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Archivo de la etiqueta: El castillo

Simon Leys

Finalmente, hay casos en que falta el final. Dos grandes novelas que se esfuerzan por abordar los problemas básicos de la condición humana no tienen final… lo que, considerado retrospectivamente, puede ser una conclusión de lo más adecuada.
Kafka, en su última obra maestra, El castillo, cuenta la historia de un joven que intenta repetidamente (siempre en vano) superar arcanos obstáculos para poder acceder a un misterioso castillo. ¿Tendrá éxito su insistencia? Nunca lo sabremos, porque Kafka murió antes de que pudiese completar el manuscrito.
En Bouvard y Pécuchet, Flaubert describe cómo dos solterones que viven retirados, tras una carrera monótona y pesada como monótonos empleados, se lanzan a una investigación enciclopédica de todo el conocimiento humano. Su ingenua aventura pronto se convierte en una circunnavegación del continente inmenso y sin cartografía de la estupidez humana. Al principio de su loca y desesperada empresa, la intención de Flaubert había sido retirar a sus personajes como dos idiotas despreciables, pero las criaturas pronto se rebelan contra su creador y afirman su dignidad individual. Este cambio transcendental se produce hacia la mitad del libro, cuando se nos dice que “se desarrolló en su espíritu una facultad molesta, como era la de reconocer la estupidez y no poder ya soportarla”. Desde ese momento, Bouvard y Pécuchet se convierten en el propio Flaubert, cuya tarea, gigantesca y desesperada, se transformó en un calvario mental y físico. Murió trabajando, agobiado por la tensión como un burro aplastado por su carga.
Kafka describió en su última obra la búsqueda de la salvación; Flaubert, la búsqueda del sentido. Pero estas búsquedas nos introducen en misterios que ningún mortal puede sondear. Parece extrañamente apropiada la intervención de la muerte, para garantizar que esas exploraciones heroicas queden inconclusas… para siempre.

Simon Leys
Oberturas

Foto: Simon Leys en su casa de Canberra en 2013

Previamente en Calle del Orco:
La escritura como un reloj que avanza, Enrique Vila-Matas
El final de las novelas, Georges Perec

Max-Brod-Franz-Kafka

Quadsi me lyricis vatibus inseres,
Sublimi Feriam sidesa vértice.

Y si entre los vates líricos me cuentas
Tocaré las estrellas con la cabeza alta

Horacio, Odas (vv. 35-36)

Sentir, repetir estas palabras de Horacio a Mecenas, es algo que Kafka no se habría visto impelido a hacer frente a nadie. Cuando volví a leer los versos de Horacio, de repente me saltó a la vista la diferencia fundamental entre ambas personalidades, y me pareció que, incluso si uno prescinde de todas las artes cortesanas de los romanos, tienen algo de extraordinariamente característico para Kafka. No, mi amigo jamás y bajo ningún concepto habría querido tocar las estrellas. El lema de su vida era el siguiente: permanecer en un segundo plano, no llamar la atención. Su comportamiento era en todo discreto. Rara vez alzaba el tono de su suave voz. Si se encontraba en medio de un grupo, la mayor parte de las veces enmudecía por completo. Sólo estando con una o dos personas perdía su timidez, y entonces de su interior surgía con una fuerza asombrosa una cantidad de ocurrencias que permitía sospechar que aquel hombre silencioso llevaba en su interior un mundo desmedido formado por personajes y pensamientos aún sin desarrollar. Nunca más he vuelto a presenciar asociaciones de ideas tan ágiles saltando desde la más remota lejanía, ocurrencias tan divertidas y extravagantes, fantasías tan espontáneas. El volumen titulado  Preparativos de boda en el campo contiene, lo que sirve de apoyo a mi memoria, un sinnúmero de historias, situaciones, consideraciones, una abundancia francamente inverosímil de fantasías que llevan a todos los confines del mundo y en mil y un días, de tal modo que, tal como ocurre en los fragmentos de Novalis, uno se asusta frente a tanta luz. Comparando además la obra acabada del autor con lo que dejó inacabado encuentra uno que la superficie de las ruinas es mil veces mayor que la de los monumentos rematados por completo. América, El proceso, El castillo, La transformación, En la colonia penitenciaria… Todo eso le parece a uno un afortunado botín frente a lo mucho que el destino, la temprana muerte de Kafka, nos ha arrebatado. Por eso, para juzgar esta obra colosal hay que tener también presente lo informe, lo simplemente esbozado, junto a lo sólidamente perfilado… Y este gigante paseaba entre nosotros como si fuera un enano. No se daba a conocer. “Sólo los sinvergüenzas son discretos”, dice Goethe. Pero si uno compartió parte de su vida con Kafka, se sentiría más tentado a darle la vuelta a la frase y transformarla en su contraria, ciertamente igual de injusta y extrema: “Todo indiscreto es un sinvergüenza”.

Max Brod
Personal

Imagen extraída del documental de
Sagi Bornstein, Kafka, el último proceso

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