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Archivo de la etiqueta: Napoleón

Mario-Levrero

Y al fin y al cabo, creo yo, el destino de toda cosa en el universo, tal vez incluso el universo mismo, sea convertirse en Literatura. Todo hecho que no se pierde de la memoria, se vuelve Historia o Novela, y finalmente la Historia se lee como Novela, cuando ha pasado mucho tiempo y ya los nombres y las situaciones carecen de significación afectiva para nosotros. Todo es, o será, Literatura, o por lo menos todo es, o será, leído. O al menos escrito. Por ejemplo, Napoleón. ¿Qué diferencia hay, para nosotros, ahora, que haya existido en la vida real o que no haya existido? Hoy Napoleón es una entrada en mi diccionario enciclopédico, por la letra N, y otra por la B. También es para mí una novela de Joseph Roth, llamada Los cien días, y que trata de Napoleón; y una letra N con dos ramitas de laurel, impresas en un puente de París (si la memoria no me es infiel) y en una botella de cognac. En la etiqueta, creo. Mi apellido será una entrada en el diccionario o no será nada, que lo mismo da, cuando se haya perdido su memoria en la mente de las personas. Quiero decir: no importa que me falle la memoria, o que me engañe, inventándome cosas o, peor, deformándome cosas. Lo que importa es que lo que yo escribo sea Literatura, es decir, que si alguna vez alguien lo lee, lo encuentre interesante, o entretenido. No es preciso que sea Historia, porque tarde o temprano, la Historia también se leerá como Novela. Pero eso ya lo dije.

Mario Levrero
El alma de Gardel

Ilustración: Mario Levrero
Fuente: Altaïr Magazine

Previamente en Calle del Orco:
El mundo está hecho para desembocar en un hermoso libro

Leonardo Sciascia con Gesualdo Bufalino

Ha entrevistado hace unos años a Gesualdo Bufalino. Y Diderot fue un gran creador de diálogos. ¿Qué opina de la entrevista o del diálogo como formas literarias?

Mi conversación con Bufalino, que se publicó en L’Expresso, fue el homenaje a un oculto escritor de mi edad. Su Perorata del apestado se había publicado en 1981 gracias a la insistencia de Elvira Selenio y a la mía. Teníamos trayectorias paralelas: reclusión siciliana, anclaje francés, lecturas voraces en una biblioteca. Todo facilitaba nuestro intercambio, nuestra futura amistad… Me gustan las entrevistas amplias con las más diversas personas; antes solían ser una mera conversación y sé, por experiencia, que a menudo son demasiado rápidas y repetitivas, pero un buen diálogo sí representa un género literario verdadero. El universo de Borges, por ejemplo, aparece a la perfección en las abundantes, largas entrevistas que concedió en su vida.
La forma dialogada me satisface especialmente: elaboro réplicas en serie, gradaciones irónicas en mis novelas. Diderot hablaba, en la Paradoja, de su propio teatro, sencillo pero con luces. Por gusto del diálogo, escribí dos piezas teatrales. Incluso construí en 1982, para la RAI, una “conversación” entre Napoleón, Chateaubriand y dos ciudadanos del siglo XX -Savinio y un joven actual- que también juzgaban a Bonaparte. Savinio afirma ahí que el emperador cambiaría sus conquistas por una buena obra literaria. El joven especula sobre la posibilidad de que no hubiesen existido Napoleón ni ese Rousseau que está tan presente. El conservador Chateaubriand conocía bien la Revolución Francesa, y apostilla que un mundo sin Napoleón sería también sin Rousseau. Y Bonaparte lo remacha: Revolución, victorias, modelos literarios heroicos, Memorias de ultratumba, todo está trabado.

Leonardo Sciascia
Diálogos. Reales e imaginarios.
Mauricio Jalón y Fernando Colina.

Foto: Leonardo Sciascia con Gesualdo Bufalino

Tumba de Tolstoi

No he visto en Rusia nada más grandioso e impresionante que la tumba de Tolstoi. Ese augusto monumento, venerable centro de peregrinación de las generaciones futuras, queda desplazado y solo, sombreado en el bosque. Un sendero estrecho, que discurre sin aparente plan entre claros y maleza, conduce a este túmulo, que no es otra cosa que un pequeño rectángulo amontonado de tierra, que nadie vigila ni ampara, a la sombra única de unos pocos grandes árboles. Y esos árboles descollantes, mecidos suavemente por el viento del temprano otoño, fueron plantados por el mismo León Tolstoi, según me refiere su nieta. Su hermano Nicolás y él habían oído, cuando niños, de boca de alguna ama o aldeana, la antigua conseja de que allí donde se plantan árboles se constituye un lugar de felicidad. Y por eso, jugando, habían hincado por las buenas en la tierra unos cuantos renuevos en determinados lugares y no habían tardado en olvidar este juego de niños. Sólo al cabo de mucho tiempo se acordó Tolstoi de aquella anécdota infantil y del extraño augurio de felicidad, que se presentó de repente al hombre fatigado de la vida como provisto de un significado nuevo y más bello. E inmediatamente expresó su deseo de ser enterrado bajo aquellos árboles plantados por él mismo.
Se cumplió puntualmente esta voluntad de Tolstoi, y aquel lugar pasó a ser la tumba más bella, impresionante y triunfal del mundo. Un pequeño túmulo rectangular en medio del bosque, recubierto de flores –nulla crux, nulla corona–, sin cruz, ni lápida, ni inscripción, y ni siquiera el nombre: “Tolstoi”. El gran hombre está enterrado en el anonimato; el que sufría como ninguno bajo el peso de su nombre y fama, enterrado como cualquier vagabundo hallado por casualidad. A nadie se impide el acceso a su último lugar de descanso; la débil cerca que lo rodea no está cerrada: nada protege el descanso de León Tolstoi sino el respeto de los hombres, que, en otros casos, se complacen en turbar con su curiosidad las tumbas de los grandes. Pero aquí justamente la irrefutable sencillez proscribe la desatada curiosidad e impone hablar en voz baja. El viento susurra en los árboles que cobijan la tumba del anónimo; el sol juguetea sobre ella; la nieve pone en invierno su tierna nota de blancor sobre la tierra oscura, y se podría transitar por aquí, verano e invierno, sin advertir que ese pequeño rectángulo prominente  acogió en su seno la parte terrena de uno de los hombres más poderosos de nuestro mundo. Mas precisamente ese anonimato conmueve más que todos los mármoles y pompas posibles: de los centenares de personas de hoy, este día excepcional, ha atraído hacia su rincón de descanso, ninguno ha tenido el atrevimiento de tomar como recuerdo ni una sola flor del oscuro túmulo. Nada de este mundo resulta más monumental –eso se experimenta de continuo– que la suprema sencillez. Ni la cripta de Napoleón bajo los mármoles de los Inválidos, ni el sepulcro de Goethe en la tumba principesca de Weimar, ni el sarcófago de Shakespeare en la abadía de Westminster impresionan a su vista una y otra vez las fibras más humanas del hombre como esa conmovedora tumba anónima perdida en el bosque, con su solemne silencio, en la que sólo susurra el viento y que está desprovista de todo aviso y palabra.

Stefan Zweig
Hombre, libros y ciudades

Foto: Tumba de León Tolstoi
Yásnaia Poliana, Rusia

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