¿Cuál es valor de conservar y fortalecer este sentido de sobrecogimiento y de asombro, este reconocer algo más allá de las fronteras de la existencia humana?, ¿es explorar la naturaleza sólo una manera agradable de pasar las horas doradas de la niñez o hay algo más profundo?
Yo estoy segura de que hay algo más profundo, algo que perdura y tiene significado. Aquellos que moran, tanto científicos como profanos, entre las bellezas y misterios de la tierra nunca están solos o hastiados de la vida. Cualesquiera que sean las contrariedades o preocupaciones de sus vidas, sus pensamientos pueden encontrar el camino que lleve a la alegría interior y a un renovado entusiasmo por vivir. Aquellos que contemplan la belleza de la tierra encuentran reservas de fuerza que durarán hasta que la vida termine. Hay una belleza tan simbólica como real en la migración de las aves, en el flujo y reflujo de la marea, en los repliegues de la yema preparada para la primavera. Hay algo infinitamente reparador en los reiterados estribillos de la naturaleza, la garantía de que el amanecer viene tras la noche, y la primavera tras el invierno.
Me gusta recordar al distinguido oceanógrafo sueco Otto Pettersson, que murió hace pocos años a la edad de noventa y tres, en plena posesión de sus facultades mentales. Su hijo, también oceanógrafo mundialmente famoso, ha contado en un libro reciente cómo su padre disfrutó intensamente de cada nueva experiencia, de cada nuevo descubrimiento sobre el mundo que le rodeaba.
«Era un incurable romántico», escribió su hijo, «profundamente enamorado de la vida y los misterios del cosmos». Cuando se dio cuenta de que no le quedaba mucho para disfrutar del escenario terrenal, Otto Pettersson le dijo a su hijo: «lo que me sostendrá en mis últimos momentos es una infinita curiosidad por lo que sigue».
Rachel Carson
El sentido del asombro
Traducción: Ángeles Martín R-Ovelleiro
Ediciones Encuentro
Foto: Rachel Carson