Combate de esgrima, Bernard Shaw contra H.G. Wells

En una ocasión tuve el placer especial y realmente inolvidable de ver a los dos cerebros más agudos, Bernard Shaw y H. G.Wells, en una discusión, muy cargada por debajo, pero caballerosa y brillante por fuera. Fue durante un lunch con pocas personas en casa de Shaw y yo me hallaba en la situación -en parte atractiva y en parte desagradable- de no estar al tanto de lo que provocaba la tensión subterránea que se percibía como una corriente eléctrica entre los dos patriarcas, ya desde el momento en que se saludaron con una familiaridad ligeramente impregnada de ironía. Debía existir entre ellos una divergencia de opinión en cuestiones de principios que se había dirimido poco antes o se había de dirimir durante aquel almuerzo. Estas dos grandes figuras, cada una de ellas una gloria de Inglaterra, habían luchado codo a codo, hacía medio siglo y en el círculo de la Sociedad Fabiana, a favor del socialismo, por aquella época un movimiento también joven todavía. Desde entonces esas dos personalidades tan definidas habían evolucionado por caminos cada vez más divergentes: Wells, perseverando en su idealismo activo y trabajando incansablemente en su visión del futuro de la humanidad; Shaw, en cambio, observando tanto el futuro como el presente cada vez con más ironía y escepticismo, para así poner a prueba su juego mental, hecho de reflexión y divertimiento. También físicamente se habían convertido con los años en dos figuras completamente opuestas. Shaw, el increíblemente vigoroso octogenario que en las comidas sólo mordisqueaba nueces y fruta, alto, delgado, siempre tenso, siempre con una estrepitosa carcajada en sus labios fácilmente comunicativos y más enamorado que nunca de los fuegos artificiales de sus paradojas; Wells, el septuagenario con más gusto por la vida y con una vida más holgada que nunca, bajo de estatura, mofletudo e implacablemente serio tras su ocasional hilaridad. Shaw, brillante en su agresividad, rápido y ligero a la hora de cambiar los puntos de ataque; Wells, con una defensa tácticamente fuerte, imperturbable como siempre en su fe y sus convicciones. En seguida tuve la impresión de que Wells no había acudido a una simple sobremesa para conversar con amigos, sino a una especie de exposición de principios. Y precisamente porque yo no estaba informado de los motivos ocultos de aquel conflicto de ideas, percibí con más intensidad la atmósfera que se respiraba. En cada gesto, cada mirada y cada palabra de ambos llameaban unas ganas de pelear a menudo traviesas, pero en el fondo también serias; era como si dos esgrimidores, antes de atacarse de veras, ensayaran su agilidad con pequeñas estocadas exploratorias. Shaw poseía un intelecto más rápido. Bajo sus espesas cejas sus ojos centelleaban cada vez que daba una respuesta o atajaba otra; su gusto por las agudezas, sus juegos de palabras,que había perfeccionado durante sesenta años hasta convertirlos en un virtuosismo sin igual, los superó hasta llegar a una especie de petulancia. A ratos, la blanca y espesa barba le temblaba de espontáneas risas llenas de furia contenida, y la cabeza, un poco ladeada, parecía seguir con la mirada la trayectoria de las saetas que disparaba para ver si daban en el blanco. Wells, con sus mofletes colorados y sus ojos tranquilos y tapados, era más mordaz y directo; también su inteligencia trabajaba con una rapidez extraordinaria, pero sin tantos malabarismos, ya que él prefería las estocadas directas, lanzadas con desenvoltura y naturalidad. Era un relampagueo tan intenso y rápido -parada y estocada, estocada y parada, siempre con apariencia de jocosidad- que el espectador no se cansaba de admirar el juego de floretes, el centelleo y las fintas. Pero tras aquel diálogo rápido, mantenido constantemente en un nivel de lo más alto, aparecía una especie de enfurecimiento intelectual que se disciplinaba con nobleza, a la manera inglesa, adoptando las formas dialécticas más corteses. Había -y eso hacía tanto más interesante la discusión- formalidad en el juego y juego en la formalidad, era una brava confrontación entre dos caracteres diametralmente opuestos, que sólo en apariencia se inflamaba por razones objetivas, pero que en realidad se basaba en causas y motivos ocultos que yo desconocía. Sea como fuere, vi a los dos mejores hombres de Inglaterra en uno de sus mejores momentos, y la continuación de esa polémica, publicada en las semanas siguientes en la Nation, no me proporcionó ni la centésima parte del placer que experimenté durante aquel fogoso diálogo, porque tras los argumentos, convertidos ya en abstractos, ya no se revelaba lo bastante el hombre vivo ni la esencia propiamente dicha del debate. Pocas veces he disfrutado tanto con la fosforescencia producida por la fricción de dos espíritus ni he visto el arte del diálogo ejercido con tanto virtuosismo en una comedia teatral, ni antes ni después, como en aquella ocasión en la que alcanzó la perfección en sus formas más nobles, sin proponérselo y sin teatralidad.

El mundo de ayer, memorias de un europeo
Stefan Zweig

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