Algunos lugares hablan por sí solos, Robert Louis Stevenson

El resplandor-1980-overlook-hotel

En la vida una circunstancia pide otra; hay una lógica en los acontecimientos y en los lugares. La visión de una pérgola agradable suscita en nuestra imaginación el deseo de sentarnos en ella. Un lugar sugiere trabajo, otro ocio, un tercero madrugones y largas caminatas bajo el rocío. EI efecto de la noche, de corrientes de agua, de ciudades iluminadas, del despertar del día, de los barcos, del océano abierto, evoca en nuestra sensibilidad un tropel de deseos y de placeres anónimos. Sentimos que algo debería ocurrir; no sabemos qué, pero proseguimos en su busca. Y muchas de las horas más felices de nuestra vida pasan veloces a nuestro lado en esta espera vana al genio del momento y del lugar. Así, esas regiones de abetos jóvenes y de rocas a flor de tierra que se alcanzan en los sondeos más profundos son las que particularmente me torturan y agradan. En tales lugares debió de ocurrirles algo, quizá hace muchísimo tiempo, a miembros de mi estirpe; y cuando era niño trataba en vano de inventar juegos apropiados para ellos, de la misma manera que todavía trato, igualmente en vano, de introducirlos en la historia que les cuadre. Algunos lugares hablan por sí solos. Algunos húmedos jardines parecen pedir a gritos un crimen; algunas casas viejas quieren estar encantadas; ciertas costas se hacen notar como escenarios de un naufragio. Otros lugares, también, parecen sobrellevar su destino, sugerentes e impenetrables, «miching mallecho». La posada de Burford Bridge, con sus cenadores y sus verdes jardines, y su río silencioso y arremolinado aunque ahora se conoce como el lugar en que Keats escribiera parte de su Endymion, y Nelson se despidiera de su Emma, todavía parece aguardar la llegada de la leyenda más apropiada. En el interior de estos muros cubiertos de hiedra, tras estas viejas contraventanas verdes, arden lentamente otras incidencias que esperan su hora. La antigua posada de Hawes en el Queen’s Ferry hace una llamada parecida a nuestra imaginación. Apartada de la ciudad, se yergue junto al embarcadero en un clima propio, mitad marino, mitad tierra adentro; y delante, el ferry borbotea en la corriente y el patrullero vira sobre su ancla; detrás se encuentra el viejo jardín con árboles. Los americanos ya van en su busca desde que Lovel y Oldbuck cenaran en ella en los comienzos del Anticuario. Pero, no hace falta que me lo digáis, eso no es todo; debe existir alguna historia, aún por recoger o incompleta, que exprese más cabalmente el significado de la posada. Lo mismo ocurre con los nombres y las caras; lo mismo con los incidentes, en sí mismos ociosos e inconclusos, pero que parecen el principio de alguna novela pintoresca que el archinegligente narrador olvidó relatar. ¿Cuántos de estos romances no habremos visto ya definidos desde su nacimiento? ¿Cuántas personas no habremos conocido, una mirada de inteligencia en sus ojos, que al punto se han tornado amistades triviales? ¿Cuántos lugares no nos habrán atraído con expresas insinuaciones de «aquí me aguarda el destino», donde nos hemos limitado a cenar y a pasar de largo? Tanto en Hawes como en Burford he vivido en un estado de revuelo permanente, pisándole los talones, o así lo parecía, a alguna aventura que justificase el lugar; pero aunque ese sentimiento me acompañaba a la cama por las noches y reaparecía por las mañanas en un círculo ininterrumpido de intriga y placer, nada acaeció que merezca la pena señalar. El hombre o la hora no habían llegado; creo que algún día zarpará un barco de Queen’s Ferry con un valioso cargamento, y que en alguna noche gélida, un jinete, con una trágica misión que cumplir, golpeará con su látigo en las verdes contraventanas de Burford.

Robert Louis Stevenson
Charla sobre la novela, 1882

Foto: Hotel Overlook, escenario de El resplandor
Stanley Kubrick, 1980

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