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Librería de viejo

Cuando trabajé en una librería de viejo –establecimiento que se suele imaginar, cuando no se trabaja en él, como una especie de paraíso en el que unos encantadores caballeros de edad curiosean entre infolios encuadernados en piel-, lo que más me llamó la atención fue la escasez de personas realmente aficionadas a los libros. Nuestra tienda tenía un surtido de interés excepcional, pero yo dudo que el diez por ciento de nuestros clientes supiesen distinguir un libro bueno de uno malo. Eran mucho más numerosos los esnobs de las primeras ediciones que los amantes de la literatura; más numerosos aún eran los estudiantes orientales que regateaban por los libros de texto baratos, y las más numerosas eran mujeres despistadas que querían un regalo para el cumpleaños de un sobrino […].

La verdadera razón por la que no quisiera pasar mi vida vendiendo libros es que, cuando lo hice, perdí el amor que les tenía. Un librero se ve obligado a mentir sobre los libros, y esto le provoca aversión hacia ellos. Y peor aún es el hecho de estar constantemente quitándoles el polvo y acarreándolos de aquí para allá. Hubo un tiempo en que me gustaban los libros; me gustaba verlos, tocarlos, olerlos, sobre todo si tenían más de cincuenta años. Nada me agradaba tanto como comprar un lote de ellos por un chelín en alguna subasta de pueblo. Hay un encanto especial en los viejos e inesperados libros que forman esas colecciones: poetas menores del siglo XVIII, antiguos gaceteros, volúmenes sueltos de novelas olvidadas, ejemplares encuadernados de revistas femeninas de la década de los sesenta. Para la lectura de los ratos perdidos –en la bañera, por ejemplo, o por la noche, cuando uno está demasiado cansado para acostarse, o en el cuarto de hora libre de antes del almuerzo-, no hay nada como un número atrasado del Girl’s Own Paper. Pero tan pronto como entré a trabajar en la librería dejé de comprar libros. Vistos en masa, cinco mil o diez mil a la vez, me resultaban aburridos e incluso levemente repulsivos. Ahora compro alguno, de vez en cuando, pero sólo si es un libro que deseo leer y que no puedo pedir prestado, y nunca compro libros antiguos. El delicioso olor del papel viejo ya no me atrae. Lo tengo asociado con los clientes paranoicos y con las moscardas muertas.

George Orwell
Recuerdos de una librería
Fortnightly, noviembre de 1936

Foto de Topher Hackney

george-orwell-marruecos-1939

Hace ahora 16 años que se publicó mi primer libro, y unos 21 que empecé a publicar artículos en las revistas. Durante todo este tiempo no ha habido literalmente ni un día que no me pareciese que estaba perdiendo el tiempo, que tenía el trabajo atrasado, y que mi producción total era miserablemente pequeña. Incluso en las épocas en que trabajaba 10 horas al día en un libro, o escribía 4 o 5 artículos por semana, nunca he podido escapar a esa sensación neurótica de que estaba perdiendo el tiempo. Nunca obtengo satisfacción alguna del trabajo que tengo entre manos, porque siempre avanza más despacio de lo que yo quería, y además siempre me parece que un libro, o incluso un artículo, no existe hasta que está terminado. Pero, tan pronto como he terminado un libro, empiezo inmediatamente a preocuparme porque no he empezado el siguiente, y me atormenta la idea de que ese siguiente libro no llegará a existir, de que mi creatividad está definitivamente agotada. Cuando echo la mirada atrás y sumo la cantidad de cosas que he escrito, veo que mi producción ha sido considerable, pero esto no me tranquiliza; sólo me da la sensación de que antes poseía una laboriosidad y una fecundidad que ahora he perdido.

George Orwell, 1949
Selección de fragmentos de un cuaderno

Foto: George Orwell escribiendo
Marruecos, 1939

Jackie Robinson

En uno de sus ensayos, George Orwell escribe que, aunque no era muy buen jugador, tuvo una larga y desesperanzada historia de amor con el críquet hasta los dieciséis años de edad. Mis relaciones con el béisbol fueron similares. Entre los nueve y los trece años debí de dedicar cuarenta horas semanales, durante los meses sin nieve, a jugar en el campo del barrio (softball, béisbol y stickball) al mismo tiempo que estudiaba a jornada completa en la escuela elemental de la localidad. Tal como lo recuerdo, las noticias de los acontecimientos públicos más catastróficos de mi infancia, la muerte del presidente Roosevelt y el bombardeo atómico de Hiroshima, llegaron a mis oídos mientras estaba jugando. Mi actuación era uniformemente errática; en general, aceptable para los partidos fáciles, pero siempre carecía de la calma y la pericia que los bien dotados exhibían en la dura competición. Mi gusto y el talento que tuviera se centraban en la parada llamativa, fenomenal, más que en el vuelo de altura; me encantaba correr y saltar, la lucha a vida o muerte, pero de alguna manera perdía confianza durante la interminable espera a que descendiera la pelota que me habían lanzado. Nunca pude ingresar en el equipo de la escuela de enseñanza media, pero recuerdo que, uno de los dos años en que lo intenté en vano, e impulsado por la vanidad, hice una imitación lo bastante buena del estilo de un jugador de béisbol para poder engañar o divertir al entrenador hasta el día en que este eliminó del equipo al último de los soñadores y repartió los uniformes.

Philip Roth
Mis años de béisbol
The New York Times, 1973

Foto: Jackie Robinson llegando a una base

“Y luego Inglaterra, el sur de Inglaterra, probablemente el paisaje más acicalado del mundo. Cuando se pasa por allí, en especial mientras uno va recuperándose del mareo anterior, cómodamente sentado sobre los blandos almohadones del tren de enlace con el barco, resulta difícil creer que ocurre algo en alguna parte. ¿Terremotos en Japón, hambrunas en China, revoluciones en México? No hay por qué preocuparse, la leche estará en el umbral de la puerta mañana temprano y el New Stateman saldrá el viernes. Las ciudades industriales, una mancha de humo y miseria oculta por la curva de la superficie terrestre, quedaban lejos. Allí, en el sur, Inglaterra seguía siendo la que había conocido en mi infancia: zanjas de las vías del ferrocarril cubiertas de flores silvestres, las onduladas praderas donde grandes y relucientes caballos pastan y meditan, los lentos arroyuelos bordeados de sauces, los pechos verdes de los olmos, las espuelas de caballero en los jardines de las casas de campo; luego la serena e inmensa paz de los alrededores londinenses, las barcazas en el río gangoso, las calles familiares, los carteles anunciando partidos de críquet y bodas reales, los hombres con bombín, las palomas de la plaza Trafalgar, los autobuses rojos, los policías azules… todo durmiendo el sueño muy profundo de Inglaterra, del cual muchas veces me temo que no despertaremos hasta que no nos arranque del mismo el estrépito de las bombas.”

George Orwell
Homenaje a Cataluña
Fotos de las manifestaciones en Siria, 2011

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