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Thomas Wolfe

Señor F. Scott Fitzgerald
c/o Charles Scribners’ Sons
597 Fifth Avenue, Nueva York

Querido Scott:
No sé dónde vives y estoy condenado si creo que alguien vive en un lugar llamado “El jardín de Alá”, que era lo que decía la dirección en tu sobre. Te envío esto a la vieja dirección que ambos conocemos tan bien.
La inesperada locuacidad de tu carta me sorprendió por completo. Me asombró oír noticias de ti pero no sé si puedo decir honestamente que estaba encantado. Tu ramo llegó oliendo dulcemente a rosas pero ocultando astutamente varios ladrillos de gran tamaño. No es que los resienta. Mi costado susceptible se endureció años atrás; como a todo el mundo, por momentos se me ha acusado de “resentir la crítica”, y aunque nunca he sido uno de esos muchachos que se largan a reír deliberada y estruendosamente, y se muestran de acuerdo cuando alguien les dice que todo lo que escriben es patético, creo que, como cualquier ciudadano americano de mi edad, he recibido golpes de los más llanos a los más variados. No siempre he sonreído y murmurado placenteramente: “Qué cierto lo que dice”, pero lo he escuchado todo, y he intentado beneficiarme cada vez que podía y acaso me hayan ayudado un poco. Sin duda no creo que haya sido terco respecto a eso. Tampoco he sido arrogante y despectivo, porque uno de los pecados que me persiguen, lo sepas o no, es la falta de confianza en lo que hago.
De modo que no estoy dolido por ti o por lo que sea que hayas dicho en tu carta. Y si hay algo cierto en lo que dices –alguna verdad para mí- puedes confiar que muy probablemente te lo diga. Sólo que me resulta que no hay sustancia en lo que dices. Hablas de tu “juicio” contra mí, y francamente no creo que tengas juicio. Dices que escribes estas cosas porque me admiras mucho y porque crees que mi talento es incomparable en este país o en cualquier otro, y porque eres mi amigo de siempre. Bueno Scott, no sólo estaría orgulloso o feliz de creer que todas estas cosas son ciertas sino que mi respeto y admiración hacia tu propio talento e inteligencia son tales que de verdad intentaría estar a su altura y merecerlos, y prestarle la atención más seria y respetuosa hacia cualquier cosa que digas de mi obra.
He intentado hacerlo. He leído tu carta varias veces y debo admitir que no parece decir demasiado. No sé adónde apuntas ni comprendo qué esperas o qué esperas que yo haga al respecto. Esto puede ser terco pero no es resentido. Puedo estar equivocado, pero todo lo que puedo deducir es que tú piensas que sería un buen escritor si fuera un escritor completamente distinto al escritor que soy.
Esto puede ser cierto pero no sé qué voy a hacer en esa dirección. Y no creo que tú puedas señalármela y no veo que tendrán que ver Flaubert y Zola, o lo que yo tenga que ver con ellos. Me pregunto si realmente crees que ellos tienen algo que ver con eso o si es que es algo que has escuchado en la universidad o leído en algún libro por ahí. Esta crítica de “o esto o lo otro” me parece a mí un sinsentido. Aparenta tener mucha sabiduría y autoridad, pero está vacía. ¿Por qué deberíamos concluir que si un hombre escribe un libro que no es como Madame Bovary es inevitablemente como Zola? Podré ser necio pero no logro ver esto. Dices que Madame Bovary se vuelve eterna mientras que a Zola lo zarandea el paso del tiempo. Bueno, esto puede ser cierto, pero si es cierto, ¿no es cierto porque Madame Bovary es un gran libro y aquellos que escribió Zola puede que no sean grandes? ¿No sería igual de cierto decir que Don Quijote o Pickwick o Tristam Shandy “se vuelven eternos”, mientras que al señor Galsworthy “lo zarandea el paso del tiempo”? Creo que es correcto decir esto y de tu hipótesis no queda demasiado, ¿no? Porque tu hipótesis se sostiene sobre un solo camino, sobre un método en lugar de otro. ¿Y alguna vez has notado con qué frecuencia resulta que lo que un hombre realmente hace es simplemente racionalizar su propio modo de hacer algo, el modo en que tiene que hacerlo, el camino que le ha brindado su talento y su naturaleza, hacia el único camino correcto e inevitable de hacerlo todo: una forma clásica y eterna entregada por Apolo desde el Olimpo sin el cual y más allá del cual no hay nada? Ahora tienes tu modo de hacer algo y yo tengo el mío, hay muchas maneras, pero honestamente te equivocas si crees que hay un “camino”. Supongo que acordaría contigo en cuanto a lo que dices de “la novela del incidente favorecido” mientras signifique algo. Digo, mientras que signifique algo cada novela, desde luego, es una novela de incidentes favorecidos. No hay novelas que no elijan sus incidentes. No podrías escribir sobre el interior de una cabina telefónica sin seleccionar. Podrías llenar una novela de mil páginas con la descripción de una sola habitación y aun así los detalles estarían elegidos. Y te he mencionado a Don Quijote y Pickwick y Los hermanos Karamazov y Tristam Shandy en oposición a La cuchara de plata y El mono blanco como ejemplos de libros que se han vuelto inmortales y que hierven y se derraman. Recuerda que, aunque en tu opinión Madame Bovary sea un gran libro, Tristam Shandy indudablemente es un gran libro, y que es un gran libro por razones diferentes. Es grande porque hierve y se derrama, por la cualidad no selectiva de sus incidentes. Dices que un escritor grande como Flaubert conscientemente ha dejado fuera material que Bill y Joe incorporarían. Bueno, Scott, no te olvides que un gran escritor no solo es alguien que deja cosas fuera sino también alguien que incorpora cosas, y que Shakespeare, Cervantes y Dostoievsky fueron grandes incorporadores, que de hecho incorporaban más de lo que quitaban y serán recordados por lo que pusieron. Recordados, me animaría a decir, en la medida que Flaubert será recordado por lo que dejó fuera.
En cuanto al resto en tu carta, acerca de cultivar un alter ego, de convertirse en un artista más consciente, mi amenidad o dolor, exuberancia o cinismo, y el modo en que nada es emocional… esto es digno de las grandes mentes que reseñan libros en el presente, los Fadiman y De Voto, pero no tuyos. Porque eres un artista y el artista es el único que tiene inteligencia crítica. Tú mismo has tenido que trabajar y sudar sangre y sabes lo que es intentar escribir una palabra que esté viva y crear algo vivo. De modo que no me hables de esa tontería llamada exuberancia y de ser un artista consciente o de no destacar ciertas cosas emocionalmente, o el resto de lo que dices. Deja que los Fadiman y los De Voto hablen de esas cosas, pero no Scott Fitzgerald. Tienes demasiado sentido común y sabes demasiado. Los pequeños muchachos que no saben podrán figurarse a un hombre como un gran “corpulento” de un metro noventa y ocho con zapatones de granjero que muerde un trozo de tabaco, inclina el recipiente de licor de maíz y deja que la mitad del contenido gorgotee por su garganta, se limpia la boca con el reverso de su pezuña peluda, salta noventa centímetros en el aire y hace chocar sus talones cuatro veces antes de caer otra vez al suelo y gritar: “¡Epa, muchachos, soy un hijo de perra de Buncombe County, desarraigado, bochindero y disparador, fuera de mi camino todos, aquí vengo yo!”, y luego acolcha tres mil palabras, las arroja sobre una página en blanco, le pone cubiertas y dice: “¡Aquí está mi libro!”.
Ahora bien, Scott, los muchachos que escriben reseñas de libros en Nueva York pueden llegar a creer que se hace de esa manera, pero el hombre que escribió Suave es la noche lo sabe mejor. Tú sabes que nunca lo hiciste de ese modo, tú sabes que yo tampoco, tú sabes que nadie que haya escrito una línea que valga la pena leerse lo hizo así. Entonces, joven colega, no me arrojes esa cantinela. Y no creas que estoy resentido. Pero las cantinelas me cansan: las soportaría si viniera de un idiota o de un reseñista peor no de un amigo que conoce la verdad. Quiero ser un artista mejor.  Quiero ser un artista más selectivo. Quiero ser un artista más refrenado. Quiero usar el talento que tenga, controlar las fuerzas que posea, canalizar la energía de modo que la pueda utilizar más limpiamente, con más firmeza y para un mejor propósito. Pero no quiero oír hablar de Flaubert, ni de Bovary, ni de Zola. Y tampoco de la exuberancia. Deja estas cosas para aquellos que comercializan con ellas y dame, te lo ruego, los beneficios de tu enorme inteligencia y tus elevadas facultades creativas, que admiro tan genuina y profundamente. Regreso a la soledad por dos o tres años. Intentaré hacer la mejor obra, la más importante que haya hecho nunca. Lo tendré que hacer solo. Perderé la poca reputación que haya obtenido, oiré y sabré y soportaré en silencio otra vez toda la duda, la crítica y el ponerme en ridículo, los post-mortem que con tantas ansias desean leer aun antes de que estés muerto. Sé lo que significa y tú también lo sabes. Ya ambos lo hemos sufrido alguna vez. Sabemos que es la pura y simple y maldita verdad. En fin, lo soporté una vez y creo que podré soportarlo de nuevo. Pienso que sé un poco más de lo que sabía antes, ciertamente sé que puedo esperar e intentaré que no me logre deprimir. Esa es la razón por la cual esta vez iré en busca de una comprensión inteligente entre algunos de mis amigos. No me avergüenza decir que la necesitaré. Dices en tu carta que eres mi amigo desde siempre. Te aseguro que me hace muy bien oír esto. Ven por mí sin los guantes puestos si crees que lo necesito. Pero no me trates como De Voto. Si lo haces, te desafiaré a que justifiques tus dichos.
Este verano estoy aquí en una cabaña en el campo y lo estoy disfrutando. También trabajo. No sé por cuánto tiempo estarás en Hollywood o si tienes un trabajo allí, pero espero poder verte lo antes posible y que todo ande bien contigo. Pienso como siempre que Suave es la noche tiene en sí el mejor trabajo que hayas hecho nunca. Y confío que lo superarás en el futuro. Como sea, te mando mis mejores deseos como siempre para tu salud, tu trabajo y tu éxito. Cuéntame algunas noticias. La dirección es Oteen, Carolina del Norte, a pocas millas de Asheville. Como sabes, Ham Basso no está lejos, en Pisgah Forest, y pronto vendrá a verme y tal vez hagamos un viaje juntos para visitar a Sherwood Anderson. Y esto es todo por ahora, no muy selectivo, como es habitual. Adiós, Scott, y buena suerte.

Tuyo siempre,

Tom Wolfe
Carta a F. Scott Fitzgerald
27 de julio de 1937

Foto de Thomas Wolfe, 1937, Asheville

Georges Perec

Hay cierto número de obras, y generalmente entre las que más nos gustan, que acaban mal: en ellas algo se termina, se consume. Durante todo el libro ha habido una aventura, un movimiento, una búsqueda, unos encuentros: gentes que no se conocían se han cruzado; han caminado juntas, se han amado, han cambiado. Y luego todo se detiene. Es el fin. No hay continuación. Alguien muere o desaparece. Sentimos un vacío.
Por ejemplo, el final de Los tres mosqueteros, cuando se separan, siempre me ha parecido una perfecta expresión de la tristeza. Y también el principio de Vingt ans après –se vuelven a encontrar como enemigos, han envejecido-, al final de Vingt ans après, se separan de nuevo; Le Vicomte de Bragelonne, finalmente, cuando Porthos muere: durante años (no exagero nada) he sentido la desaparición física de Porthos; le echaba de menos; acordarme de todas sus aventuras, de su fuerza, de su necedad, de su apetito de ogro, de su vanidad, de su ropa, y luego de su decadencia, de su impotencia final: muere aplastado bajo una roca que ya no tiene fuerzas para levantar…
Esto es el sentimiento más simple, en estado bruto. Creo que lo sentiría igual si leyera la muerte de Hercule Poirot.
Pero los hay más matizados. La muerte de André Bolkonski (creo que se llama Bolkonski o Bolbonski) en Guerra y Paz; el final de Casque d’or. Y sobre todo, no ya muertes, sino extinciones, desapariciones, finales tranquilos, nadas: es el tiempo que pasa, el ocio, el hueco, el vacío, la melancolía, la añoranza, el recuerdo, lo irremediable.
Por ejemplo, el final de Under the net de Iris Murdoch, que acabo de buscar, y de no encontrar, por todas partes: tras innumerables aventuras, más bien risueñas, los inseparables se separan; se van cada uno por su lado, “es la vida”… O bien el final de Pierrot mon ami
O bien esta última pregunta (que a menudo me ha aterrorizado) que clausura el capítulo de preguntas y respuestas de Ulises, cuando Stephen y Bloom se separan: ¿Dónde (va Stephen)? Jamás lo sabremos. Y ese jamás, verdaderamente, es algo terrible. No triste exactamente. Pero terrible. Un punto de interrogación para el que no hay respuesta posible. Algo que no se abre sobre cualquier cosa. Algo acabado.
O bien el final de Fermina Márquez.
O bien el final de La educación sentimental: las últimas páginas, y sobre todo “la amargura de las simpatías interrumpidas”: ¿alguna vez se ha expresado mejor el vacío?
O el final de Suave es la noche: el tipo que va de ciudad en ciudad… metrópolis, pequeños centros, aldeas, pueblos y luego se acabó. Se ha perdido su rastro. No está muerto, no; sigue viviendo: sigue pensando, no ha olvidado nada; pero está vacío, ha fallado, ha fracasado, ha naufragado. Así vivirá siete años, la eternidad…
O bien el final de La montaña mágica.
Y estoy seguro de que aún hay innumerables ejemplos.

Georges Perec
Carta a Denise Getzler

Traducción de  Eva María Manso
Foto de Georges Perec

Francis Scott Fitzgerald en uniforme

Querido Bob,

Tu carta me sulfuró a tal punto que te contesto de inmediato. ¿Cuál es toda esa “verdadera gente” que “genera negocios y política” y cuya aprobación debería codiciar tanto? ¿Te refieres a los especuladores que acumulan azúcar en sus depósitos para que la gente tenga que abstenerse, o a los canallas que gracias al soborno y la preparación universitaria se las arreglan para manejar elecciones? Ni siquiera puedo levantar el diario sin ver que alguna de esa “verdadera gente”, a la que no se conforma sólo con “una mente brillante” (te cito), acaba de irse una temporada a Sing Sing. Brindell y Hegerman, dos pilares de la sociedad, salieron esta mañana.
¿Quién demonios respetó alguna vez a Shelley, Whitman, Poe, O’Henry, Verlaine, Swinburne, Villon, Shakespeare, etc. cuando estaban vivos? A Shelley y a Swinburne los echaron del colegio; Verlaine y O’Henry estuvieron presos. El resto fueron borrachos o libertinos, algo que la gente decente no toleraría, según les decían regularmente los comerciantes, los políticos insignificantes y los mesías baratos de la época. Los mercaderes, y mesías, los astutos y los obtusos, son polvo… y los otros siguen viviendo.
Ocasionalmente, un hombre como Shaw -a quien llamaron un inmoral cincuenta veces peor que yo en los 90- vive lo suficiente como para que el mundo crezca y se ponga a su altura. Lo que él creía en 1890 era una herejía en ese entonces; ahora es casi respetable. Creo que me dejé dominar demasiado tiempo por “autoridades” -el director Newman, el de St. Paul, el de Princeton, mi jefe de regimiento, mi jefe en el trabajo- que no sabían más que yo. De hecho, diría que esos cinco eran claramente mis inferiores mentales. ¡Y eso es todo lo que cuenta! Los Rousseau, Marx y Tolstoi -hombres de pensamiento, te hago notar, hombres “imprácticos”, “idealistas”- hicieron más para decidir la comida que comes y las cosas que piensas y haces que todos los millones de Roosevelt y Rockefller que se pavonean 20 años balbuceando frases 100% americano (lo cual significa 99% pueblerino idiota) y mueren con una lisonjita complaciente al Dios ridículo y cruel que instalaron en su corazón.

Francis Scott Fitzgerald
Carta a Robert D.Clark
9 de febrero, 1921

Foto: Francis Scott Fitzgerald en uniforme militar, 1917

sartre beauvoir vian

Los cafés son un rasgo característico de Europa. Van del establecimiento preferido de Pessoa, en Lisboa, a los cafés de Odessa donde todavía se siente la presencia de los gángsters de Isaac Babel. Se extienden desde los cafés de Copenhague, ante los cuales pasaba Kierkegaard durante sus paseos meditabundos, a los mostradores de Palermo. No hay cafés antiguos o característicos en Moscú, que es ya un suburbio asiático. Hay muy pocos en Inglaterra, luego de una moda efímera en el siglo XVIII. No hay ninguno en América del Norte, con excepción de esa sucursal francesa que es Nueva Orleáns. Si uno dibuja el mapa de los cafés obtendrá una de las referencias esenciales de la “noción de Europa”.

El café es un lugar de encuentro y complot, de debate intelectual y chismorreo, el lugar del flâneur y del poeta o del metafísico con sus infaltables cuadernos. Está abierto a todos y sin embargo también es un club, una francmasonería de reconocimiento político o artístico y literario, de presencia programática. Una taza de café, un vaso de vino, un té con ron franquean el paso a un local donde se puede trabajar, soñar, jugar ajedrez o simplemente pasar el día cómodamente. Es el club del espíritu y la “lista de correos” de los que no tienen domicilio. En el Milán de Stendhal, en la Venecia de Casanova, en el París de Baudelaire, el café albergaba a la oposición política, al liberalismo clandestino. En la Viena imperial y de entreguerras tres grandes cafés constituían el ágora, lugar para la elocuencia y la rivalidad de escuelas opositoras de estética y de economía política, de psicoanálisis y de filosofía. Las personas deseosas de encontrar a Freud o a Karl Kraus, a Musil o a Carnap, sabían con precisión en qué café buscarlos, en qué mesa sentarse. La última vez que Danton y Robespierre se entrevistaron fue en el Procope. Cuando en 1914 las luces se extinguen en Europa, Jaurès cae asesinado en un café. Y en un café de Ginebra, Lenin trabaja en su tratado sobre el empiriocri­ticismo mientras juega a ajedrez con Trotsky.

Obsérvense las diferencias ontológicas. Un pub inglés, un bar irlandés poseen un aura y una mitología particulares. ¿Qué sería la literatura irlandesa sin los bares de Dublín? ¿O dónde si no en la Museum Tavern habría encontrado el doctor Watson a Sherlock Holmes? Pero ésos no son cafés. Ahí no hay tableros ni periódicos colgando de su costilla de madera para que los clientes dispongan de ellos. No es sino hasta hace muy poco que tomar café se ha vuelto en Gran Bretaña un hábito público, envuelto aún en un halo italiano. El bar americano cumple un papel considerable en la literatura y el eros de ese país, en el carisma de figuras como Scott Fitzgerald o Humphrey Bogart. La historia del jazz es inseparable de él. Pero el bar americano es un santuario de penumbras, incluso de oscuridad, que palpita al ritmo de una música no pocas veces ensordecedora. Su sociología, su ropaje psicológico están impregnados de sexualidad, de presencias femeninas esperadas, soñadas o reales. Nadie redactaría un tratado de fenomenología en la mesa de un bar americano (cf. Sartre). Para poder permanecer, los clientes deben renovar sus consumos. Hay “desalojadores” para expulsar a los indeseables. Cada uno de estos rasgos define un genio radicalmente distinto del genio del café Central, del Deux-Magots o del Florian. “La mitología existirá mientras haya mendigos”, dijo Walter Benjamin, conocedor apasionado y peregrino de los cafés. Mientras haya cafés, la “noción de Europa” tendrá contenido.

George Steiner
Una idea de Europa, 2005

Foto: Jean-Paul Sarte, Simone de Beauvoir , Michelle y Boris Vian
en el café de Flore, 1949

Harvey Harold Esperando la marea

“Por lo común, nosotros los autores debemos caer en la repetición… esa es la verdad. Vivimos dos o tres grandes y conmovedoras experiencias en nuestras vidas, experiencias tan grandes y conmovedoras que en ese momento no parece que haya nadie más que se haya sentido capturado y machacado y deslumbrado y sorprendido y golpeado y roto y rescatado e iluminado y recompensado y humillado de esa manera antes.

Entonces aprendemos nuestro oficio, más o menos bien, y contamos nuestras dos o tres historias, cada vez bajo un nuevo disfraz, quizás diez veces, quizás cien, hasta que la gente quiera escucharnos.

Si esto no fuera así, uno tendría que confesar que no tiene ningún tipo de individualidad. Y cada vez que lo pienso con toda sinceridad, porque he encontrado un trasfondo y un nuevo giro para una novela, tengo que huir de esas dos o tres historias fundamentales que tengo que contar. Pero sucede más bien como en aquella famosa anécdota de Ed Wynn sobre el pintor de barcos al que un cliente le pidió que pintase a algunos antepasados. Se cerró el trato, aunque con la advertencia final del pintor de que los antepasados terminarían pareciéndose a barcos.

Cuando me enfrento al hecho de que todas mis historias tendrán cierto aire de familia, doy un paso adelante para evitar comienzos en falso. Si un amigo me dice que tiene una historia para mí y se lanza a contarme las peripecias de un asalto de piratas brasileños a una choza de paja que se tambalea al borde de un volcán humeante en los Andes, con su prometida atada y amordazada en el tejado, bien puedo pensar que hay implicadas diferentes emociones humanas; pero una vez que se descartan con éxito los piratas, los volcanes y las prometidas que se atan y se amordazan en los tejados, soy incapaz de sentirlas. No importa que sea algo que sucedió hace veinte años o ayer mismo, tengo que comenzar con una emoción, una que me sea cercana y pueda entender.”

Francis Scott Fitzgerald
Cien comienzos en falso
Saturday Evening Post 205

Cuadro de Harvey Harold
Esperando la marea

ernst-hemingway-scott-fitzgerald

Después de todo, Max, soy un currante. Lo hablaba el otro día con Ernest Hemingway, y le decía que, contrariamente a toda lógica, él era la liebre y yo la tortuga, y es la pura verdad, ya que todo lo que he logrado, lo he hecho luchando, una larga y obstinada batalla, mientras que Ernest posee un toque de talento que le permite realizar, como riéndose, las hazañas más increíbles. No tengo ninguna facilidad. O más bien, la tendría para lo mediocre, si me escuchara… Pero cuando decido ser un escritor serio, trato de superar los obstáculos uno a uno, de modo que me he convertido en una especie de torpe y jadeante Behemoth, y así será para el resto de mi vida.

Carta de Francis Scott Fitzgerald a Maxwell Perkins
4 de marzo 1934

“Con la ayuda de Nicole, Rosemary se compró dos vestidos, dos sombreros y cuatro pares de zapatos con su dinero. Nicole se compró todo lo que llevaba apuntado en una gran lista que tenía dos páginas y además lo que había en los escaparates. Todo lo que le gustaba pero no creía que le fuera a servir a ella, lo compraba para regalárselo a alguna amiga. Compró cuentas de colores, cojines de playa plegables, flores artificiales, miel, una cama para el cuarto de huéspedes, bolsos, chales, periquitos, miniaturas para una casa de muñecas y tres metros de una tela nueva color gamba. Compró doce bañadores, un cocodrilo de goma, un juego de ajedrez portátil de oro y marfil, pañuelos grandes de lino para Abe y dos chaquetas de gamuza de Hermès, una color azul eléctrico y la otra rojo ladrillo. Todas esas cosas no las compró ni mucho menos como una cortesana de lujo compraría ropa interior y joyas, que al fin y al cabo se podrían considerar parte de su equipo profesional y una inversión para el futuro, sino con un criterio totalmente diferente. Nicole era el producto de mucho ingenio y esfuerzo. Para ella los trenes iniciaban su recorrido en Chicago y atravesaban el vientre redondeado del continente hasta California; las fábricas de chicle humeaban y las cadenas de montaje marchaban en las fábricas; unos obreros mezclaban pasta dentífrica en cubas y sacaban líquido para enjuagues de toneles de cobre; unas muchachas envasaban tomates velozmente en el mes de agosto o trabajaban como esclavas en los grandes almacenes la víspera de Navidad; unos indios mestizos se afanaban en plantaciones de café en el Brasil y unos idealistas eran despojados de sus derechos de patente sobre nuevos tractores de su invención. Esas eran algunas de las personas que pagaban un diezmo a Nicole, y todo el sistema, a medida que avanzaba con su peso avasallador, atronador, daba un brillo febril a algunos de los actos más característicos de Nicole, como, por ejemplo, comprar en grandes cantidades, del mismo modo que se reflejaban las llamas en el rostro de un bombero que permanece en su puesto ante un fuego que empieza a propagarse. Nicole ejemplificaba principios muy simples, ya que llevaba en sí misma su propia condena, pero lo hacía con tal precisión que había elegancia en el procedimiento, y Rosemary iba a tratar de imitarlo.”

Francis Scott Fitzgerald, 1934
Suave es la noche

Foto: Scottie & Scott en la playa cerca de Villa St. Louis, 1926

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