La primera página ausente, Alberto Manguel

Franz Kafka, adolescente, 1898

En el siglo XVI tomaron cuerpo, entre los eruditos judíos, dos maneras distintas de leer la Biblia. Una, centrada entorno a las escuelas sefardíes de España y el norte de África, prefería resumir el contenido de un pasaje sin analizar los detalles que lo componían, concentrándose en el sentido literal y gramatical. La otra, en las ciudades asquenazís, localizadas mayormente en Francia, Polonia y los países germánicos, analizaba cada versículo y cada palabra, buscando en el texto todos los sentidos posibles. Kafka pertenecía a esta última tradición.

Dado que la meta del talmudista asquenazí era explorar y aclarar el texto en todos los niveles de significado concebibles y glosar todos los comentarios, hasta volver al texto original la literatura talmúdica se convirtió en una sucesión de textos autogeneradores que se desarrollaban como consecuencia de lecturas sucesivas, lecturas que no sustituían sino que más bien incluían a todas las anteriores. Cuando leía, el talmudista asquenazí por lo general utilizaba cuatro niveles de significado simultáneos, distintos de los propuestos por Dante. Los cuatro niveles eran designados mediante el acrónimo PaRDeS: Pshat o sentido literal, Remez o sentido limitado, Drash o elaboración racional y Sod o significado oculto, secreto, místico. Leer, por tanto, era una actividad que nunca llegaba a completarse. A Leví Yitzhak de Berdichev, uno de los grandes maestros hasídicos del siglo XVIII, le preguntaron por qué faltaba la primera página de cada uno de los tratados del Talmud babilónico, lo que obligaba al lector a empezar la lectura en la página dos.

“Debido a que, por muchas páginas que lea el estudioso, -contestó el rabino-, nunca debe olvidar que no ha alcanzado aún la mismísima primera página”.

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Ernst Pawel, al final de su lúcida biografía de Kafka, escrita en 1984, observó que “los estudios sobre Kafka y su obra comprenden en la actualidad, unos 15.000 títulos en muchos de los idiomas más importantes del mundo”. A Kafka se lo ha leído literal, alegórica, política, psicológicamente. Que las lecturas siempre exceden en número a los textos que las originan es una observación trivial; sin embargo, el hecho de que un lector se desespere y otro ría exactamente en la misma página nos revela algo de la naturaleza creativa del acto de leer. Mi hija Rachel leyó La metamorfosis a los trece años y le pareció una obra cómica; Gustav Janouch, el amigo de Kafka, la leyó como una parábola religiosa y ética; Bertolt Brecht la leyó como la obra del “único escritor verdaderamente bolchevique”; el crítico húngaro György Lukács, como un producto típico de una burguesía decadente; Borges, como una nueva versión de las paradojas de Zenón; la estudiosa francesa Marthe Robert la leyó como un ejemplo del idioma alemán llevado al grado más alto de claridad; y Vladimir Nabokov la leyó (en parte) como una alegoría sobre el Angst adolescente. El hecho es que los relatos de Kafka, nutridos con su experiencia de lector, ofrecen y sustraen, al mismo tiempo, la ilusión de entender; socavan, por así decirlo, la pericia del Kafka escritor para dar satisfacción al Kafka lector. Siete años después de que Kafka muriera en un sanatorio de los alrededores de Viena, el poeta portugués Fernando Pessoa escribió en su Autopsicografía que “el poeta es un fingidor”. Y añadió: “Y quienes leen lo que escribe / en el dolor leído sienten / no los dos que el poeta vive / mas sólo aquel que no tienen”.

“En general -escribió Kafka en 1904 a su amigo Oskar Pollak-, creo que solo debemos leer libros que nos muerdan y nos arañen. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un mazazo en el cráneo, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dices tú? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hacen felices podríamos escribirlos nosotros mismos si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a las junglas más remotas, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo.”

Alberto Manguel
Una historia de la lectura
Editorial: Alianza Editorial

Foto: Franz Kafka, adolescente, 1898