Una ironía del corazón, Thomas Mann

Thomas Mann

Aquí vacilarán ustedes y se preguntarán: ¿cómo, objetividad e ironía, qué tienen que ver la una con la otra? ¿No es la ironía lo contrario de la objetividad? ¿No es una actitud sumamente subjetiva, ingrediente de un libertinaje romántico que se enfrenta a la serenidad y la ecuanimidad clásicas como su opuesto? —Eso es cierto. La ironía puede tener ese significado. Pero yo utilizo aquí el término en un sentido más amplio, más grande del que le concede el subjetivismo romántico. Es un sentido casi prodigioso en su imperturbabilidad: el sentido del arte mismo, una afirmación universal que como tal también es negación universal; una mirada lúcida como el sol y risueña que abarca la totalidad, que es efectivamente la mirada del arte, es decir, la mirada de la máxima libertad, de la calma, y de una imparcialidad jamás empañada por el moralismo. Fue la mirada de Goethe —que era hasta tal punto artista que dijo sobre la ironía esta curiosa e inolvidable frase: “Es el granito de sal que hace comestibles los manjares presentados en la mesa”. No en vano fue durante toda su vida un admirador tan grande de Shakespeare; pues en el cosmos dramático de Shakespeare reina, en efecto, esa ironía universal del arte, que hacía parecer tan condenable su obra al moralista que Tolstoi empeñaba a ser. De ella hablo cuando hablo de la objetividad irónica de la épica. No deben ustedes pensar en frialdad y falta de amor, burla y sarcasmo. La ironía épica es más bien una ironía del corazón, una ironía amorosa; es la grandeza llena de ternura por lo pequeño.

Thomas Mann
El arte de la novela, 1939
Traductor: Genoveva Dieterich
Editorial: Alba Editorial

Foto: Thomas Mann

Previamente en Calle del Orco:
El principio de la interiorización, Arthur Schopenhauer
¡Homo duplex, homo duplex!
La forma más alta de la sinceridad, Enrique Vila-Matas