“Orson Welles: una vez más, como William Shakespeare”, Guillermo Cabrera Infante

Orson Welles Macbeth

Es evidente que el cine de Orson Welles está influido por Shakespeare, de donde ha tomado el manierismo retórico que cada vez lo acerca más a un barroco desesperado. El manierismo surge del Renacimiento y aparece, nítido, en la pintura de Miguel Ángel, donde el dramatismo de la acción parece dominar toda la concepción plástica, que se hace compleja, al extremo de tener que usar un término acuñado por el uso como una palabra que implica una indefensión frente al caos de la vida exterior. Como bien dice Arnold Hauser, “el manierismo presenta por primera vez al artista moderno, con su escisión interna, su hambre de vida, su huida ante el mundo y su rebeldía sin piedad, su subjetividad exhibicionista y su último guardado secreto”. Es esta actitud vital la que acerca a Welles de Shakespeare, y los mensajes exclusivamente para intelectuales abundan en la obra de ambos: es así que Hamlet y El Ciudadano Kane contienen un doble misterio: uno popular, inmediato; otro, intelectual, más oculto. Pero como Shakespeare, Welles escoge la maniera porque es primero que nada un showman, un artista que quiere ser popular por el espectáculo. Es lo que explica en ambos una vulgaridad que es en último extremo teatral y a la vez profundamente sincera: no hay que olvidarse de que Welles, como Shakespeare, es un autodidacto. Es solamente a través del manierismo como pueden explicarse los excesos visuales de sus films, sus alardes técnicos, la sostenida complejidad formal. Welles es a la vez el director, el productor, el actor principal de sus obras: una vez más, como William Shakespeare. Pero al revés de Shakespeare, que no contaba más que con su poder verbal para vencer todas las dificultades del teatro isabelino (las representaciones a la luz del día, la escasa maquinaria teatral, la renuencia de un público exigente y participante) y usaba la retórica para hacer creer que a las cuatro de la tarde, en verano, en Londres, eran los dos de la madrugada en otoño, en Escocia, y asesinaban al rey Duncan, Welles tiene toda la técnica del cine, el fantástico aparato ilusorio de los hermano Lumières ya perfeccionado hasta el límite, para decirnos que el bosque de Birnam viene a Dunsinane por medio de una jungla de espejos que hace aumentar la furia vengadora de Bannister hasta el infinito y la abominación.

[…] Junto a Katherine Cornell, Orson actuó en Romeo y Julieta, Cándida, La familia Barett. En Romeo y Julieta, él sorprendió a todos por sus conocimientos del teatro clásico inglés: no sólo era docto en Shakespeare, sino en los dramaturgos isabelinos menores. Sus compañeros de compañía olvidaban –o no sabían– que Orson no sólo leía a los poetas isabelinos a los cinco años, sino que podía imitar sus retóricos versos a la perfección a los catorce. Bien, me dirán ustedes, cualquiera puede leer a un poeta isabelino a los cinco años, porque a esa edad cualquier poeta es fácil, aun los poetas isabelinos: lo realmente difícil es cuando los poetas isabelinos cumplen seis años y luego siete y después veintiséis y treinta y siete: a esas edades los poetas isabelinos escribían sus obras maestras. No creo, sin embargo, que esta objeción sea pertinente. Más bien creo que es pertinaz.

Guillermo Cabrera Infante
Orson Welles, un genio demasiado frecuente

Foto: Orson Welles
Macbeth, 1948

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