El novelista es un crítico fracasado, Juan Benet

Juan Benet

Pero por otra parte tampoco puedo decir del Quijote muchas cosas que no sepan o sospechen ustedes, y no lo digo en razón a esa modestia de trámite con que se acostumbra a proteger estas alocuciones, sino porque aunque lo leo con frecuencia, es un libro que voluntariamente no estudio y del que, aunque parezca paradójico, no quiero tener ideas demasiado claras, tal vez por temor a deshacer el hechizo que permanentemente ejerce sobre mí. Así pues, prefiero mantenerlo en esta nebulosa formada por partículas de fascinación, inquietud y sorpresa, pues situado en este limbo es donde me resulta más útil y donde me produce mayores y mejores satisfacciones, mucho más sustanciales que los posibles hallazgos de orden crítico derivados de un análisis detenido de cualquiera de sus categorías. Por supuesto, es una suerte poderlo olvidar y que aflore de nuevo la curiosidad; cuando la memoria duerme, el interés despierta, y, respecto a todos mis libros predilectos, a mí me alienta creer que nunca los llegaré a conocer bien, que siempre encontraré en ellos precisamente aquellas cosas nuevas que más falta me hacen y que por mucho que lo frecuente en cada ocasión tropezaré con una frase en la que no había reparado antes, envuelta para mí en su virginal originalidad. A este respecto me permitiré hacerles una pequeña confesión, muy teñida de parcialidad: a menudo la obra literaria propia se produce como un imperfecto -pero logrado- intento de desvanecer el misterio que la literatura opone al conocimiento. Se ha dicho con frecuencia que un crítico es un creador fracasado; un hombre que teniendo talento para escribir pero careciendo del necesario para crear personajes, situaciones, temas y problemas originales, ha de verter su inspiración y estrujar sus facultades sobre lo que han hecho otros. Yo, desde una perspectiva genética, opino en buena medida lo contrario: el novelista es un crítico fracasado, un hombre que por querer llevar hasta un límite imposible el conocimiento del arte que le apasiona -o de uno sólo de sus productos de su predilección- no encuentra otra salida que la creación, a la vista del rechazo que la obra de arte opone al conocimiento analítico. La creación opera al revés y desde arriba, sin tener que recurrir al análisis más que para la resolución de pequeños problemas técnicos, y al hacerlo así no sólo colma aquella aspiración original, sino que incorpora su obra a las huestes de todo lo engendrado no sintéticamente resistirá cualquier investigación analítica. Mediante esa maniobra de diversión, la creación se burla y venga de un intelecto arquetípico sisífeo, que no ceja nunca en su intento de conocer y no deja nunca de frustrarlo. Así entendida la obra de creación, ¿qué sentido puede tener que su creador exponga sus “conocimientos” acerca de ella? Ninguno y, en primer lugar, porque no debe tenerlos. Pero aunque los tenga, al hacerlo así se traslada al campo de la crítica, con todas sus consecuencias, que son muchas pero que en esencia se reducen a una: la sustitución de la obra como portavoz de sí misma por las opiniones -todo lo autorizadas que se quieran- de su autor. El cambio no es de poca monta y supone, en muchos casos, toda una revisión de las cláusulas del compromiso del creador con su obra a la que en su día confió esas opiniones, trasmutadas por el estilo y seleccionadas de una manera que puede ser falseada por su intervención en cuanto crítico y presunto conocedor. Lo que podríamos llamar el lector ingenuo -el lector que se conforma con la lectura primera (o a un primer nivel como ahora se dice ad nauseam), que no pide otras satisfacciones que las de la lectura, que no investiga por su cuenta y acepta los puntos oscuros, inexactitudes y arbitrariedades de la obra tal como son, que no busca el sentido oculto ni está leyendo el relato paralelo que la traslación simbólica le permite suponer- es el que más fielmente reproduce el acto creador y el que, pasando por alto las satisfacciones que le puede proporcionar el acercamiento crítico, gozará de manera más cabal de su recreación. Recrear la obra es aceptarla como es, recorrerla como es, sin quitar ni añadir nada, y volver a quedar a punto, satisfecho e inquieto, para repetir la operación en cualquier momento.

Juan Benet
Onda y corpúsculo en el Quijote, 1979 

Foto: Juan Benet

1 comentario
  1. He leído hasta “La creación opera al revés y desde arriba, sin tener que recurrir al análisis más que para la resolución de pequeños problemas técnicos”. Qué disparate.

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