La obra Joseph Joubert es un secreto precioso, Paul Auster

Joseph Joubert

Descubrí la obra de Joubert en 1971, gracias a un ensayo de Maurice Blanchot, “Joubert y el espacio”. En él, Blanchot compara a Joubert con Mallarmé y presenta un sólido argumento para considerarlo el escritor más moderno de su época, el que nos habla de manera más directa. Y, realmente, ni la naturaleza libre e inquisitiva de la mente de Joubert ni su estilo conciso y elegante han envejecido con el paso del tiempo. Todo se mezcla en los cuadernos, y las reflexiones sobre la literatura y filosofía están diseminadas junto a observaciones sobre el clima, el paisaje y la política. Entradas de inolvidable perspicacia psicológica (“Los que nunca retroceden se aman a sí mismos más de lo que aman la verdad”) se alternan con comentarios breves y escalofriantes sobre el tumulto desatado a su alrededor (“cadáveres amontonados unos encima de otros”), que a su vez se ven punteados por repentinos estallidos de levedad (“Dicen que las almas no tienen sexo; por supuesto que sí”). Cuanto más lees a Joubert, más quieres seguir leyéndole. Te atrae por su discreción y su sinceridad, por su brillantez y su claridad expresiva, por su forma tranquila pero totalmente original de ver el mundo.

Al mismo tiempo, es fácil ignorar a Joubert. No señala a nadie ni golpea ruidosos tambores retóricos, y no pretende escandalizar con sus ideas. Aquellos de nosotros que amamos su obra la consideramos un secreto precioso, pero en los ciento sesenta y cuatro años que han transcurrido desde que sus textos estuvieron al alcance del público por primera vez, apenas han causado un murmullo en el mundo en general.  Esta traducción fue originalmente publicada por Jack Shoemaker, de North Point Press, en 1983, y el libro no logró provocar otra cosa que indiferencia por parte de los críticos y lectores de Estados Unidos. El libro sólo tuvo una reseña (en el Boston Globe) y las ventas rondaron los ochocientos ejemplares. Por otra parte, no mucho después de que se publicara el libro, la relevancia de Joubert se me manifestó claramente de manera extraordinaria. Le di un ejemplar a uno de mis amigos más antiguos, el pintor David Reed. David tenía un amigo que había acabado en Bellevue, después de sufrir un colapso nervioso, y David fue a verlo al hospital y le prestó su ejemplar de Joubert. Dos o tres semanas más tarde, cuando el amigo recibió el alta, llamó a David para disculparse por no devolverle el libro. Después de leerlo, le dijo, se lo había dado a otro paciente. Ese paciente se lo había pasado a otro paciente, y poco a poco Joubert había recorrido la planta. El interés por el libro se volvió tan vivo que grupos de pacientes se reunían en la sala común para leer fragmentos en voz alta y debatirlos. Cuando el amigo de David pidió que le devolvieran el libro, le dijeron que ya no le pertenecía. “Es nuestro libro —le dijo uno de los pacientes—. Lo necesitamos.” Es la crítica literaria más elocuente que he oído nunca, una prueba de que el libro adecuado en el lugar adecuado es una medicina para el alma humana.

Como escribió el propio Joubert en 1801: “Una idea es algo tan real como una bala de cañón.”

Paul Auster
Joubert el invisible
11 de agosto de 2002
Editorial: Seix Barral
Traducción: Daniel Rodríguez Gascón

Retrato: Joseph Joubert