Pasarse mucho tiempo en plena felicidad, Robert Louis Stevenson

Robert Louis Stevenson

[…] La casa no debe ofrecer muchas vistas, debe estar ubicada en lo profundo y rodeada de verdor, aunque esté en lo alto de una saliente o, de ser posible, coronando una loma para que funcione bien el drenaje. Pero debe abrir hacia el este pues si no nos perderemos la salida del sol. Al ocurrir el crepúsculo más tarde, podremos subir unos pocos pasos y mirar en otra dirección. Una casa de más de dos pisos es una simple barraca; en realidad el ideal es un piso solo, elevado sobre varios sótanos. Si los cuartos son amplios, la casa deber ser pequeña: un único cuarto ancho, espacioso y luminoso es más palaciego que un castillo repleto de gabinetes y aparadores. Una casa que sea amplia y con corredores largos e intrincados resulta por cierto placentera para la carne. De ser posible, el cuarto de recibo debe ser un lugar con muchos recovecos, que son “pequeños lugares de retiro para mantener conversaciones”, pero debe tener una pared con un diván, pues un día pasado sobre un diván, en medio de un mundo de almohadones, es tan divertido como viajar. El salón comedor al estilo francés debe estar despojado de muebles, salvo un buffet, una mesa, las sillas necesarias, uno o dos grabados de Canaleto y un hogar para el invierno. En ninguno de estos lugares públicos debe haber más que una repisa o dos de libros, pero los pasillos deben estar ocupados con bibliotecas de un extremo al otro, y la escalera, de haber una, revestida de volúmenes en cuero antiguo, encuadernados en tonos brillantes, y que lleve en uno de sus descansos en la mitad del recorrido a un refectorio de grandes ventanas con su respectivo hogar. Esta ventana, casi la única de la casa, debe ser el punto principal de un bello proyecto. Cada uno de los esposos debe poseer un estudio; vacilo en describir el santuario de la mujer y me dedico al del hombre. Las paredes tienen estantes hasta casi el techo para los libros y el punto más alto forma así una especie de mesa que rodea la pared. Arriba de todo hay grabados, un gran mapa de la comarca, un Corot y uno o dos Claude. El cuarto es muy espacioso y las cinco mesas con sus dos sillas no son sino islas. Una de las mesas es para el trabajo concreto, otra muy cercana para las referencias en uso; una, muy amplia, para MSS, o pruebas que esperan su ocasión y la quinta es la mesa de cartografía, que desaparece bajo una colección de mapas en gran escala y cartas de navegación. De todos los libros estos son los menos cansadores de leer y los más ricos en contenido; el curso de caminos y ríos, las líneas de los límites y los bosques en los mapas -los arrecifes, las brazas, anclajes, las marcas de navegación y los pequeños dibujos de pilotos en las cartas- y, en ambos, los nombres ornamentados los convierten en material impreso de lo más adecuado para estimular y satisfacer la imaginación. La silla en la que usted escribirá deberá ser baja y muy cómoda, mientras junto al rincón, si es usted un poco inhumano, su jaula de canarios gorjea su canción.
A través de un pasillo, se llega al gimnasio enorme, soleado, con techos de vidrio y azulejado, en cuyo punto más lejano, cubierto con mármol brilloso, se encuentra la piscina, dotada de una amplia caldera.
Toda la casa -de un extremo al otro- compone una cámara sin divisiones. Aquí se han ubicado mesas sobre las cuales modelar países imaginarios o reales en masilla o yeso, con herramientas y variadas témperas de colores, una banca de carpintero y un rincón destinado a la fotografía, mientras que en el extremo más lejano se reserva un lugar para soldados de juguete. Dos cajas contienen dos ejércitos de alrededor quinientos jinetes e infantes; dos con las municiones para cada bando y en una quinta tizas de los tres colores con las cuales se marcan y se repasan, tras una jornada de juegos, los contornos del país, con rojo o blanco para las dos clases de caminos (según sean adecuados o no para el paso de la artillería) y azul para el curso de los ríos complicados de cruzar. Aquí adivino que puede pasarse mucho tiempo en plena felicidad; contra un buen adversario, un juego puede muy bien extenderse por un mes pues con ejércitos tan considerables tres movimientos puede ocultar una hora. Se puede descubrir un aspecto excelente de esta diversión si uno de los jugadores, todos los días o cada dos, escribe un informe de las operaciones como si fuera un participante del ejército que le ha tocado en suerte.
He dejado el último cuarto pequeño para las tardes de invierno. Debe estar dispuesto con colores cálidos y alegres y los sofás y el piso cubiertos de gruesas pieles. El hogar, donde se quemarán maderas aromáticas, tapizado a su alrededor con estampas bíblicas; los asientos profundos y cómodos, un único Tiziano en marco de oro; un busto blanco o parecido sobre una repisa; una canasta para los diarios de la semana, una mesa para los libros del año, y en un rincón cercano tres estantes repletos de esos libros eternos que nunca nos cansan: Shakespeare, Molière, Montaigne, Lamb, Sterne, las comedias de De Musset (el primer volumen se abre con Carmosine y el otro con Fantasio), Las mil y una noches e historias de ese tipo en solemnes volúmenes de Webster; La biblia en España, de Borrow, Pilgrim’s Progress, Guy Mannering y Rob Roy, Montecristo y El vizconde de Bragelonne, el inmortal Boswell, único entre los biógrafos, Chaucer, Herrick y los State Trials.
Los dormitorios son amplios, aireados, casi sin muebles, con pisos de madera barnizada, y a la cabecera de la cama, para casos de insomnio, una repisa de libros de un tipo particular y digerible, como los de Pepys, las Paston Letters, las Letters from the Highlands de Burton, o el Newgate Calendar

Robert Louis Stevenson
La casa ideal
Editorial: Losada
Traducción: Marcos Mayer

Foto: Robert Louis Stevenson

Previamente en Calle del Orco:
El mapa de “La isla del tesoro”, Robert Louis Stevenson
Un amigo muy querido que la literatura nos ha dado