El fracaso está en el corazón de la esperanza, Scott Fitzgerald

Scott-Fitzgerald

Quizás tendrían que haberle grabado una inscripción, un epitafio como a todas las estatuas: Hay que admitir que si bien aquello no era vivir, era magnífico, para que se convierta en un símbolo: a la vez la estatua del gran Scott y la de los años locos.

Porque esta frase de This Side of Paradise define, al mismo tiempo, el cautivante ritmo de los twenties y la obra de su mejor cronista: el meláncolico y romántico Francis Scott Fitzgerald.

Creo de verdad que nadie podía haber escrito con más penetración que yo la historia de la juventud de mi generación.

Él la conocía mejor que nadie, la historia de su generación era su propia vida: amores desdichados y baldes de champagne, la pasión del dinero y el terror al fracaso entre las pataditas del charleston y la corneta melancólica de Bix Beiderbecke.

Todos sus libros parecen el diario de su vida: maliciosas o cándidas páginas de la biografía de un adolescente deslumbrado que descubre el mundo en las fiestas, en los pasillos de Princeton, entreverado con alguna de aquellas perversas y aniñadas muchachas de los años veinte: una Zelda o una Temple Drake indeciblemente hermosa y fatalmente destinada a acarrear miserias sin fin a un gran número de hombres.

Sumergido en el presente, Fitzgerald lo narró como venía: lo más perdurable de su estilo es esa misma inmediatez que enciende su prosa con fervor y nostalgia.

A veces no sé si soy real, si existo o si soy un personaje de alguna de mis obras.

Girando en ese baile loco, su talento se las arregló para rozar alturas espléndidas, para morir con fuegos de artificio.

Como dijo Hemingway, “su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en el ala de una mariposa. Hubo un tiempo en el que él no se entendía a sí mismo, como no se entiende la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado y estropeado. Más tarde, tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas y aprendió a pensar, pero ya no supo volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía más que recordar viejos tiempos en los que volba sin esfuerzo.”

Magullado por volar tan arriba, por revolotear hasta las lámparas y golpearse contra ellas, Scott Fitzgerald nos trajo algo de aquella luz que había tocado. The Great Gatsby, algunos cuentos, Tender is the Night y su extraordinaria The Crack-Up son una prueba de la colosal vitalidad de su ilusión.

Todos son, también, una premonición de su destino. El fracaso (viene a decirnos Fitzgerald) está en el corazón de la esperanza, en lo más ahincado del amor se agazapan la pérdida y el olvido: toda vida es un proceso de demolición.

Él pareció majenar la suya para demostrarlo: en la década del treinta, después del crack de Wall Street, con el fin de la era del jazz, empieza su holocausto.

Los jóvenes de su generación, ocupados en reconstruir la Gran Nación Americana, lo han dejado solo, en la miseria. Desde 1933 trata de sobrevivir en Hollywood, escribe guiones que nadie filmará; se aferra al whisky, a los somníferos, es una sombra; cada tanto se deja arrastrar por fugaces relámpagos de felicidad: ha empezado una novela, The Last Tycoon. Se agarra a ella con desesperación: nunca había confiado en un libro tan empecinadamente.

El final tiene el mejor estilo de sus novelas. Como siempre, la esperanza es la condena más feroz: en 1940 la muerte lo derrumba sin que haya podido terminarla.

Como Gatsby, como Dick Diver, él también ha pagado un precio muy alto por vivir la vida con un solo sueño.

Los seis (brillantes) capítulos de su novela inconclusa son una nueva metáfora del fracaso. Otra prueba de la perversa coherencia del mundo.

Ricardo Piglia
Escritores norteamericanos

Foto: Pasaporte de Scott Fitzgerald

Previamente en Calle del Orco:
Creo que la derrota define al hombre mucho mejor que el éxito, Juan Marsé