujer, le negañan por todos los sistemas y agravan hasta tal punto el embrollo de su vida que no sólo no le ayudan, sino que más bien parecen enviados exprofeso para perderle. Y lo mismo puede decirse de su Mensajero, Bernabé, que lleva el nombre de un compañero de San Pablo y cuyo sedoso vestido, dulce sonrisa y ligereza, parecen corroborar la idea que K. se ha hecho de su angélica misión. Sin embargo, Bernabé no tiene de mensajero más que el nombre, e incluso su vestido es un engaño, una torpe imitación del uniforme oficial; en cuanto a los mensajes, no se le confía nunca ninguno, los que por casualidad han caído en sus manos están periclitados, polvorientos, olvidados por su autor desde hace mucho tiempo, y nada le obliga a despacharlos. Lejos de ser la aparición celeste, el testimonio de inspiración y de verdad que K. creyó encontrar en él en virtud de su nombre de apóstol, Bernabé no es más que un niño impotente y soñador, un “fuego fatuo” errante en vano entre el pueblo y el Castillo, aún más decepcionante que los pretendidos Ayudantes. Por tanto, todo es una trampa en este mundo cubierto de palabras, ensuciado por los símbolos y las metáforas, decorado equívocamente por una literatura que, en definitiva, desempeña un sospechosos papel puesto que pierde al individuo en sueños imposibles y, en último extremo, sólo sirve para justificar la peor de las opresiones. No hay nombre, ni siquiera el de la mujer amada, que no sea un agente de error y mentira, pues Frieda significa “mensajero de paz” y si bien durante una gran parte del relato su amor, su devoción por K., parece hacerla digna de esta función esencial, es ella precisamente quien le da el golpe de gracia, quien pulveriza sus esperanzas traicionándole con el Castillo y sus amos todopoderosos. En este mundo distorsionado, más real que el verdadero, en el que Kafka deja desencadenar al verbo sus fuerzas maléficas, todas las palabras son portadoras de esperanza, y aunque las más dudosas mantienen a veces sus promesas, ninguna es nunca completamente inocente.

Marthe Robert
Acerca de Kafka, acerca de Freud
Editorial: Anagrama

Foto: Marthe Robert