Mi tesis sobre Joyce me enseñó muchas cosas, pero no sentí amor por Joyce. Es un grandísimo escritor. Es un hombre de un narcisismo absolutamente intolerable. Creo que todos los escritores son narcisistas, pero él lo lleva extremadamente lejos. Mantenía relaciones de explotación con su entorno, algo que se lee en sus textos. Y yo no puedo amar eso.
Y al mismo tiempo, es un hombre vulnerable; de lo contrario lo odiaría, y no lo odio en absoluto. Es un hombre vulnerable, físicamente frágil y físicamente valiente, que casi no veía nada y tenía graves problemas de supervivencia, además de verdaderos problemas familiares, como hijos con mala salud. Pero, aun así, era el rey y el tirano —y eso no se puede decir de Kafka. Kafka no era un tirano, no era un rey: es un hombre.
Además, el mensaje de Joyce es muy limitado, filosóficamente hablando, si puede decirse así. Lo que nos cuenta, el relato de Joyce, su relato humano, es la puesta en escena de algo extremadamente ingenioso: la puesta en funcionamiento de la familia, la repetición eterna de las situaciones familiares, algo que también se encuentra, como él mismo dice, en todas las epopeyas, en la Biblia, etcétera. Pero eso es todo. Es una máquina que vuelve a ponerse en marcha en cada texto, y lo que cambia —las transformaciones que opera Joyce— son transformaciones formales. Eso me aburre.
¿Sabes lo que dice Freud sobre el niño? El niño fascina porque es tan narcisista que lo miras permanentemente; no se ocupa de ti, solo de sí mismo, y eso te fascina. Y Joyce solo se ocupaba de sí mismo. Además, tenía plena conciencia de su propio genio. Y creo que la gente va a preguntarle al narcisista: «¿Pero cómo haces para quererte tanto?». Porque a todo el mundo le gustaría quererse.
Y además era alguien que solo creía en la literatura, lo que tranquiliza a todos los que escriben. Hay quienes, como Joyce, subordinan todo a la literatura —y eso lo entiendo—, y hasta les debemos algo, porque llevan la cosa tan lejos que producen algo bueno para la literatura, pero no para la vida.
Y yo diría, si quieres, que para mí el vaivén entre la literatura y la vida es absolutamente indispensable. Y a menudo soy culpable de no hacerlo como quisiera. Es decir, yo misma estoy tan desbordada, no por la obra literaria, sino por la cantidad de cosas que tengo que hacer, que ya no logro vivir lo suficiente. Y en ese momento es cuando me siento culpable. No me siento culpable respecto de la literatura; me siento culpable respecto de la vida. Cada vez que no he vivido lo suficiente.
Me parece que solo logro avanzar realmente escribiendo, lo cual quizá sea una debilidad de mi parte. Me digo: no consigo llevar más lejos mi percepción de la realidad —de una pasión, de un momento, de un espectáculo, de un ser— si no es sirviéndome de la escritura. Es como si dijera que soy miope, como si mi propio pensamiento fuera miope, y la escritura me sirviera de gafas. Es decir, es con ella como consigo ir más lejos en el pensamiento de la vida.
Y cuando no escribo, me siento más tonta. Y a veces eso me parece aterrador. Entonces tengo una fantasía: si no escribiera, ¿quién sería?
Es el combate eterno entre la escritura y la vida. Porque es verdad que, cuando se escribe, se toma de la reserva de fuerza, de presencia; uno se ausenta y eso, para mí, ha sido a menudo un problema. Siempre me he dicho: una gran parte de mi vida con los demás es sustraída, desviada a la cuenta de algo que es simbólico.
Planteo una cuestión moral a la actividad de escribir. Primero, porque soy una mujer —no porque sea una mujer en el sentido sexual, sino porque soy madre—. Es decir, tengo la pregunta a mi lado, tengo a los hijos a mi lado, que me dicen: «¿Y qué haces?». Y yo creo en esa pregunta. «¿Qué haces por nosotros? Porque nosotros estamos a tu lado.»
Hélène Cixous
Le Bon plaisir d’Hélène Cixous
France Culture, 1987
Foto: Hélène Cixous