La única experiencia que no describiré nunca, Virginia Woolf

Una de las cosas que más me impresionó en la adolescencia, cuando leía de todo, continuamente, ávidamente, pero ya con un cierto sesgo especulativo, con una atención que precisamente especulaba acerca de cómo estaban escritas las cosas, acerca de cómo los sentimientos, pensamientos e imágenes permanecían para siempre en la red de la escritura; una de las cosas que más me impresionó fue un breve capítulo de Virginia Woolf publicado en el Almanaco della Medusa de 1934: Sobre las cartas de Lord Chesterfield a su hijo. Yo no sabía nada de Lord Chesterfield, de las cartas que éste había escrito a su hijo Felipe; todavía no me había topado con los libros de la Woolf que ya habían sido publicados en Italia. Leí el ensayo como un relato. Y me pareció bellísimo, como sigue pareciéndomelo cuando lo releo. Más tarde, leí los dos libros de Virginia Woolf publicados en la colección de la Medusa, Orlando y Flush, y precisamente en 1941, mientras los diarios y los documentales cinematográficos ofrecían continuadamente imágenes de Inglaterra bombardeada y a partir de la destrucción de Coventry se acuñaba el horrendo neologismo de coventrizar, leí y releí Al faro, incomparablemente traducido por Giulia Celenza. Reaccionaba a la brutalidad de los acontecimientos, y a la repugnancia que sólo podía expresar en un círculo restringido y de confianza, refugiándome en la trama sutil y frágil de aquel libro. Era como un homenaje a la Inglaterra coventrizada. Sólo acabada la guerra supe que en aquel 1941 Virginia Woolf había abandonado la vida con meticulosa discreción. No había resistido a la guerra que desde el cielo se abatía cotidianamente sobre la isla, al miedo de la invasión alemana, a la preparación de la batalla desesperada y definitiva que se preveía. Nunca el futuro de tantos ha estado confiado a tan pocos, decía Churchill a los pilotos de la RAF. Pero Virginia Woolf no se había sentido con ánimo para asistir a esa lucha desigual, no tenía confianza en la resistencia y victoria de tan pocos. Estaba, más bien, a favor de la no resistencia. Para una sensibilidad como la suya era demasiado: no sólo la guerra, los bombardeos, las casas destruidas, el inminente desembarco de los alemanes; sino también la voluntad de resistir, el patriotismo, los prófugos, el propio Churchill. Los alemanes la aterrorizaban; pero hay que creer que también le inspiraba un cierto miedo Churchill, con su dureza, su tenacidad, su firme voluntad de resistir y vencer. El 26 de enero, en una de las escasas notas del diario de 1941, escribía: “Hay una pausa, un alivio en la guerra. Seis noches sin incursiones. Pero Garvin dice que la batalla más grande está por llegar, digamos dentro de tres semanas, y cada hombre, mujer, perro, gato, incluso parásito, debe empuñar las armas, la fe y demás cosas. Esta es la hora fría: antes de que surjan las luces. Algunas campanillas blancas en el jardín. Sí, pensaba: vivimos sin futuro. Y esto es lo extraño: con las narices aplastadas contra una puerta cerrada.” La retórica de empuñar las armas y la fe la anonadaba tanco como el miedo a la invasión alemana. En igual medida, la debilidad y la fuerza de Inglaterra, la debilidad de las armas y la fuerza de la voluntad, la alejaban y distanciaban de todo.

La mañana del 28 de marzo de 1941, una de aquellas mañanas tersas y frías del campo inglés que ella había descrito tantas veces hasta en sus más imperceptibles matices y vibraciones, Virginia Woolf, después de haber escrito tres cartas, salió de casa silenciosamente. Cruzó los prados, llegó al río. Abandonó el bastón de paseo sobre la orilla, se metió en el bolsillo un gran piedra y bajó a las aguas para enfrentarse a lo que ella llamaba “la única experiencia que no describiré nunca”.

Leonardo Sciascia
Negro sobre negro

***

El lector de las Charlas de sobremesa en algún momento habrá de reflexionar que, si bien por comparación con Coleridge ha de considerarse sordo y ciego, además de mudo, estas limitaciones, estando el mundo como está en la actualidad, le han protegido de manera que la mayor parte de su trabajo se haya realizado en refugio seguro, pues ¿cómo podría producir nada un hombre dotado de los dones de Coleridge? Sus exigencias son mucho mayores que las que se pueden satisfacer con los recursos espirituales de su tiempo. Perpetuamente se ve detenido y devuelto al origen; la vida es demasiado corta; las ideas demasiadas, la oposición es demasiado grande. Si Coleridge oía música, deseaba pasar horas y horas escuchando a Mozart y a Purcell; si le gustaba un cuadro, entraba en trance mientras lo contemplaba; si presenciaba una puesta de sol, casi quedaba sin conocimiento debido al embeleso que le producía. Nuestra sociedad no hace provisión por estas apariciones. El único curso de acción que puede tomar alguien así es el que adoptó a la larga Coleridge: hundirse en el domicilio de un hospitalario Gillman y pasar allí el resto de su vida sentado, conversando. Dicho de manera mucho mejor, “¡mi querido amigo! ¡No se avergüence nunca de urdir planes! No puede usted pensar que haya de vivir menos de 4000 años, y con eso debiera bastar para el cumplimiento de sus planes actuales. Es seguro que, si siguen en la misma proporción de cumplimiento, surgirán pequeñas dificultades, pero no se arredre. ¡Mire siempre el lado bueno de las cosas, muera mientras sueña!”.

Virginia Woolf
Colerigde, el crítico
Horas en la biblioteca

Foto: Virginia Woolf