Sobre el comienzo de Noches Blancas, por Amos Oz

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Ahí tenemos, por ejemplo, al gran Dostoievsky y su flojo principio de un relato titulado Noches Blancas: “Era una noche prodigiosa, una noche de esas que quizá sólo vemos cuando somos jóvenes, lector querido. Hacía un cielo hondo y tan claro que, al mirarlo, no tenía uno mas remedio que preguntarse si era verdad que debajo de un cielo semejante pudiesen vivir criaturas malas y tétricas”.
Una pena, vamos. Ni siquiera la aduladora apelación al “lector querido” puede redimirlo de su banalidad sentimental. Y esto, al fin al cabo, es nada menos que Dostoievsky. Sabe Dios cuántos borradores y más borradores hizo, rehizo, destruyó, maldijo, garabateó, arrugó, arrojó a la chimenea, tiró al inodoro, antes de conformarse por fin con esta especie de “bueno vale”.
Ahora bien, puede que no sea así. Después de todo, Noches blancas es un relato escrito en primera persona desde el punto de vista de un personaje sentimental, y lleva el subtítulo Una historia de amor sentimental. (De las Memorias de un soñador). De modo que bien pudiera ser que la penosa frase de inicio sea deliberada y premeditadamente penosa.
De ser así, tenemos que replantear nuestra cuestión. ¿Cuántos borradores tuvo que escribir y reescribir Dostoievsky para llegar finalmente a este raro espécimen de floja frase inicial? ¿Cuánto refinamiento y destilación tuvo que poner en este cielo tachonado de estrellas, en ese “lector querido” y en ese cielo que “quizá sólo vemos cuando somos jóvenes”?

Amos Oz
La historia comienza, Ensayos sobre literatura
Aras, 1996