archivo

Archivo de la etiqueta: Epistolario

Thomas Wolfe

Señor F. Scott Fitzgerald
c/o Charles Scribners’ Sons
597 Fifth Avenue, Nueva York

Querido Scott:
No sé dónde vives y estoy condenado si creo que alguien vive en un lugar llamado “El jardín de Alá”, que era lo que decía la dirección en tu sobre. Te envío esto a la vieja dirección que ambos conocemos tan bien.
La inesperada locuacidad de tu carta me sorprendió por completo. Me asombró oír noticias de ti pero no sé si puedo decir honestamente que estaba encantado. Tu ramo llegó oliendo dulcemente a rosas pero ocultando astutamente varios ladrillos de gran tamaño. No es que los resienta. Mi costado susceptible se endureció años atrás; como a todo el mundo, por momentos se me ha acusado de “resentir la crítica”, y aunque nunca he sido uno de esos muchachos que se largan a reír deliberada y estruendosamente, y se muestran de acuerdo cuando alguien les dice que todo lo que escriben es patético, creo que, como cualquier ciudadano americano de mi edad, he recibido golpes de los más llanos a los más variados. No siempre he sonreído y murmurado placenteramente: “Qué cierto lo que dice”, pero lo he escuchado todo, y he intentado beneficiarme cada vez que podía y acaso me hayan ayudado un poco. Sin duda no creo que haya sido terco respecto a eso. Tampoco he sido arrogante y despectivo, porque uno de los pecados que me persiguen, lo sepas o no, es la falta de confianza en lo que hago.
De modo que no estoy dolido por ti o por lo que sea que hayas dicho en tu carta. Y si hay algo cierto en lo que dices –alguna verdad para mí- puedes confiar que muy probablemente te lo diga. Sólo que me resulta que no hay sustancia en lo que dices. Hablas de tu “juicio” contra mí, y francamente no creo que tengas juicio. Dices que escribes estas cosas porque me admiras mucho y porque crees que mi talento es incomparable en este país o en cualquier otro, y porque eres mi amigo de siempre. Bueno Scott, no sólo estaría orgulloso o feliz de creer que todas estas cosas son ciertas sino que mi respeto y admiración hacia tu propio talento e inteligencia son tales que de verdad intentaría estar a su altura y merecerlos, y prestarle la atención más seria y respetuosa hacia cualquier cosa que digas de mi obra.
He intentado hacerlo. He leído tu carta varias veces y debo admitir que no parece decir demasiado. No sé adónde apuntas ni comprendo qué esperas o qué esperas que yo haga al respecto. Esto puede ser terco pero no es resentido. Puedo estar equivocado, pero todo lo que puedo deducir es que tú piensas que sería un buen escritor si fuera un escritor completamente distinto al escritor que soy.
Esto puede ser cierto pero no sé qué voy a hacer en esa dirección. Y no creo que tú puedas señalármela y no veo que tendrán que ver Flaubert y Zola, o lo que yo tenga que ver con ellos. Me pregunto si realmente crees que ellos tienen algo que ver con eso o si es que es algo que has escuchado en la universidad o leído en algún libro por ahí. Esta crítica de “o esto o lo otro” me parece a mí un sinsentido. Aparenta tener mucha sabiduría y autoridad, pero está vacía. ¿Por qué deberíamos concluir que si un hombre escribe un libro que no es como Madame Bovary es inevitablemente como Zola? Podré ser necio pero no logro ver esto. Dices que Madame Bovary se vuelve eterna mientras que a Zola lo zarandea el paso del tiempo. Bueno, esto puede ser cierto, pero si es cierto, ¿no es cierto porque Madame Bovary es un gran libro y aquellos que escribió Zola puede que no sean grandes? ¿No sería igual de cierto decir que Don Quijote o Pickwick o Tristam Shandy “se vuelven eternos”, mientras que al señor Galsworthy “lo zarandea el paso del tiempo”? Creo que es correcto decir esto y de tu hipótesis no queda demasiado, ¿no? Porque tu hipótesis se sostiene sobre un solo camino, sobre un método en lugar de otro. ¿Y alguna vez has notado con qué frecuencia resulta que lo que un hombre realmente hace es simplemente racionalizar su propio modo de hacer algo, el modo en que tiene que hacerlo, el camino que le ha brindado su talento y su naturaleza, hacia el único camino correcto e inevitable de hacerlo todo: una forma clásica y eterna entregada por Apolo desde el Olimpo sin el cual y más allá del cual no hay nada? Ahora tienes tu modo de hacer algo y yo tengo el mío, hay muchas maneras, pero honestamente te equivocas si crees que hay un “camino”. Supongo que acordaría contigo en cuanto a lo que dices de “la novela del incidente favorecido” mientras signifique algo. Digo, mientras que signifique algo cada novela, desde luego, es una novela de incidentes favorecidos. No hay novelas que no elijan sus incidentes. No podrías escribir sobre el interior de una cabina telefónica sin seleccionar. Podrías llenar una novela de mil páginas con la descripción de una sola habitación y aun así los detalles estarían elegidos. Y te he mencionado a Don Quijote y Pickwick y Los hermanos Karamazov y Tristam Shandy en oposición a La cuchara de plata y El mono blanco como ejemplos de libros que se han vuelto inmortales y que hierven y se derraman. Recuerda que, aunque en tu opinión Madame Bovary sea un gran libro, Tristam Shandy indudablemente es un gran libro, y que es un gran libro por razones diferentes. Es grande porque hierve y se derrama, por la cualidad no selectiva de sus incidentes. Dices que un escritor grande como Flaubert conscientemente ha dejado fuera material que Bill y Joe incorporarían. Bueno, Scott, no te olvides que un gran escritor no solo es alguien que deja cosas fuera sino también alguien que incorpora cosas, y que Shakespeare, Cervantes y Dostoievsky fueron grandes incorporadores, que de hecho incorporaban más de lo que quitaban y serán recordados por lo que pusieron. Recordados, me animaría a decir, en la medida que Flaubert será recordado por lo que dejó fuera.
En cuanto al resto en tu carta, acerca de cultivar un alter ego, de convertirse en un artista más consciente, mi amenidad o dolor, exuberancia o cinismo, y el modo en que nada es emocional… esto es digno de las grandes mentes que reseñan libros en el presente, los Fadiman y De Voto, pero no tuyos. Porque eres un artista y el artista es el único que tiene inteligencia crítica. Tú mismo has tenido que trabajar y sudar sangre y sabes lo que es intentar escribir una palabra que esté viva y crear algo vivo. De modo que no me hables de esa tontería llamada exuberancia y de ser un artista consciente o de no destacar ciertas cosas emocionalmente, o el resto de lo que dices. Deja que los Fadiman y los De Voto hablen de esas cosas, pero no Scott Fitzgerald. Tienes demasiado sentido común y sabes demasiado. Los pequeños muchachos que no saben podrán figurarse a un hombre como un gran “corpulento” de un metro noventa y ocho con zapatones de granjero que muerde un trozo de tabaco, inclina el recipiente de licor de maíz y deja que la mitad del contenido gorgotee por su garganta, se limpia la boca con el reverso de su pezuña peluda, salta noventa centímetros en el aire y hace chocar sus talones cuatro veces antes de caer otra vez al suelo y gritar: “¡Epa, muchachos, soy un hijo de perra de Buncombe County, desarraigado, bochindero y disparador, fuera de mi camino todos, aquí vengo yo!”, y luego acolcha tres mil palabras, las arroja sobre una página en blanco, le pone cubiertas y dice: “¡Aquí está mi libro!”.
Ahora bien, Scott, los muchachos que escriben reseñas de libros en Nueva York pueden llegar a creer que se hace de esa manera, pero el hombre que escribió Suave es la noche lo sabe mejor. Tú sabes que nunca lo hiciste de ese modo, tú sabes que yo tampoco, tú sabes que nadie que haya escrito una línea que valga la pena leerse lo hizo así. Entonces, joven colega, no me arrojes esa cantinela. Y no creas que estoy resentido. Pero las cantinelas me cansan: las soportaría si viniera de un idiota o de un reseñista peor no de un amigo que conoce la verdad. Quiero ser un artista mejor.  Quiero ser un artista más selectivo. Quiero ser un artista más refrenado. Quiero usar el talento que tenga, controlar las fuerzas que posea, canalizar la energía de modo que la pueda utilizar más limpiamente, con más firmeza y para un mejor propósito. Pero no quiero oír hablar de Flaubert, ni de Bovary, ni de Zola. Y tampoco de la exuberancia. Deja estas cosas para aquellos que comercializan con ellas y dame, te lo ruego, los beneficios de tu enorme inteligencia y tus elevadas facultades creativas, que admiro tan genuina y profundamente. Regreso a la soledad por dos o tres años. Intentaré hacer la mejor obra, la más importante que haya hecho nunca. Lo tendré que hacer solo. Perderé la poca reputación que haya obtenido, oiré y sabré y soportaré en silencio otra vez toda la duda, la crítica y el ponerme en ridículo, los post-mortem que con tantas ansias desean leer aun antes de que estés muerto. Sé lo que significa y tú también lo sabes. Ya ambos lo hemos sufrido alguna vez. Sabemos que es la pura y simple y maldita verdad. En fin, lo soporté una vez y creo que podré soportarlo de nuevo. Pienso que sé un poco más de lo que sabía antes, ciertamente sé que puedo esperar e intentaré que no me logre deprimir. Esa es la razón por la cual esta vez iré en busca de una comprensión inteligente entre algunos de mis amigos. No me avergüenza decir que la necesitaré. Dices en tu carta que eres mi amigo desde siempre. Te aseguro que me hace muy bien oír esto. Ven por mí sin los guantes puestos si crees que lo necesito. Pero no me trates como De Voto. Si lo haces, te desafiaré a que justifiques tus dichos.
Este verano estoy aquí en una cabaña en el campo y lo estoy disfrutando. También trabajo. No sé por cuánto tiempo estarás en Hollywood o si tienes un trabajo allí, pero espero poder verte lo antes posible y que todo ande bien contigo. Pienso como siempre que Suave es la noche tiene en sí el mejor trabajo que hayas hecho nunca. Y confío que lo superarás en el futuro. Como sea, te mando mis mejores deseos como siempre para tu salud, tu trabajo y tu éxito. Cuéntame algunas noticias. La dirección es Oteen, Carolina del Norte, a pocas millas de Asheville. Como sabes, Ham Basso no está lejos, en Pisgah Forest, y pronto vendrá a verme y tal vez hagamos un viaje juntos para visitar a Sherwood Anderson. Y esto es todo por ahora, no muy selectivo, como es habitual. Adiós, Scott, y buena suerte.

Tuyo siempre,

Tom Wolfe
Carta a F. Scott Fitzgerald
27 de julio de 1937

Foto de Thomas Wolfe, 1937, Asheville

autorretrato Antonin Artaud

Muy señor mío,

Acabo de leer en la revista “Fontaine” dos artículos suyos sobre Gérard de Nerval que me han causado una extraña impresión.
A través de mis libros debe Vd. saber que soy una persona violenta y arrebatada, sumido en espantosas tempestades internas, que siempre he canalizado a través de poemas, de pinturas, de puestas en escena y de escritos, porque Vd. ha de saber también, por mi vida, que estas tempestades jamás las manifiesto exteriormente. Quiero decirle con esto hasta qué punto he sentido siempre que la vida de Gérard de Nerval era muy parecida a la mía y hasta qué punto sus poemas de las Quimeras, sobre los que Vd. apoya todo su esfuerzo de elucidación, representan para mí esa especie de nudos del corazón, esos viejos colmillos de una acrimonia mil veces reprimida y extinguida y de la que Gérard de Nerval a partir del seno de sus tumores de espíritu ha llegado a hacer vivir a unos seres, seres, que ha tomado de la alquimia, que ha reivindicado a los mitos y que ha salvado de la sepultura de los Tarots. Para mí el Anteros, la Isis, el Kneph, Belus, Dagon o la Myrtho de la Fábula, son sino seres inauditos y nuevos que no tienen en absoluto la misma significación y que tampoco transmiten las angustias célebres, sino las angustias fúnebres de Nerval que se ahorcó una mañana y nada más. Quiero decir que la capacidad de represión de gran poeta ante los mitos es absoluta, pero que Gérard de Nerval, como Vd. dice en algunos pasajes de sus artículos ha añadido a ella su propia transfiguración, no la de un iluminado, sino la de un ahorcado y que siempre olerá a ahorcado. Para colgarse de madrugada en un farol de una calle sospechosa es necesario tener torsiones de corazón como primicias de esa inmanencia de ahorcamiento. Es necesario tener unas angustias de las que Gérard de Nerval ha sabido hacer músicas increíbles, pero cuyo valor no reside en la melodía, sino en el bajo, quiero decir, la caverna baja, abdominal de un corazón herido […].

Antonin Artaud
Proyecto de carta a Georges Le Breton
Rodez, 7 de marzo de 1946

Autorretrato de Antonin Artaud, 1924

Francis Scott Fitzgerald en uniforme

Querido Bob,

Tu carta me sulfuró a tal punto que te contesto de inmediato. ¿Cuál es toda esa “verdadera gente” que “genera negocios y política” y cuya aprobación debería codiciar tanto? ¿Te refieres a los especuladores que acumulan azúcar en sus depósitos para que la gente tenga que abstenerse, o a los canallas que gracias al soborno y la preparación universitaria se las arreglan para manejar elecciones? Ni siquiera puedo levantar el diario sin ver que alguna de esa “verdadera gente”, a la que no se conforma sólo con “una mente brillante” (te cito), acaba de irse una temporada a Sing Sing. Brindell y Hegerman, dos pilares de la sociedad, salieron esta mañana.
¿Quién demonios respetó alguna vez a Shelley, Whitman, Poe, O’Henry, Verlaine, Swinburne, Villon, Shakespeare, etc. cuando estaban vivos? A Shelley y a Swinburne los echaron del colegio; Verlaine y O’Henry estuvieron presos. El resto fueron borrachos o libertinos, algo que la gente decente no toleraría, según les decían regularmente los comerciantes, los políticos insignificantes y los mesías baratos de la época. Los mercaderes, y mesías, los astutos y los obtusos, son polvo… y los otros siguen viviendo.
Ocasionalmente, un hombre como Shaw -a quien llamaron un inmoral cincuenta veces peor que yo en los 90- vive lo suficiente como para que el mundo crezca y se ponga a su altura. Lo que él creía en 1890 era una herejía en ese entonces; ahora es casi respetable. Creo que me dejé dominar demasiado tiempo por “autoridades” -el director Newman, el de St. Paul, el de Princeton, mi jefe de regimiento, mi jefe en el trabajo- que no sabían más que yo. De hecho, diría que esos cinco eran claramente mis inferiores mentales. ¡Y eso es todo lo que cuenta! Los Rousseau, Marx y Tolstoi -hombres de pensamiento, te hago notar, hombres “imprácticos”, “idealistas”- hicieron más para decidir la comida que comes y las cosas que piensas y haces que todos los millones de Roosevelt y Rockefller que se pavonean 20 años balbuceando frases 100% americano (lo cual significa 99% pueblerino idiota) y mueren con una lisonjita complaciente al Dios ridículo y cruel que instalaron en su corazón.

Francis Scott Fitzgerald
Carta a Robert D.Clark
9 de febrero, 1921

Foto: Francis Scott Fitzgerald en uniforme militar, 1917

Don quijote Orson Welles 1992

Conservo un maravilloso correo con Gabo en los momentos de la redacción de Cien años de soledad. Yo sabía que él dejó sus empleos, le pidió a Mercedes que llenara el refrigerador, echó candado a su casa y se sentó a escribir un proyecto -me dijo- que le tomó madurar diecisiete años y redactar catorce meses. Angustias y alegrías: “jamás he trabajado en soledad comparable -me dice-, no siento más punto de referencia que, quizás, Rabelais, sufro como un condenado poniendo a raya la retórica, buscando tanto las leyes como los límites de lo arbitrario, sorprendiendo a la poesía cuando la poesía se distrae, peleándome con las palabras. A veces -me escribe Gabriel- me asalta el pánico de no haber dicho nada a lo largo de quinientas páginas; a veces, quisiera seguir escribiendo el libro el resto de mi vida, en cien volúmenes, para no tener más vida que esta…”.

“Para no tener más vida que esta”.

Gabo me envió a Italia el manuscrito de Cien años de soledad. Entusiasmado, lo busqué desde Venecia para felicitarlo. No lo encontré. Entonces le escribí a nuestro grande y común amigo Julio Cortázar, quien pasaba el verano en su ranchito de Saignon, una aldea al sur de Francia sin teléfonos ni telégrafos, un cartero en bicicleta tan incierto como el cómico Jacques Tati y un extraño servicio francés llamado “el pequeño azul” al cual acudí para decirle lo siguiente al gran cronopio, al argentino que se hizo querer de todos.

“Querido Julio:

Te escribo impulsado por la necesidad imperiosa de compartir un entusiasmo. Acabo de leer Cien años de soledad: una crónica exaltante y triste, una prosa sin desmayo, una imaginación liberadora. Me siento nuevo después de leer este libro, como si les hubiese dado la mano a todos mis amigos. He leído el Quijote americano, un Quijote capturado entre las montañas y la selva, privado de llanuras, un Quijote enclaustrado que por eso debe inventar al mundo a partir de cuatro paredes derrumbadas. ¡Qué maravillosa recreación del universo inventado y re-inventado! ¡Qué prodigiosa imagen cervantina de la existencia convertida en discurso literario, en pasaje continuo e imperceptible de lo real a lo divino y a lo imaginario!”.

Y añado: “Pero en algún rincón debe haber un Aureliano con su cruz de cenizas en la frente que venga a protestar contra la crónica del biznieto del coronel Gerineldo Márquez, corrija los inevitables errores y proponga una nueva lectura, radical e inédita, de los pergaminos de Melquíades. Un día, querido Julio, me hablaste de la novela como mutación. Eso es Cien años de soledad: una generación y una re-generación infinita de las figuras que nos propone el autor, mago iniciático de un exorcismo sin fin.

Y qué sentimiento de que cada gran novela latinoamericana nos libera un poco, nos permite delimitar en la exaltación nuestro propio territorio, profundizar la creación de la lengua con la conciencia fraternal de que otros escritores en castellano están completando tu propia visión, dialogando contigo”.

Dialogando con nosotros.

Carlos Fuentes
Para darle nombre a América
26 de marzo de 2007

Orson Welles
Don Quijote, 1992

“Llegó el doctor Schwörer, pronunció un comentario afectuoso y abrazó a Antón Pávlovich, que se incorporó con insólita seguridad, se sentó y dijo con voz fuerte y clara: “Ich sterbe” (“Me muero”, en alemán). El médico lo calmó, cogió una jeringuilla, le puso una inyección de alcanfor y ordenó que le dieran champán. Antón Pávlovich tomó la copa llena, miró a su alrededor, me dirigió una sonrisa y dijo: “Hacía tiempo que no bebía champán”. Apuró la copa hasta el fondo y se volvió hacia la izquierda; apenas tuve tiempo de acercarme, de inclinarme sobre el lecho y de llamarle: ya no respiraba, se había quedado dormido como un niño…
Cuando Antón Pávlovich dejó de existir, una polilla gris, de dimensiones enormes, entró por la ventana y, con un ruido desagradable, empezó a chocar contra las paredes, el techo y la lámpara, como en una agonía de muerte.”

Olga Knipper
Cartas, 1902-1904

Foto del matrimonio Chéjov-Knipper

Me he sentido abrumado durante dos días por una escena de Shakespeare (la primera del acto III de El Rey Lear). Este tipo va a conseguir que me vuelva loco. Los otros, más que nunca, me parecen unos niños a su lado.
En esta escena, todo el mundo, al límite de la miseria y en un total paroxismo, pierde la cabeza y desvaría. Tres clases diferentes de locura aúllan a la vez, mientras el bufón bromea, cae la lluvia y resplandece el trueno. Un joven señor, a quien hemos visto rico y hermoso al principio, dice esto: “¡Ay!, he conocido a las mujeres, he sido arruinado por ellas. Desconfiad del ruido ligero de su vestido y del crujir de sus zapatos de raso, etc.” ¡Ay, poesía francesa, que agua más clara, en comparación! ¡Cuando pienso que seguimos con los bustos! ¡Racine! ¡Corneille!, ¡y otros poetas de ingenio, aburridos hasta reventar! ¡Me pongo a rugir! Querría (aún cita del viejo) “triturarlos con un mortero, para pintar después con los residuos las paredes de las letrinas”. Sí, me he trastornado. No he hecho más que pensar en esta escena del bosque en que se oye a los lobos aullar y en el que el viejo Lear llora bajo la lluvia y se arranca las barbas al viento.
Cuando se contemplan estas cimas, uno se siente pequeño: “nacidos para la mediocridad, estamos aplastados por los espíritus sublimes”

Gustave Flaubert
Domingo noche, 29 de enero de 1854
Carta a Louise Colet

Tres años para hacer un libro, cinco líneas para ridiculizarlo; y las citas apócrifas.
Carta a A.R., crítico literario (destinada a no ser remitida):

… Una frase de su crítica me ha sorprendido mucho: “paso por alto…” ¿Cómo es posible que un crítico entendido, consciente de la trabazón interna que hay en toda obra artística, “pase por alto” en la pintura de un personaje la única oportunidad en que éste habla de sí mismo y confía al lector algo de su secreto? ¿Y cómo no ha advertido usted que ese final era también una convergencia, una ocasión excepcional en que el ser tan disperso que pinté se integraba por fin?…
… Me atribuye usted intenciones realistas. Realismo es una palabra que carece de contenido (Madame Bovary y Los Poseídos son novelas realistas, y nada tienen en común). Eso no me ha preocupado. Si hubiera de concretar mi ambición, más bien hablaría de símbolo. Por lo demás, así lo ha interpretado usted perfectamente, sólo se atribuye a ese símbolo un sentido que no tiene, y para decirlo sin rodeos, me adjudica gratuitamente una filosofía ridícula. Nada en mi libro autoriza a sostener, en efecto, que yo crea en el hombre natural, que identifique al ser humano con una planta, que considere su naturaleza ajena a la moral, etc. El protagonista no tiene iniciativas en ningún momento. Usted no ha reparado en que siempre se limita a contestar las preguntas, tanto de la vida como de los hombres. De modo que jamás afirma nada; y yo no he dado de él otra cosa que un negativo. Ningún dato pudo hacer prejuzgar su actitud íntima, como no fuera en el último capítulo. Precisamente el que usted “pasa por alto”.
Llevaría demasiado tiempo explicarle todas las razones que me decidieron a “decir lo menos posible”. Lamento solamente que un examen superficial le haya inducido a atribuirme una filosofía barata que no estoy dispuesto a reconocer. Entenderá mejor lo que digo, si le puntualizo que la única cita de su artículo es apócrifa (transcribir y rectificar) y por tanto da pie a deducciones ilegítimas. Es posible que hubiera allí una filosofía diferente, y que usted apenas la rozara al definirla como “inhumanidad”. Pero ¿acaso vale la pena demostrarlo?
Quizá piense usted que esto es dar demasiada importancia al librito de un desconocido. Por mi parte, creo que en este asunto se trata de algo más que de mí. Porque se ha colocado usted en un punto de vista moral que le impide juzgar en perspicacia y el talento que se le reconocen. Esa posición es insostenible, y usted lo sabe mejor que nadie. Un límite muy impreciso separa sus críticas de las que pronto podrán hacerse (y ya se han hecho, no mucho tiempo atrás) dentro de una literatura dirigida, sobre el carácter moral de tal o cual obra. Esto es abominable, se lo digo sin irritación. Ni usted ni nadie puede estar calificado para juzgar si una obra puede ser buena o mala para el país, en este momento o en otro alguno. Yo, por lo menos, me niego a someterme a tales jurisdicciones, y éste es el motivo de mi carta. Le agradecería, en efecto, que me creyera capaz de haber aceptado críticas más duras, pero formadas con más amplitud de criterio.
En todo caso, desearía que esta carta no diera ocasión a un nuevo malentendido. Mi actitud hacia usted no es la de un autor descontento, y le ruego que no dé ninguna publicidad a esta carta. Pocas veces habrá visto mi nombre en las revistas actuales, cuyo acceso resulta sin embargo tan fácil. Ocurre que, no teniendo nada que decir en ellas, prefiero no hacer concesiones a la publicidad. Si publico ahora libros que me han costado años de trabajo, lo hago sólo porque están terminados, y porque tengo en preparación los siguientes. No espero de ellos ningún beneficio material, ni renombre alguno. Si acaso, esperaba que me valdrían la atención y la paciencia que merece cualquier empresa de buena fe. Hay que pensar que aun esta exigencia era desmedida. Como quiera que sea, acepte usted señor las expresiones de mi consideración sincera.

Albert Camus
Cuaderno IV (Enero de 1942-Septiembre de 1943)

ernst-hemingway-scott-fitzgerald

Después de todo, Max, soy un currante. Lo hablaba el otro día con Ernest Hemingway, y le decía que, contrariamente a toda lógica, él era la liebre y yo la tortuga, y es la pura verdad, ya que todo lo que he logrado, lo he hecho luchando, una larga y obstinada batalla, mientras que Ernest posee un toque de talento que le permite realizar, como riéndose, las hazañas más increíbles. No tengo ninguna facilidad. O más bien, la tendría para lo mediocre, si me escuchara… Pero cuando decido ser un escritor serio, trato de superar los obstáculos uno a uno, de modo que me he convertido en una especie de torpe y jadeante Behemoth, y así será para el resto de mi vida.

Carta de Francis Scott Fitzgerald a Maxwell Perkins
4 de marzo 1934

“Las descripciones de la naturaleza deben ser breves y à propos. Deben dejarse a un lado lugares comunes de tipo: “El sol poniente, sumergiéndose en las olas ya oscuras del mar, inundaba de un oro purpúreo, etc., etc.”, “las golondrinas, volando sobre la superficie del agua, piaban alegremente”. En las descripciones de la naturaleza hay que fijarse en los pequeños detalles y reagruparlos de tal manera que el lector, cerrando los ojos, vea el cuadro delante de él. Por ejemplo, podré comunicar la impresión de una noche de luna si escribo que en el dique del molino un casco de botella centelleaba como una radiante estrella y la sombra de un perro o de un lobo rodaba como una peonza etc. La naturaleza aparece animada siempre que no se recurra a comparaciones entre sus manifestaciones y las acciones humanas.”

Antón P. Chéjov
Carta a Aleksandr Chéjov, Moscú, 10 de mayo de 1886

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 986 seguidores

%d personas les gusta esto: