El poema busca abrirse paso a través del tiempo, Paul Celan

Paul Celan

Pensar y agradecer [denken, danken] son en nuestra lengua palabras de uno y el mismo origen. Quien se abandona a su sentido se adentra en el ámbito de significación de “recordar” “acordarse”, “recuerdo”, “recogimiento” [gedenken, eingedenk sein, Andenken, Andacht]. Permítanme manifestarles mi agradecimiento desde aquí.
El paisaje del que vengo —¡por cuántos rodeos! ¿pero hay, verdaderamente, un rodeo?—, el paisaje del que vengo debería ser desconocido para la mayoría de ustedes. Se trata del paisaje donde tuvo su hogar una parte nada insignificante de esos cuentos jasídicos que Martin Buber volvió a contarnos a todos en alemán. Era, si se me permite completar este esbozo topográfico con algo que, desde muy lejos, viene ahora a presentarse ante mis ojos, era un territorio donde vivían hombres y libros. Allí, en esa antigua provincia de la monarquía de los Habsburgo ya caída de la historia, me llegó por primera vez el nombre de Rudolf Schröder: con la lectura de la “Oda a la granada” de Rudolf Borchardt. Y allí adquirió Bremen su fisionomía para mí: en la forma de las publicaciones de la prensa de Bremen.
Pero Bremen, aproximada por los libros y los nombres de quienes escribían y editaban los libros, guardaba esa sonoridad de lo inaccesible.
Lo accesible, suficientemente distante, el lugar al que se podía acceder se llamaba Viena. Ustedes saben perfectamente en qué consistió también, durante años, esa accesibilidad.
Accesible, próxima y no perdida quedaba, en medio de todo lo perdido, una sola cosa: la lengua.
Ella, la lengua, no estaba perdida, no, a pesar de todo. Pero debía atravesar aún su propia falta de respuestas, atravesar un terrible enmudecimiento, atravesar las tinieblas mil veces espesas de un discurso homicida. Atravesó y no encontró palabras para lo que sucedía; pero atravesó y pudo volver al día “enriquecida” por todo ello.
En esa lengua, durante aquellos años y los años siguientes, he tratado de escribir poemas: para hablar, para orientarme, para saber dónde me encontraba y a dónde quería dirigirme, para proyectarme en una realidad.
Todo era, como pueden verlo, acontecimiento, movimiento, marcha: era la tentativa de hallar una dirección. Y cuando interrogo su sentido, me creo obligado a decirme que, en esa pregunta, entra a contar también la pregunta por el sentido de las agujas del reloj.
Porque el poema no es intemporal. Plantea, ciertamente, una exigencia de infinito, busca abrirse paso a través del tiempo —a través, no por encima de él.
El poema, dado que efectivamente es una forma de aparición de la lengua, y por tanto de esencia dialógica, puede ser una botella al mar, abandonada a la creencia —no siempre muy esperanzada, por cierto— de que algún día y en alguna parte, pueda ser recogida en una playa, en la playa del corazón tal vez. Los poemas, en este sentido, también están en camino: se dirigen a algo.
¿Hacia qué? Hacia algo abierto, vacante, hacia un tú invocable tal vez, hacia una realidad invocable.
De tales realidades, pienso, se ocupa el poema.
Y creo asimismo que vías de reflexión como éstas no sólo marcan mis esfuerzos, sino también los de otros líricos de la generación más joven. Son los esfuerzos de quien, sobrepasado por las estrellas, que son obra de los hombres, y expuesto en un sentido antes no previsto y por tanto libre del modo más siniestro, va con todo su ser hacia la lengua, herido de realidad y buscando realidad.

Paul Celan
Discurso de Bremen, 26 de enero de 1958
Traducción: Ricardo Ibarlucía
Diario de poesía, 1996

Foto: Paul Celan