No quedaba, en suma, más que una certeza, una sola; al menos, así aparecía para seres como yo. Pero no estaba solo. Solo quedaba una cosa verdaderamente intangible, algo contra lo cual ninguna objeción podía sostenerse: era la impresión que nos producía la naturaleza o las obras de arte; en definitiva, la impresión de naturaleza estética, si se quiere.
La impresión de belleza—empleemos el término tal cual—era para nosotros algo que nada podía derribar: era una certeza absoluta. Si una obra me gusta, si un espectáculo, un paisaje, un ser cualquiera me provoca un efecto de una cierta índole, que no apela a ninguna teoría, que no requiere dialéctica alguna, que se impone por sí mismo, que me colma, que se hace desear por sí mismo y que, además de hacerse desear, abre en mí, despierta en mí un nuevo apetito: el de hacer algo en esa misma dirección…









