Don Quijote de la Mancha nos devuelve el color del mundo, Carlos Fuentes

Don Quijote de Orson Welles, 1957

Cervantes y don Quijote son la constante advertencia de que el lenguaje es cimiento de la cultura, puerta de la experiencia, techo del mundo, azotea de la imaginación, recámara de amor y, sobre todo, ventana abierta al aire de la duda, la incertidumbre y el cuestionamiento.

¿Y adónde nos conduce la incertidumbre del Quijote?

A la realidad del libro.

Y al corazón de la realidad.

Don Quijote de la Mancha, a cada relectura, nos devuelve el color del mundo. Lo que parecía incoloro y al menos grisáceo, recobra intensos rojos, brillantes amarillos, cielo y mar azules, boscosos verdes y eso que Melville vio en otra gran epopeya crítica, el Moby Dick: el blanco que contiene todos los colores pero sobre todo el negro de nuestra conciencia nocturna y de nuestra luminosidad por amanecer.

Pero el Quijote, me dirán ustedes, es todo luz.

No lo veía así Dostoievski, quien leyó el Quijote como “la novela más triste de todas”, porque es “la historia de una desilusión”.

Ilusión y desilusión. ¿No trasciende Cervantes ambas alternativas demostrándonos que sólo hay una realidad del mundo -triste o gozosa- en la medida en la que hay una imaginación del mundo?

¿No nos demuestra la imaginación literaria que el mundo no es sólo lo que es o parece ser sino lo que fue y lo que puede ser?

¿Y no nos dice Cervantes que si no hay imaginación en el mundo, pues entonces, hay que inventarla?

La duda cervantina nos está diciendo que como la autoría (la autoridad) y los nombres son susceptibles de muchas explicaciones, también lo es el mundo mismo: nuestra realidad no es fija, sino mutable, sólo nos acercamos a la realidad si no pretendemos abarcarla: novela relativa de realidades parciales, el Quijote es un valladar contra el totalitarismo.

Toda verdad, como toda razón, está aquí en tela de juicio.

Aquí, sólo nos acercamos a la verdad si no pretendemos ser sus dueños.

Y sólo nos acercamos a la razón si la conjugamos con la imaginación.

Novela fundadora de la novela, Don Quijote de la Mancha, es también la ficción que funda la verdad, la ficción que pone a prueba la razón, la ficción que inventa lo que falta en el mundo, la ficción que nos permite apropiarnos del mundo, la ficción que le da color, sabor, sentido, sueño y vigilia, perseverancia y holganza, al mundo.

Entra en ti mismo y descubre al mundo, nos pide Cervantes.

Pero también, sal al mundo y descúbrete a ti mismo.

Novela próxima a todos los tiempos y al nuestro mismo porque nos demuestra que sólo se acerca a la verdad quien no trata de imponer su verdad.

Novela que nos enseña, al cabo, a pasar del milagro al misterio con escala indefinida en el asombro.

Carlos Fuentes
Elogio de la incertidumbre
El País, 23 de abril de 2005

Foto: Don Quijote de Orson Welles, 1957

Previamente en Calle del Orco:
El novelista enseña a aprehender el mundo como pregunta, Milan Kundera