La teoría de la bolsa de la ficción, Ursula K. Le Guin

Ursula K. Le Guin

Es difícil contar una historia realmente apasionante sobre cómo saqué una semilla de avena silvestre de su cáscara, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego otra, y luego me rasqué las picaduras de mosquito, y Ool dijo algo gracioso, y fuimos al arroyo, y bebimos agua, y observamos los tritones por un tiempo, y después encontré otro grano de avena… No, no se puede comparar, ese relato no puede competir con la forma en que clavé mi lanza en aquel titánico tórax peludo mientras Oob, empalado por un enorme y arrollador colmillo, se retorcía gritando, y la sangre brotaba por todas partes en torrentes carmesí, y Boob se hizo papilla al ser aplastado por el mamut que caía sobre él mientras yo disparaba mi infalible flecha, directamente, a través del ojo al cerebro.

Ese relato no sólo tiene Acción, sino que tiene un Héroe. Los héroes son poderosos. Antes de que te des cuenta, los hombres y las mujeres en el campo de avena salvaje y sus hijos e hijas y las habilidades de quienes construyen y los pensamientos de quienes piensan y las canciones de quienes cantan forman parte de aquel relato, fueron puestos al servicio del cuento del Héroe. Pero este no es su relato. Es el de él […].

Adelante, digo yo, vagando hacia la avena salvaje, con Oo Oo en el aguayo y el pequeño Oom cargando la cesta. Ustedes, sigan contando cómo el mamut cayó sobre Boob, y cómo Caín cayó sobre Abel, y cómo la bomba cayó sobre Nagasaki, y cómo la gelatina ardiente cayó sobre los aldeanos, y cómo los misiles cayeron sobre el Imperio del Mal y todos los demás pasos en la Ascensión del Hombre.

Si es algo humano poner algo que querés, porque es útil, comestible o hermoso, en una bolsa o una cesta, o en un cacho de corteza o envuelto en una hoja, o en una red tejida con tu propio pelo, o con lo que tengas a mano, y luego llevártelo a casa, siendo el hogar otro tipo de bolsa o saco más grande —un contenedor para personas—, y luego, más tarde, sacarlo y comerlo o compartirlo o almacenarlo para el invierno en un contenedor más sólido o ponerlo en un atado o en el altar o en el museo, en el lugar sagrado, en el espacio que contiene lo inviolable, y luego, al día siguiente, probablemente volver a hacer más de lo mismo; si hacer eso es humano, si eso es lo que se necesita, entonces soy un ser humano. Totalmente, libremente, alegremente por primera vez.

No, digámoslo de una vez por todas, un ser humano poco agresivo o poco combativo. Soy una mujer envejecida y enojada, imponiéndome con mi bolso, luchando contra los bandidos. Sin embargo, ni yo misma, ni nadie me considera heroica por hacer eso. Es sólo una de esas malditas cosas que tenés que hacer para poder seguir recogiendo avena salvaje y contando historias […].

Así que, cuando comencé a escribir novelas de ciencia ficción, lo hice cargando conmigo este enorme y pesado saco de cosas; mi bolsa llena de personas lloronas y torpes, y pequeños granos de cosas más pequeñas que una semilla de mostaza, y redes intrincadamente tejidas que cuando se desatan laboriosamente se ve que contienen un guijarro azul, un cronómetro que funcionando imperturbable cuenta el tiempo de otro mundo, y el cráneo de un ratón. Mi bolsa llena de comienzos sin fin, de iniciaciones, de pérdidas, de transformaciones y traducciones, muchos más trucos que conflictos, muchos menos triunfos que trampas y delirios; llena de naves espaciales que se atascan, misiones que fracasan y personas que no entienden. Dije que era difícil hacer un relato apasionante de cómo sacamos la avena salvaje de sus cáscaras, no dije que fuera imposible. ¿Quién dijo que escribir una novela era fácil?

Ursula K. Le Guin
La teoría de la bolsa de la ficción
Trad. Luciana Chieregati e Ibon Salvador
Ed. Rara Avis

Foto: Ursula K. Le Guin