La literatura como intento de restitución, W.G. Sebald

deportación judíos stuttgart

¿Y qué distancia hay desde el punto en que hoy nos encontramos hasta el final del siglo XVIII, cuando la esperanza de un mejoramiento de la raza humana, en su capacidad para aprender, estaba aún escrita con hermosa caligrafía en nuestro cielo filosófico? Enclavada entre laderas cubiertas de maleza y viñedos, Stuttgart era entonces una pequeña ciudad de unas veinte mil almas, algunas de las cuales, como leí alguna vez en algún lado, vivían en los pisos superiores de las torres de la iglesia colegial o colegiata. Uno de los hijos del país, Friedrich Hölderlin, llama orgullosamente a esa pequeña Stuttgart, apenas despierta aún, donde se lleva a las vacas a la plaza del mercado, para que beban en las fuentes de mármol negro, la princesa de su país y le pide, como si barruntara ya el oscuro giro de la historia y de su propia vida que era inminente: acoge amablemente al forastero que soy. Poco a poco se desarrolla entonces una época caracterizada por la violencia y con ella se enreda la desgracia personal. Los gigantescos pasos de la Revolución, escribe Hölderlin, ofrecen un espectáculo monstruoso. Las tropas francesas invaden Alemania. El ejército de Sambre-Maas avanza hacia Frankfurt. Tras fuertes bombardeos, reina allí la mayor confusión. Hölderlin ha huido a Kassel con la familia Gontard, pasando por Fulda. A su regreso, cada vez se debate más entre los deseos de su fantasía y la imposibilidad real de su amor, que se enfrenta con la distinción de clases. Es cierto que se pasa el día con Susette en el cenador del jardín o la pérgola,  pero siente de una forma tanto más opresiva lo humillante de la situación. Y por ello tiene que irse de nuevo. ¿Cuántos viajes a pie ha hecho ya en sus apenas treinta años de vida, a las montañas del Ródano, al Harz, al Knochenberg, a Halle y Leipzig, y ahora, después del fiasco de Frankfurt, otra vez a Nütingen y Stuttgart?
Poco después se marcha de nuevo a Hauptwil, en Suiza, con amigos, a través del invernal Schönbuch, y luego, solo, sube el áspero monte y baja por el otro lado, yendo por el solitario paso elevado hasta Sigmaringen. Hay doce horas desde allí hasta el lago. Un viaje tranquilo sobre el agua. Al año siguiente, tras una breve estancia con los suyos, otra vez en camino, pasando por Colmar, Isenheim, Belfort, Besançon y Lyon, hacia el oeste y el suroeste; a mediados de enero por las tierras bajas del alto Loira, atravesando las temidas alturas de la Auvernia, espesamente nevadas, a través de tormentas y selvas, hasta que finalemente llega a Burdeos. Allí se sentirá feliz, le dice a su llegada el cónsul Meyer, pero seis meses más tarde, agotado, trastornado, con ojos centelleantes y vestido como un mendigo, está de vuelta a Stuttgart. Acoge amablemente al forastero que soy. ¿Qué fue lo que le ocurrió? ¿Echaba en falta a su amor, no pudo sobreponerse a su desprecio social o, en definitiva, vio demasiado lejos su infelicidad? ¿Supo que la patria se apartaría de su visión pacífica y hermosa, que pronto los que eran como él serían vigilados y encerrados, y que no tenía otro lugar al que volver, salvo la torre? À quoi bon la littérature?
Sólo quizá para que recordemos y aprendamos que hay extrañas conexiones que ninguna lógica causal puede explicar, por ejemplo entre Stuttgart, antigua residencia principesca y luego la ciudad industrial, y la ciudad francesa de Tulle, que se extiende por siete colinas –elle a des prétentions, cette ville, me escribió hace algún tiempo una señora que vive allí-, así pues entre Stuttgart y Tulle, en la Corrèze, por la que pasó Hölderlin de camino a Burdeos y donde el junio de 1944, exactamente tres semanas después de ver yo la luz, como se dice, en la casa Seefeld de Wertach y, casi día a día, ciento un años después de la muerte de Hölderlin, toda la población masculina de la ciudad fue llevada a los terrenos de una fábrica de armas por la división Das Reich de las SS, en una acto de represalia. En el transcurso de aquel negro día, que hasta hoy ensombrece la conciencia de la ciudad de Tulle, noventa y nueve de ellos, hombres de todas las edades, fueron ahorcados de las farolas de las calles y de las barandillas de los balcones del barrio Souilhac. El resto fue deportado a campos de trabajos forzados y de exterminio, a Natzweiler, Flossenbürg y Mauthausen, donde muchos fueron maltratados hasta morir en las canteras.
¿Para qué sirve la literatura? ¿Me ocurrirá también, se pregunta Hölderlin, como a los miles que, en los años de su primavera vivieron presintiendo y amando, pero en un día de embriaguez fueron arrebatados por las vengadoras parcas, llevados abajo secretamente, sin sonidos ni cantos, al reino demasiado austero, y allí penan en la oscuridad, donde apariencias engañosas se agitan en tumulto, donde ellos cuentan el lento paso del tiempo en medio del hielo y la sequía, y el hombre alaba la inmortalidad sólo en suspiros? La vista sinóptica que atraviesa en esas líneas la frontera de la muerte está sin embargo ensombrecida e iluminada a la vez por el recuerdo de aquellos a los que se hizo mayor injusticia. Hay muchas formas de escribir; pero sólo en literatura, por encima del registro de los hechos y de la ciencia, puede intentarse la restitución. Una casa puesta al servicio de esa tarea resulta apropiada en Stuttgart, y a ella y a la ciudad que la alberga les deseo un feliz futuro.

W.G. Sebald
Un intento de restitución
18 de noviembre de 2001

Foto: Deportación de judíos de Stuttgart a Riga,
Campo de detención en Killesberg Hill, Stuttgart
noviembre de 1941
Fuente: Bildarchiv Preußischer Kulturbesitz

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