La irrupción de lo contingente en una vida, Simon Leys

“Domingo”, (1926), de Edward Hopper

Chejov (de nuevo él) ha hecho notar que en el teatro, si en el acto I hay una pistola sobre una mesa, alguien se servirá de ella en el acto III. Y lo mismo ocurre con los cabos sueltos; fue a la salida de un cine cuando Sartre tuvo la revelación de la contingencia; después de la película, en la que ningún detalle es gratuito, descubre que “en la calle esto ya no era necesario: la gente iba aquí y allá, eran unos cualquiera”.
Pero nuestro instinto exige con pasión que las cosas tengan un sentido; y es por eso por lo que se leen y se escriben novelas. Una vez pasado, necesitamos dar un sentido a todo cuanto nos sucede de inesperado. Podemos soportar el “cómo” de lo que sea, decía Nietzsche, con tal de que sepamos el “porqué”. Sobre la irrupción de lo contingente en una vida, Dashiell Hammett escribió una turbadora fábula corta (figura en El halcón maltés, donde no tiene, por otra parte, ninguna relación con la intriga). Un día, en una ciudad de provincias, un agente inmobiliario acomodado, buen ciudadano, buen marido, buen padre, sale un momento de su oficina para comer y desaparece sin dejar rastro. Una rigurosa investigación no descubre nada en su presente ni en su pasado que pueda explicar esta súbita desaparición. Muchos años después un detective le encuentra por casualidad en otra ciudad; ha cambiado de nombre, pero su existencia es muy parecida a la que llevaba en otro tiempo; se ha casado: su segunda esposa se parece a la primera, “ese tipo de mujer que juega bien al bridge y se interesa por las nuevas recetas de ensalada”. Confiesa lo que le había pasado: mientras iba a almorzar, una viga de hierro caída de un inmueble en construcción, a punto estuvo de despanzurrarle sobre la acera. Salió indemne, pero dominado por el espanto, “como si alguien hubiera levantado la tapadera de la vida para descubrirle su maquinaria interna”: el universo al que se creía tan armoniosamente vinculado no era más que un decorado ficticio, pues el accidente de una viga caída del cielo podía pulverizarlo en menos de un segundo. Lo prudente sería, pues, abrazar ese mismo azar, al que entregó de inmediato su vida; partió, y deambuló como un vagabundo durante semanas y meses. Pero como en su vida errabunda no se producían nuevos accidentes, insensiblemente volvió a su vieja rutina. Tras haberse adaptado enseguida a un mundo en el que le caen a uno vigas sobre la cabeza, paulatinamente se readaptó a un mundo en el que no caen.

Simon Leys
Inconsecuencia y contingencia
La felicidad de los pececillos

***

[…] en medio de la aparente confusión de nuestro mundo misterioso, los individuos se hallan tan exactamente ajustados al sistema, y los sistemas tan ajustados entre sí y en relación al conjunto, que con sólo apartarse un instante, el hombre se expone al terrible riesgo de perder su lugar para siempre. Como Wakefield, puede convertirse, por así decirlo, en el Paria del Universo.

Nathaniel Hawthorne
Wakefield

Cuadro: Domingo
Edward Hopper, 1926

Previamente en Calle del Orco:
El teatro es el drama de la vida misma, James Joyce

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