Escribir es preservar la ausencia contra toda usurpación, Maurice Blanchot

maurice blanchot

¿Qué más añadir? Existe tal vez un poder cultural, pero es un poder ambiguo y que se arriesga siempre, al perder dicha ambigüedad, a ponerse al servicio de otro poder que lo someta. Escribir es, en último extremo, lo que no se puede; en consecuencia, lo que está siempre a la busca de un no-poder, rechazando el dominio, el orden y, en primer lugar, el orden establecido, prefiriendo el silencio a una palabra de verdad absoluta, protestando así, y haciéndolo sin parar.
Si fuese preciso citar textos que evoquen lo que habría podido ser una literatura de compromiso, los encontraría en épocas antiguas, en las que la literatura no existía. El primero y más cercano a nosotros es el relato bíblico del Éxodo. Aquí se encuentra todo: la liberación de la esclavitud, la travesía del desierto, la espera de la escritura, es decir, de la escritura legisladora a la que siempre se desobedece, de tal suerte que sólo son recibidas las tablas quebradas, que no podrían constituir una respuesta completa, salvo en su propia resquebrajadura, en su propia fragmentación; en fin, la necesidad de morir sin concluir la obra, sin alcanzar la Tierra prometida, que en cuanto tal es inaccesible, sin embargo siempre esperada y, por eso mismo, ya entregada. Si, en la ceremonia de la pascua judía, es tradición reservar una copa de vino para el que precederá y anunciará el advenimiento mesiánico de un mundo justo, se comprenderá que la vocación del escritor (comprometido) no es la de creerse ni profeta ni Mesías, sino la de guardar el sitio de aquel que vendrá, la de preservar la ausencia contra toda usurpación, y también la de mantener el recuerdo inmemorial que no nos permite olvidar que hemos sido esclavos, que, incluso liberados, seguimos y seguiremos siendo esclavos durante todo el tiempo en que otros lo sean, que no hay pues (por decirlo demasiado simplemente) libertad más que para el otro y por el otro: tarea ciertamente infinita que amenaza con condenar al escritor a un papel didáctico y de enseñanza y, por eso mismo, con excluirlo de la exigencia que lleva consigo y que lo constriñe a no tener lugar, nombre, papel ni identidad, es decir, a no ser nunca todavía escritor.

Maurice Blanchot
Rechazar el orden establecido

Le Nouvel Observateur, mayo de 1981

Imagen: Maurice Blanchot

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