No hay más que un solo arte, el arte de omitir

Simon Leys

El mes pasado, hablando en estas mismas páginas de Da Vinci y de Daumier, evoqué el fenómeno de las “imágenes eidéticas”, esas visiones mentales, de una precisión casi alucinatoria, que consiguen cultivar determinados pintores. Hubiera tenido que subrayar que esta forma de imaginación no es en absoluto exclusiva de las artes visuales; la encontramos también, y sobre todo, en los escritores. Flaubert explicó al respecto:

Cuando escribía el envenenamiento de Madame Bovary, tenía de una forma tan realista el sabor del arsénico en la boca, estaba de forma tan realista envenenado yo mismo, que me provoqué dos indigestiones una tras otra: dos indigestiones reales, pues vomité todo lo que había cenado […]. Hay muchos detalles que no incluyo. Así, para mí, monsieur Homais está ligeramente picado de viruelas. En el pasaje que viene inmediatamente después, veo todo un mobiliario (incluidas las manchas de los muebles) del que no se dirá ni una palabra…

Al artista no le basta con tener la visión de su composición. Para dar a esta visión toda su intensidad, debe sugerirla por medio de la lítote (“Hay detalles que no escribo”). Balzac, por ejemplo, poseía la visión pero ignoraba la lítote hasta tal punto que ha exasperado a menudo a sus mejores lectores. Así, Robert Louis Stevenson le confiaba a un íntimo:

Balzac es una especie de Shakespeare balbuceante, aplastado bajo un exceso de detalles forzados pero débiles. Es asombroso comprobar lo malo que puede ser a veces, y lo falso, y lo tedioso; pero también, por supuesto, lo soberbio y poderoso que puede ser en cuanto se abandona a su temperamento. Pero incluso entonces, nunca es simple ni claro. No podía dejar nada sobreentendido, y por ello terminaba a menudo hundiéndose bajo una profusión de accesorios incongruentes. ¡Ah, Dios mío! ¡No hay más que un solo arte, el arte de omitir! ¡Oh, de poseer únicamente el arte de cortar, no ambicionaría ningún otro don! Un escritor que supiera cómo cortar podría transformar cualquier gaceta cotidiana en una epopeya homérica.

Esta potencia expresiva de los “blancos” del relato es, por otra parte, confirmada por las iniciativas de la censura: es en el momento en que madame Bovary desaparece durante algunas horas con su amante dentro de un coche de punto de los que no se ve más que las cortinillas herméticamente cerradas cuando los censores comenzaron verdaderamente a volverse locos. ¿Y qué libro (creo que era de Jean Genet) se reveló finalmente en su versión íntegra menos escandaloso que en la versión censurada que lo había precedido? Ningún escritor dispone de un poder verbal capaz de rivalizar con la imaginación de sus lectores; así, todo su arte consiste en tocar esta tecla.

Simon Leys
Esperando al Señor Wu
El arte de la lítote, de los blancos y de la ausencia
La felicidad de los pececillos

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“- ¿Terminó su educación en el Continente y volvió hecho un caballero, o obtuvo un puesto de sizar en la universidad, o huyó a América y ganó honores chupando la sangre de su patria adoptiva, o hizo más rápida fortuna por los caminos reales de Inglaterra?
– Acaso haya hecho algo de todas estas profesiones, señor Lockwood, pero no puedo asegurarle nada. Ya le dije antes que no sabía cómo había ganado su dinero, ni sé de qué medios se valió para elevarse de la absoluta ignorancia en la que estaba hundido.”

Emily Brontë
Cumbres Borrascosas

Foto:  William West
Simon Leys en su casa de Canberra
1 de abril de 1998