La prosa celebra los horrores que descubre, Juan Villoro

Jekyll-Hyde-Fleming

La isla del tesoro es una compulsiva puesta en práctica de la estrategia que Poe ofrece en su “Filosofía de la composición”: la experiencia estética depende menos del valor intrínseco de un objeto que de la forma en que es mirado; podemos llegar a la belleza por la senda de las sombras, con medios que parecerían negarla.
De acuerdo con Marcel Schwob, uno de los recursos más felices de Stevenson es la aproximación sencilla, casi diríamos elemental, a temas sobrenaturales, el contraste entre “lo ordinario de los medios y lo extraordinario de la cosa significada”. Las imágenes de Stevenson participan de esta paradoja.  El Dr. Jekyll ve su mano al despertar, una mano morena, cubierta de vellos, que en sí misma no merece mayor atención, sólo que no es su mano. En las dunas del desierto hay una tienda de campaña en la que se mueven luces de linternas, algo no encaja en esos destellos errabundos: el pabellón está deshabitado. “No hay nada parecido a lo que nos ha creado Stevenson –escribe Schwob-. No podemos modelar a nadie a su imagen, porque es demasiado viva y demasiado singular, o está ligada a un traje, a un juego de luz, a un accesorio de teatro, podríamos decir.” La última observación es particularmente aguda: la obra entera de Stevenson está atravesada por la teatralidad; hay un artificio de puesta en escena en sus visiones. Lo que nos convence de su existencia es la forma directa en que son descritas; el ojo desmedido del autor es atemperado por una voz que asume lo siniestro o lo sobrenatural como destinos inevitables. Los personajes observan con azoro los peculiares decorados que les depara su aventura (una puerta que gira hacia sombras ignotas, una cauda de peces plateados en un río, la isla donde el tesoro irradia sus misterios y amenazas); pero la voz narrativa es más sosegada, habla con el deleite ambiguo de los riesgos deseables; en su misma actitud, la prosa celebra los horrores que descubre. Rara vez acude Stevenson a argucias psicológicas o a mediaciones entre lo real y lo fantástico como el sueño, el delirio o la percepción equívoca. Las cosas ocurren así, sin remisión posible, y deben ser inventariadas con la claridad y la presencia de ánimo de un tendero temerario.

Juan Villoro
Los favores del espanto
“La isla del tesoro”

Dr. Jekyll and Mr. Hyde de Victor Fleming (1941)

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