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Archivo de la etiqueta: Dostoievsky

Guerra y Paz Audrey Hepburn Henry Fonda

La fiesta con la que comienza Guerra y Paz es uno de los más brillantes ejemplos, en ficción, del difícil arte de “situar” a los principales actores en el capítulo inicial de lo que va a ser una novela excepcionalmente poblada. Seguramente, ningún lector olvidará -ni siquiera confundirá- a unos con otros en su llegada incesante a esa recepción trivial y gris en San Petersburgo; Tolstói, con gesto único y poderoso, reúne a todos los personajes principales y los pone en acción ante nuestros ojos. Muy distinto -aunque fuera, a su modo, igual de notable- del primer capítulo de Los hermanos Karamázov. En este primer capítulo Dostoievski coloca una serie de retratos sobre una pared en blanco, como en una galería: describe a todos los miembros de la familia Karamázov, uno tras otro, con precisión implacable e infernal introspección. Pero ahí se quedan, colgando en la pared. O de pie. El lector lo sabe todo de ellos porque se le ha dicho, pero no se le permite sorprenderlos en acción. La historia que nos cuentan sobre ellos comienza más tarde, mientras que en Guerra y Paz el primer párrafo conduce ya al grueso de la historia y cada una de sus frases y de sus gestos contienen ese movimiento lento de abanico que lo recorre todo y que solo Tolstói dominó.
Muchas de estas novelas con gran densidad de personajes comienzan de modo más gradual -como La feria de las vanidades, por ejemplo- y van presentando sus personajes en ordenada sucesión. Naturalmente, el proceso es más simple y, en algunos casos, igual de eficaz. El paseo matutino del señor y la señora de Reynal y sus pequeños, en el primer capítulo de El rojo y el negro, hace sonar una nota portentosa, igual que el solitario desayuno del señor Pendennis. En términos generales, hay mucho que decir de una obertura tranquila en una novela concurrida: aunque tal vez el novelista prefiera lanzar a sus personajes a las tablas todos a la vez, con la generosidad de Tolstói. No hay norma fija en este sentido ni en ningún otro. En el arte de la ficción, cada método tiene que justificarse por sí mismo si quiere tener éxito. Pero para tener éxito, el método debe en primera instancia seguir el tema, debe encontrar su vía lo mejor posible, considerando las dificultades propias de cada situación.

Edith Wharton
Escribir Ficción

Foto: Audrey Hepburn y Henry Fonda
Guerra y Paz, 1956

Los Hermanos Karamazov 1927

20 de diciembre. La objeción de Max contra Dostoyevski: que hace aparecer a demasiados enfermos mentales. Completamente incierto. No son enfermos mentales. La expresión de la enfermedad no es más que un medio de caracterización y, además, un medio muy tenue y fecundo. Se debe repetir, por ejemplo, a una persona con la mayor obstinación que es simple e idiota y, si porta en su interior un núcleo “a la Dostoyevski”, será incitada a un rendimiento superior. Sus caracterizaciones a este respeto poseen a menudo el significado de insultos entre amigos. Si ellos se llaman “tonto”, no quieren decir que el otro sea realmente tonto y así degradar su amistad, sino que la mayoría de las veces se trata, cuando no de una simple broma, aunque también en este caso, de una infinita mezcla de intenciones. Así, por ejemplo, el padre de los Karamazov no es ningún loco, sino un hombre muy listo, casi al mismo nivel de Iván, aunque malvado, pero en todo caso mucho más astuto que el primo, tan indiscutible para el narrador, o el sobrino, que se siente superior a él.

Franz Kafka
Diarios

Foto: Los Hermanos Karamazov
Jacques Copeau, Jean Croué
The Guild Theatre, 1927 

La epilepsia es para el traductor la imagen de la lengua de Dostoievski.

Traducir El Idiota es vivir durante un año en una tensión constante, con una respiración particular: nunca a pleno pulmón, siempre tratando de recuperar el aliento, siempre jadeando, tratando de aguantar ese indescriptible impulso que convierte casi cada movimiento del pensamiento, cada párrafo, incluso cada frase, en una larga subida, una explosión seguida de un descenso repentino; y sin tregua, durante más de mil páginas; es prestar atención a las comas, a los puntos y coma -porque marcan esa respiración; es respetar el orden de los complementos -por lo general acumulados a pesar del buen sentido-, respetar los incisos, y, sobre todo, mantener siempre al mismo tiempo dos elementos opuestos: por un lado, la velocidad, el arrebato; por el otro, la ironía que desvía supuestamente el movimiento, pero que de hecho está ahí para que éste sea más exigente e incontrolable, todavía más cruel.

Nunca antes la imagen física de un autor escribiendo su novela me había acosado tanto. Cada mañana, poniéndome a trabajar, con una especie de felicidad aterrorizada, le veía aparecer ante mí y yo me preguntaba:

“¿Pero cómo puede un hombre haber escrito esto?”

Si el lector, al cerrar esta edición, siente un poco de mi asombro y de mi cansancio, habré logrado transmitir algo verdadero.

André Markowicz, 1993
Prólogo del traductor

Dibujo : Vasily Perov
El jefe de Pugachev.

La historia de la novela también podría escribirse como la historia de la forma en que nos liberamos y nos transformamos mediante la imaginación al ocupar el lugar de otro.

Robinson Crusoe es un libro en el que se imagina, tanto a Robinson, a su esclavo Viernes. Y el Quijote es una novela en la que se imagina, tanto al caballero que vive en su mundo libresco, a su escudero Sancho Panza. Me gusta leer Anna Karenina, la obra más brillante de Tolstói, como la novela de un hombre felizmente casado que se imagina a una mujer que tiene un matrimonio infeliz y lo destruye. A Tolstói le sirvió como modelo Flaubert, otro autor que intentó imaginar una mujer infeliz, Madame Bovary, aunque él nunca se casara. El primer gran clásico alegórico de la novela moderna, Moby Dick de Melville, es un libro en el que, mediante la ballena blanca, se dan rienda suelta a los miedos de la América de entonces, es decir, el miedo a los que no eran como ellos. Los amantes de la literatura no podemos pensar en el Sur de los Estados Unidos de hoy sin los negros de Faulkner de tiempos pasados. De la misma manera sentimos que la obra de cualquier novelista alemán que pretenda dirigirse a Alemania entera estaría incompleta si no imaginara, de manera directa o indirecta, abierta o encubierta, a los turcos o la inquietud que provocan. Y creo que hoy también estaría incompleta la obra de un novelista turco actual que no imaginara a los kurdos, a las minorías o ciertos puntos oscuros de la Historia de los que no se puede hablar.

Al contrario de lo que se cree, para un novelista la política no consiste en consagrarse a causas políticas ni en afiliarse a asociaciones, partidos o grupos. Para un novelista, la política es algo que se origina en la imaginación, en la capacidad que tiene el autor de una novela de ponerse en lugar de otro. Esta capacidad le convierte no solo en el descubridor de unas realidades humanas que nunca antes habían sido enunciadas, sino también en el portavoz de los que no pueden alzar la voz, de aquellos cuya ira no es escuchada, de la palabra oprimida, de lo inexpresado. El novelista, como intuía en mi juventud, puede no tener demasiada intención de mezclarse en política, o quizá sus intenciones son otras completamente dstintas…

Los endemoniados, la mejor novela política que jamás se ha escrito, hoy no se lee como a Dostoievski le habría gustado, como una novela polémica escrita contra los occidentalistas y los nihilistas rusos, sino como un libro que nos revela un gran secreto sobre el alma eslava, sobre la realidad rusa. Es un secreto que solo puede desvelarse escribiendo una novela. Este tipo de información no podemos conseguirla leyendo periódicos y revistas ni viendo la televisión. Este conocimiento tan especial e incomparable sobre la historia de los pueblos y los hombres y sobre sus vidas privadas, que nos inquieta, nos zarandea, que nos atemoriza con su profundidad y nos sorprende con su simpleza, lo adquirimos gracias a las grandes novelas que leemos con atención y paciencia.

Orhan Pamuk
En Kars y en Frankfurt

Foto de Alexey Titarenko
Ciudad de las sombras [1992-1994] 

Iván: ¿Sabes lo que me estaba diciendo hace un instante? Que si hubiera perdido la fe en la vida, si dudara de la mujer amada y del orden universal y estuviera convencido de que este mundo no es sino un caos infernal y maldito, por muy horrible que fuera mi desilusión, desearía seguir viviendo. Después de haber gustado el elixir de la vida, no dejaría la copa hasta haberla apurado. A los treinta años, es posible que me hubiera arrepentido, aunque no la hubiera apurado del todo, y entonces no sabría qué hacer. Pero estoy seguro de que hasta ese momento triunfaría de todos los obstáculos: desencanto, desamor a la vida y otros motivos de desaliento. Me he preguntado más de una vez si existe un sentimiento de desesperación lo bastante fuerte para vencer en mí este insaciable deseo de vivir, tal vez deleznable, y mi opinión es que no lo hay, ni lo habrá, por lo menos hasta que tenga treinta años. Ciertos moralistas desharrapados y tuberculosos, sobre todo los poetas, califican de vil esta sed de vida. Este afán de vivir a toda costa es un rasgo característico de los Karamazov, y tú también lo sientes; ¿pero por qué ha de ser vil? Todavía hay mucha fuerza centrípeta en el planeta, Aliosha. Uno quiere vivir y yo vivo incluso a despecho de la lógica. No creo en el orden universal, pero adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul, y quiero a ciertas personas no sé por qué. Admiro el heroísmo; ya hace tiempo que no creo en él, pero lo sigo admirando por costumbre… Mira, ya te traen la sopa de pescado. Buen provecho. Aquí la hacen muy bien… Oye, Aliosha: quiero viajar por Europa. Sé que sólo encontraré un cementerio, pero qué cementerio tan sugeridor. En él reposan ilustres muertos; cada una de sus losas nos habla de una vida llena de noble ardor, de una fe ciega en el propio ideal, de una lucha por la verdad y la ciencia. Caeré de rodillas ante esas piedras y las besaré llorando, íntimamente convencido de hallarme en un cementerio y nada más que en un cementerio. Mis lágrimas no serán de desesperación, sino de felicidad. Mi propia ternura me embriaga. Adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul. La inteligencia y la lógica no desempeñan en esto ningún papel. Es el corazón el que ama…, es el vientre… Amamos las primeras fuerzas de nuestra juventud… ¿Entiendes algo de este galimatías, Aliosha? -terminó con una carcajada.

Aliosha: Lo comprendo todo perfectamente, Iván. Desearíamos amar con el corazón y con el vientre: lo has expresado a la perfección. Me encanta tu ardiente amor a la vida. A mi entender, se debe amar la vida por encima de todo.

Iván: ¿Incluso más que al sentido de la vida?

Aliosha: Desde luego. Hay que amarla antes de razonar, sin lógica, como has dicho. Sólo entonces se puede comprender su sentido.

Camus: Hay que amar la vida antes de amar su sentido, dice Dostoievski. Sí, y cuando el amor a la vida desaparece, ningún sentido puede consolarnos.

Fiódor Dostoievski, 1880
Los Hermanos Karamazov

Albert Camus, septiembre del 1949
Cuaderno VI

Foto de Chongkin, noviembre 2011
Conversación nocturna, Rajasthan, India

«Yo tengo la idea de que cuando un hombre ríe, la mayoría de las veces es una cosa que repugna contemplar. La risa manifiesta de ordinario en las personas un no sé qué de vulgar y de envilecedor, aunque el que ríe casi nunca sepa nada de la impresión que está produciendo. Lo ignora, lo mismo que se ignora por lo general la cara que se tiene durmiendo. Hay durmientes que cuyo rostro sigue pareciendo inteligente, y otros, inteligentes por lo demás, que, al dormirse, adquieren un rostro estúpido y hasta ridículo. Ignoro a qué se debe eso: quiero decir solamente que el reidor, como el durmiente, lo más ordinario es que no sepa nada de su rostro. Hay una multitud extraordinaria de hombres que no saben reír en absoluto. En realidad, no se trata de saber: es un don que no se adquiere. O bien, para adquirirlo, es preciso rehacer la propia educación, hacerse mejor y triunfar de sus malos instintos: entonces la risa de un hombre así podría muy probablemente mejorarse. Hay una gente a la que su risa traiciona: uno se da cuenta en seguida de lo que llevan en las entrañas. Incluso una risa indiscutiblemente inteligente es a veces repulsiva. La risa exige ante todo franqueza, pero ¿dónde encontrar franqueza entre los hombres? La risa exige bondad, y la gente ríe la mayoría de las veces malignamente. La risa franca y sin maldad, es la alegría: ¿dónde encontrar la alegría en nuestra época y dónde encontrar a la gente que sepa estar alegre? (…) La alegría de un hombre es su rasgo más revelador, juntamente con los pies y las manos. Hay caracteres que uno no llega a penetrar, pero un día ese hombre estalla en una risa bien franca, y he aquí de golpe todo su carácter desplegado delante de uno. Tan sólo las personas que gozan del desarrollo más elevado y más feliz pueden tener una alegría comunicativa, es decir, irresistible y buena. No quiero hablar del desarrollo intelectual, sino del carácter, del conjunto del hombre. Por eso si quieren ustedes estudiar a un hombre y conocer su alma, no presten atención a la forma que tenga de callarse, de hablar, de llorar, o a la forma en que se conmueva por las más nobles ideas. Miradlo más bien cuando ríe. Si ríe bien, es que es bueno. Y observad con atención todos los matices: hace falta por ejemplo que su risa no os parezca idiota en ningún caso, por alegre e ingenua que sea. En cuanto notéis el menor rasgo de estupidez en su risa, seguramente es que ese hombre es de espíritu limitado, aunque esté hormigueando de ideas. Si su risa no es idiota, pero el hombre, al reír, os ha parecido de pronto ridículo, aunque no sea más que un poquitín, sabed que ese hombre no posee el verdadero respeto de sí mismo o por lo menos no lo posee perfectamente. En fin, si esa risa, por comunicativa que sea, os parece sin embargo vulgar, sabed que ese hombre tiene una naturaleza vulgar, que todo lo que hayáis observado en él de noble y de elevado era o contrahecho y ficticio o tomado a préstamo inconscientemente, y de manera fatal tomará un mal camino más tarde, se ocupará de cosas “provechosas” y rechazará sin piedad sus ideas generosas como errores y tonterías de la juventud.

No inserto sin intención aquí esta larga parrafada sobre la risa, sacrificándole la coherencia al relato; la considero como una de las más serias conclusiones que yo haya extraído de la vida. (…) No comprendo más que una cosa: que la risa es la prueba más segura de un alma. Mirad a un niño; ciertos niños saben reír a la perfección, y por eso son irresistibles. Un niño que llora me resulta odioso, pero el que ríe y se alegra es un rayo del paraíso, una revelación del porvenir en el que el hombre llegará a ser, por fin, tan puro e ingenuo como un niño.»

Fiódor Dostoievski
El Adolescente

Foto: Harry Belafonte y Martin Luther King Jr.

Ahí tenemos, por ejemplo, al gran Dostoievsky y su flojo principio de un relato titulado Noches Blancas: “Era una noche prodigiosa, una noche de esas que quizá sólo vemos cuando somos jóvenes, lector querido. Hacía un cielo hondo y tan claro que, al mirarlo, no tenía uno mas remedio que preguntarse si era verdad que debajo de un cielo semejante pudiesen vivir criaturas malas y tétricas”.
Una pena, vamos. Ni siquiera la aduladora apelación al “lector querido” puede redimirlo de su banalidad sentimental. Y esto, al fin al cabo, es nada menos que Dostoievsky. Sabe Dios cuántos borradores y más borradores hizo, rehizo, destruyó, maldijo, garabateó, arrugó, arrojó a la chimenea, tiró al inodoro, antes de conformarse por fin con esta especie de “bueno vale”.
Ahora bien, puede que no sea así. Después de todo, Noches blancas es un relato escrito en primera persona desde el punto de vista de un personaje sentimental, y lleva el subtítulo Una historia de amor sentimental. (De las Memorias de un soñador). De modo que bien pudiera ser que la penosa frase de inicio sea deliberada y premeditadamente penosa.
De ser así, tenemos que replantear nuestra cuestión. ¿Cuántos borradores tuvo que escribir y reescribir Dostoievsky para llegar finalmente a este raro espécimen de floja frase inicial? ¿Cuánto refinamiento y destilación tuvo que poner en este cielo tachonado de estrellas, en ese “lector querido” y en ese cielo que “quizá sólo vemos cuando somos jóvenes”?

Amos Oz
La historia comienza, Ensayos sobre literatura
Aras, 1996 

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