El don de Keats, Fleur Jaeggy

Fleur Jaeggy

En sociedad su conversación era brillante, hacía juegos de palabras y sus ataques de risa eran ruidosos y prolongados. Lo encontraban irresistiblemente cómico cuando imitaba los gestos de alguien. Si la conversación no le interesaba, se retiraba hacia un rincón de la ventana, meditaba y miraba fijamente al vacío, los amigos le cedían dicho rincón como si le perteneciera por derecho.
Si un rostro, como dice Herder, no es más que un Spiegelkammer (espejo) del alma, tendríamos que estar un poco amedrentados por la variedad de las expresiones de Keats. Sin embargo, se plantea la duda. Cuando Keats escribe: «He pensado tanto sobre la Poesía», nosotros no vemos en los espejos ningún retrato de Keats; los espejos permanecen vacíos, sin habitar. Vemos la idea sin fisionomía, aunque pueda tenerla de cualquier cosa, pero teológicamente es más bella si está vacía. Keats no logra examinarse a sí mismo. El don de Keats reside en no saber reunirse a sí mismo. La identidad de una persona que está con él en la habitación empieza a presionar sobre él y es anulado en un instante. Cuando Keats habla, no está seguro de ser él quien habla. Cuando soñó que flotaba en un torbellino del Infierno de Dante, canto V, fue una de las más grandes alegrías de su vida.

Fleur Jaeggy
Vidas conjeturales
Traducción: María Ángeles Cabré
Editorial: Alpha Decay

Foto: Fleur Jaeggy
Créditos: New Directions and Adelphi