Un león en el jardín, Madeleine Chapsal

William Faulkner

Cuando William Faulkner vino a París en una misión del Departamento de Estado, puede que se imaginara lo que se le iba a venir encima. Pero nadie que lo observase con detenimiento en los cócteles, recepciones y conferencias de prensa podía dudar de que se hallaba en un aprieto mayor de lo que había previsto.
Su experiencia más abrumadora fue el cóctel de Gallimard. La sede de la editorial está en la rue de l’Université y sus amplias estancias revestidas de madera dan a una pradera con tres árboles: uno de los famosos jardines secretos de París. Tras esta fachada de elegancia del siglo XVIII, la editorial ejerce un ávido monopolio sobre los mejores autores franceses del momento.
Cuando Faulkner se presentó a las seis en punto de la tarde, no había nadie para recibirle. Los Gallimard —son toda una familia— aún estaban en el piso de arriba. Se encontró rodeado por tres periodistas y un fotógrafo, que, como el huésped de honor, habían sido puntuales. Habían tenido suerte; en unos minutos habría cuatrocientas personas allí. De momento, tenían al héroe para ellos solos.
A primera vista, el hombre no resultaba impresionante. Pero hay algo inflexible y fuerte, como de campesino, en su forma de estar. Habla en voz muy baja y no hace gestos súbitos. Parece la clase de persona que se lleva bien con animales y niños.
La gente de la prensa se le acercaba reverentemente. “Mr. Faulkner”, empezaban. De inmediato daban con un muro, el famoso muro del que todo París llevaba días hablando, pero en el que nadie creía en realidad hasta hallarse frente a él. Está construido con la más exquisita, pero más obstinada de las cortesías, la cortesía especial que en Francia consideramos atributo de ciertos americanos criados en el Sur. Cuando se topa uno con él, se siente empujado suavemente a una inmensa distancia de William Faulkner.
Inténtelo usted mismo. Hágale una pregunta. Se inclina hacia usted, le escucha, responde “Sí” o “No” y da un paso atrás. Es ese paso atrás lo que resulta tan trágico. Después de obligarle a retroceder —cada pregunta, un paso—, hasta los periodistas más tenaces tiran la toalla.
Sin embargo, los tres reporteros lo intentaron uno detrás de otro. Al fin y al cabo, estaban allí para volver con una historia, pero cuando alcanzaron el muro, desistieron.
“¡Pensar que tengo el camión de sonido ahí fuera, y para nada!”, dijo el hombre de la radio, como si estuviera diciendo “Ahí fuera tengo la cruz y los clavos”. Los reporteros lo sintieron mucho por el tipo de la radio. De regreso a la redacción, siempre se les ocurriría algo que escribir.
El fotógrafo tomó una última foto. Faulkner se quedó con una joven. Le pidió un bourbon. Faulkner se comporta de forma diferente con las mujeres, probablemente porque le gustan y no les tiene miedo. Las mujeres no lo agreden con artilugios mecánicos o intelectuales; las mujeres, como Faulkner, están más inclinadas a sentirse como personas desplazadas. Además, tenía su bourbon. A Faulkner le gusta mucho el bourbon.
Empezó la representación. El clan Gallimard al completo se abatió sobre él con una gran sonrisa y media docena de tentáculos. Las mujeres de la alta sociedad acudieron en tropel. La cacería había empezado. Una hora después, Faulkner había retrocedido todo lo que podía. Estaba de pie en el extremo del jardín, bajo el árbol de follaje más espeso, apoyado en la barrera de hierro forjado.
De vez en cuando, en los salones de recepción brillantemente iluminados, alguien dejaba la copa en la mesa, rechazaba un sándwich y se zambullía en la oscuridad del jardín. A los dos minutos estaba de vuelta, consternado: “¡Es espantoso! No puedo mirar, es como ver a alguien a quien están torturando”.
Una señora que había llegado tarde bebió unos sorbos y apartó la copa, proclamando: “Y ahora voy a salir a hacerle unas cuantas preguntas a nuestro querido y gran Faulkner”. Los demás la siguieron con la mirada mientras bajaba el sendero de gravilla del jardín. Medio minuto después estaba de regreso: “Hace frío fuera bajo los árboles”. Su voz no era la misma.
Sí, hacía frío fuera para los acostumbrados a ser acogidos con entusiasmo en cuanto dicen ser de un periódico, y con una sonrisa en cuanto mencionan la obra del autor; para aquellos que medran con la interminable cháchara literaria entre personas pertenecientes al mismo mundo, aunque no haya leído una sola palabra escrita por el genio.
No sirve de nada mirar a Faulkner. Hay que leerle. A quien le haya leído, Faulkner ya le ha dado todo lo que tiene que ofrecer, y es consciente de ello. Entonces puede uno entender que cuando repite una y otra vez “Soy granjero”, o “Escribía ese libro para poder comprarme un buen caballo”, sólo es otra manera de decir que lo primero es lo primero: Faulkner en lo que quiere que esté interesado uno es en sus libros.
Faulkner no parece acostumbrarse a este permanente intento de tomar de él lo que aún le pertenece. Al fin y al cabo, es tan poca cosa. La expresión de su rostro, por ejemplo, o los gestos de sus manos. Nada resulta tan patético como la cansada indiferencia con que permite que la gente lo mire fijamente para poder marcharse diciendo: “¡Qué cabeza! ¡Qué maravillosa cabellera!”.
Por fin terminó la fiesta. “Me gustaría marcharme —le dijo Faulkner a alguien—. Me gustaría despedirme de un Gallimard.”. Le trajeron a uno, un Gallimard gordo: “No —dijo Faulkner, ese no.” Volvieron a perderse entre el gentío y le trajeron a otro Gallimard alto y delgado. “Tampoco es este”, dijo Faulkner. “¿Cuál quiere?”, le preguntaron. “El que parece un poco triste, el calvo”, dijo Faulkner. “Ah, ese ya se ha ido a la cama”, le dijeron. “No tiene importancia», dijo Faulkner, saliendo a las calles de París, cansado, un poco tembloroso, pero libre.

Madeleine Chapsal
«Un león en el jardín», 1955
Entrevistas 1926-1962
Traducción: Antonio Iriarte
Editorial: Reino de Redonda

Foto: William Faulkner