Los mayores de Nivasio Dolcemare, Alberto Savinio

Alberto Savinio

Nivasio Dolcemare, aparte de esa entidad humana totalmente nueva y exquisitamente original que todos conocemos, es la continuación inefable de algunos hombres que le han precedido en el tiempo. Pero no estará de más añadir que tales predecesores no son los únicos (y consabidos) antepasados carnales, es decir, padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos, sino algunos hombres preclaros que vivieron en distintos momentos del pasado, y unidos entre sí por sutiles y poéticos parentescos, de los que citamos solamente los principales, ante la imposibilidad de dar la lista completa en estas páginas: Heráclito de Éfeso, Platón, Luciano de Samósata, Voltaire, Stendhal, Achim von Arnim, Friedrich Nietzsche.

A los antepasados se les llama también nuestros mayores, y en el caso de Nivasio Dolcemare esta expresión encuentra la plena justificación de su augusto significado. No es necesario decir más para que se comprenda por qué el sentimiento de la familia es en Nivasio Dolcemare mucho mayor y mucho más elevado que en otros, y por qué este hombre tiene un sentimiento de la inmortalidad que podríamos llamar simplemente «materno».

Nivasio Dolcemare experimenta de forma muy clara el sentimiento de acuerdo y de continuidad en su persona de los hombres más arriba indicados, aunque sea éste un sentimiento demasiado sutil para poder formularlo, ni ahora ni nunca, en el lenguaje de la fisiología y de la ciencia de la psique. Hemos hablado de «continuidad», pero habría que hacerlo también de «desarrollo». Los hombres recordados más arriba se encuentran y continúan en Nivasio Dolcemare, pero, eso sí, corregidos y perfeccionados. Heráclito no sufre ya de esa anemia lírica que le llevaba a expulsar a Arquíloco de los certámenes a latigazos. Platón, por su parte, está curado de ese prejuicio de casta que le hizo dar a su república un matiz racista. Luciano no peca ya de exceso de frivolidad. Voltaire ha adquirido un conocimiento más verdadero y hondo de la poesía. Stendhal no detiene ya su vagabundeo en el umbral del terreno filosófico, sino que lleva el stendhalismo al corazón mismo del pensamiento. Achim von Arnim ha comprendido por fin que no es surreal sólo lo que tiene aspecto y fama de serlo. Friedrich Nietzsche ha renunciado a esa ostentación de la violencia que practicaba por las mismas razones que las del adolescente que se deja crecer a ambos lados de la cara dos patillas como si fueran dos mentoneras, y, tras haber comprendido lo falso, lo inmoral, y sobre todo lo estúpido, lo «estúpido, demasiado estúpido» de la voluntad de poder y de la «filosofía del martillo», ha podido dar el necesario desarrollo a la lírica ternura de su alma de precursor del hermafrodita.

Nótese que entre los maiores sui de los que Nivasio Dolcemare siente la continuación en sí mismo faltan algunos bonitos nombres como Homero, Dante, Shakespeare, y se comprende. Homero, Dante y Shakespeare son nombres que están muy bien, pero al margen del tiempo: diremos fuera de la vida. Son hombres-oasis, hombres-isla, separados de la cadena, o, mejor dicho, del tapis roulant de las ideas, la única condición que importa en la vida y para la vida. Si su obra y todo recuerdo de ella desapareciesen de golpe, es cierto que el mundo perdería valor, pero el destino del mundo no cambiaría ni sufriría otro daño: no padecería ese daño que se produciría si faltase uno de esos hombres que son como eslabones en la cadena de las ideas y cuya falta dejaría un vacío insondable en medio del camino de la vida.

No quiere decirse con ello que hombres como Homero, Dante y Shakespeare carezcan de valor. Muy al contrario. Pese a ser grandísimo el valor de estos hombres, es en cierto sentido inútil, y como el valor de estos altísimos poetas es totalmente singular, aislado y acabado, sin que necesite ser desmentido y desarrollado, no hay razón para que Homero, Dante, Shakespeare y sus semejantes se continúen en la vida de otros hombres, y menos aún en la de Nivasio Dolcemare.

Alberto Savinio
Maupassant y “el otro”
Editorial: Acantilado
Traducción: José Ramón Monreal

Foto: Alberto Savinio
Fuente: Archivio Alberto Savinio